A 60 años del inicio del triunfo de la Revolución Cubana

Paola Martínez

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Cuando el comandante Fidel Castro afirmó aquel 16 de octubre  de 1953, con la vehemencia que lo caracteriza, que José Martí era el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada, no era ésta una consigna más que formara parte del contenido programático y propagandístico de su discurso de autodefensa[1]; era, más bien, el reconocimiento y la constatación histórica de que el legado de Martí contenía “la fuerza del pensamiento y el ejemplo propio[2]” del quehacer revolucionario en Cuba.

Mucho se ha escrito ya sobre esta influencia del pensamiento de Martí, hoy día se puede acceder, incluso, a toda una historiografía martiana; sin embargo, poco se dice de su actividad revolucionaria, o mejor dicho, de su interpretación y actuar político sobre un momento histórico potencialmente revolucionario. En consecuencia, poco hablamos, también, de la organización y experiencia de lucha que el pueblo cubano había venido desarrollando, de manera continua, desde 1868.

En este sentido, profundizar en estos aspectos nos puede servir para  comprender por qué el asalto al cuartel Moncada pese a sus resultados desastrosos en términos militares, significa el inicio del triunfo de la Revolución Cubana y la relación que esto tiene con otra afirmación demoledora de Fidel: “Las revoluciones no nacen en la mente de los hombres. Los hombres pueden interpretar una ley de la historia, en un momento determinado del desarrollo histórico. Hacer una interpretación correcta es impulsar el movimiento revolucionario, y en Cuba, el papel nuestro fue de impulsores de ese movimiento, sobre la apreciación de una serie de condiciones objetivas”[3]. Y por supuesto, la importancia de la figura revolucionaria de Martí.

I

¿Cuáles son las condiciones objetivas a las que se hacía referencia Fidel? Brevemente mocionaremos lo siguiente. Desde finales del siglo XVIII la economía esclavista había llevado a Cuba, además de grandes sumas de capital, miles de esclavos que con su trabajo y con su vida, impulsaron la modernización técnica de la industria azucarera. Sin embargo, para mediados del siglo XIX, “mientras que la organización del trabajo se hacía según patrones esclavistas, el financiamiento, la tecnología productiva y la comercialización obedecían a impulsos y necesidades del sistema capitalista en plena expansión[4]”.

Otro factor que hay que agregar, es el rápido desarrollo de condiciones de trabajo propiamente capitalistas en otros sectores económicos, que posibilitaron el temprano surgimiento de una clase obrera en las fábricas de tabaco.

Desde que en 1818 España formalizara la libertad de comercio de Cuba con Estados Unidos, se inicia el control de éste último sobre la economía cubana y el desplazamiento del control español,  a través de la inversión extranjera en la industria azucarera, en minería y en las fábricas de tabaco.

Si bien, en Cuba el desarrollo de las fuerzas productivas, tuvo sus orígenes en el esclavismo colonial, es en la fase imperialista del capitalismo en donde se definirán las características de la estructura económico- social de la etapa anterior a la revolución; es decir, para 1953 Cuba había alcanzado el desarrollo capitalista dependiente más avanzado de todos los países del Caribe, representando además uno de los más avanzados en América Latina. Con una economía monoproductora volcada hacia el exterior, Cuba se encontraba sometida al control de Estados Unidos sobre los sectores más dinámicos de la producción.

En términos políticos, todo esto significó, en una primera etapa; el desarrollo de un movimiento independentista que duraría 30 años (1868-1898) y que sería boicoteado con la intervención de Estados Unidos. Pese a esto, esta primera etapa de la lucha revolucionaria en Cuba, además de lograr la liquidación del régimen esclavista (1886), consolidó la necesaria definición antiimperialista de esta lucha.

Pero además, en este periodo se irá forjando la conciencia de clase de los trabajadores, y por consiguiente, su disposición a continuar luchando hasta alcanzar la radical independencia de Cuba. Es así que, desde la segunda mitad del siglo XIX, van organizándose paros y huelgas de trabajadores del tabaco. Los esclavos emancipados pasan a engrosar las filas del proletariado de las centrales azucareras que comienzan a luchar por demandas como la jornada de 8 horas. De igual manera, en este periodo, se crean decenas de núcleos de trabajadores desde donde se organiza y orienta la lucha política del proletariado.

II

Es en este escenario en el que Martí funda el Partido Revolucionario Cubano en 1892, al que se integra este  proletariado aportando, desde su salario hasta la determinación de sumarse a las acciones militares que fueran necesarias.

Me interesa destacar entonces, a este Martí dirigente político y revolucionario que, como retomaría Fidel unas décadas después,  no sólo interpreta acertadamente este contexto sino que recupera, incorpora y potencia la experiencia organizativa y de lucha de estos trabajadores.

De estos obreros que libraban sus primeras batallas Martí extrae su pensamiento político, su perspectiva de una cultura democrática, de Patria, así como su visión de la amenaza que representaba Estados Unidos para los pueblos de Nuestra América.

Me parece pues, que en relación estrecha e indisoluble con el conjunto de estas condiciones objetivas; fueron desarrollándose,  modificándose y consolidándose, la táctica y la estrategia revolucionarias de corte Martiano que impulsaría, en otra etapa, el Movimiento 26 de julio. Es decir, ni el antiimperialismo de Martí ni el asalto al cuartel Moncada, ni las posteriores tareas y acciones revolucionarias fueron ocurrencias de mentes brillantes, sino que tanto el pensamiento como el actuar revolucionario que hizo posible el triunfo de la Revolución Cubana, como diría Fidel más adelante fueron “el resultado del esfuerzo de un pueblo entero, generación tras generación”.

“Hacer una interpretación correcta es impulsar el movimiento revolucionario”, sugiere Fidel, y esto es, apenas, una de la infinidad de enseñanzas que la Revolución Cubana ha dado a los pueblos latinoamericanos y del mundo entero. Ser consecuentes con esta enseñanza significa, hoy día, impulsar el movimiento revolucionario en nuestro país; es decir, impulsar en cada fábrica, centro de trabajo, barrio y comunidad, la organización, la formación y la participación masiva de los trabajadores del campo y la ciudad, en una lucha común por la transformación radical de la sociedad actual.

Si la ofensiva del capital monopólico en México, actualmente, nos despoja de derechos sociales y políticos, con lo cual nos devuelve a condiciones de finales del siglo XIX, es nuestro deber, como nos enseñó Martí y el Movimiento 26 de Julio, recuperar y dar continuidad a esas luchas del proletariado mexicano, a esas generaciones de trabajadores que con su lucha arrancaron al Estado lo que hoy la clase dominante nos viene quitando.

Para qué sirve la historia si no es para actuar en el presente. Para qué nos sirve el ejemplo de Cuba si no es para impulsar la Revolución aquí y ahora.


[1] “[…] Se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de julio? ¡No importa en absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”. Castro, Fidel, La historia me absolverá, La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 1993. pp. 34-35.

[2] Rojas, Marta, Las Doctrinas del maestro: http://www.granma.cubaweb.cu/marti-moncada/gm16.html Consultado el 17 de julio de 2013.

[3] Castro, Fidel, discurso del 2 de diciembre de 1961 en Voz e Imagen de la Revolución Cubana, México, Instituto Mexicano- Cubano de Relaciones Culturales “José Martí”, 1965. Pág. 241.

[4] Charles- Pierre, Gérard, Génesis de la Revolución cubana, México, Siglo XXI, 1976. Pág. 20.

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