Es tiempo de Zapata

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Versión lista para imprimir. Da click aquí. Zapata cayó con la fuerza del rayo

Zapata cayó con la fuerza del rayo sobre la clase dominante en México. Fue la pesadilla que quitó el sueño largamente a burgueses y terratenientes, de todos los partidos y todas las ideologías. No durmieron en paz hasta que la traición hizo lo que no pudieron hacer en el campo de batalla. Zapata debió morir a la mala porque su genio militar y político había sido mucho. Destrozó los pilares sobre los que se alzaba la dominación porfirista -el ejército federal y la hacienda- que Madero y compañía pretendían preservar. Y esa era una afrenta que la clase dominante no podía dejar sin castigo y una amenaza para cualquiera que asumiera la tarea de gobernar a costa de la destrucción del campo mexicano, de sus pueblos y comunidades rurales.

Con la muerte de Zapata se pretendía dejar en el desamparo a los campesinos, sin guía, sin orientación, presa de las maniobras de los nuevos amos que, con la promesa del reparto agrario a medias y sin Zapata, pretendían mantener a raya a los campesinos. El miedo a Zapata era mucho porque su programa era incompatible con el proyecto de los nuevos dueños de México, que tarde que temprano se convertiría en destrucción de los pueblos y comunidades y porque se alzaba para “sostener y llevar a cabo las promesas que hizo la revolución del 20 de Noviembre de 1910”, que eran justo las que querían dejarse en el olvido. La presencia de Zapata era la mancha infamante que caía sobre un régimen que “no llevó a feliz término la revolución que gloriosamente inició con el apoyo de Dios y del pueblo”. Y el odio a Zapata era el ancestral odio de las clases dominantes a todo hombre que no acepta “transacciones ni componendas políticas” y que se mantiene fiel a sus principios y al programa de su clase.

Porque la defensa irrestricta de los intereses campesinos era el norte de Zapata, desde que en Anenecuilco se le encomendó el resguardo de los asuntos de su pueblo. Por eso no se extravió y siempre tuvo en mente que todo se hacía por la tierra, ese sol del mundo campesino. En el Plan de Ayala ese interés primordial se garantiza con dos disposiciones:

  • La restitución de los terrenos, montes y aguas usurpadas por hacendados y caciques, a los pueblos o ciudadanos que tengan su título correspondiente y el mantenimiento de esta posesión “a todo trance con las armas en la mano.”
  • La expropiación y dotación de las tierras, montes y aguas monopolizadas en unas cuantas manos a fin de que “los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos o campos de sembradura o de labor, y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos” y no sigan en la condición de no ser “más dueños que del terreno que pisan”, “sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar su condición social…”

Por este programa murió Zapata y su destino fue compartido por otros dirigentes campesinos que han muerto de igual manera, en una secuela sangrienta que hasta hoy continúa. Porque el ejemplo de Zapata fue luz y sendero para otros, a contracorriente de sus asesinos que pretendían extinguir de esa manera el anhelo de los pueblos y comunidades. Es cierto lo que dice Germán List Arzubide: “La leyenda lo mantiene vivo y amenazador para quienes intenten poner su planta en el ejido. Centinela de una raza, vive como el supremo oriente de ella. Su sombra inmensa protege, en un gesto de quimera, a los que encendió con su prédica, y en las noches de leyenda de la región por donde paseó su audacia de guerrillero inmemorial, cuentan que dominando la sierra pasa con todos los caídos en un supremo galope de centauros”. Sólo falta que la leyenda se corone con la verdad del retorno del Jefe, porque el campesino espera que “un día ha de volver con ellos, cuando sea nuevamente amenazada la tierra que compraron con su sangre”.

El Partido Comunista de México lucha por este retorno de Zapata. Pensamos que hoy, cuando la situación del campesino es angustiosa y apremiante, es tiempo de Zapata. Nuestro Partido “recoge al héroe y lo amalgama en nuestras vidas y entonces, de este mismo dolor extrae la animación y el rumbo con que seguirá su marcha”. Nos anima el Jefe Zapata como nos animan todos los héroes honestos y consecuentes de la clase campesina. En nuestro Programa está inscrita en primera fila la solución a los problemas del campo. Luchamos “por el reparto de tierra a los campesinos que carezcan de ella, comenzando por aquellas que se encuentren en poder de caciques, terratenientes y empresas agroindustriales” y “por el respeto al derecho que las comunidades indígenas y ejidos tienen para la administración de los recursos que estén en su territorio”, entre otras demandas que harán realidad, por fin, el sueño de Zapata.

La garantía para esto será la unidad de hierro de obreros y campesinos. Todos los enemigos se harán polvo si consolidamos esta unión, como dicta la experiencia universal de las revoluciones populares. No dejemos que las maniobras de la clase dominante impidan cuajar esa unión. Aprendamos la lección de la Revolución Mexicana, cuyo derramamiento de sangre entre hermanos fue la escalera por la que ascendieron los nuevos patrones porque no se pudo consolidar un gobierno de obreros y campesinos con exclusión de la burguesía y los terratenientes.

A Zapata siempre le han tenido miedo los patrones. Y ante la imposibilidad de destruirlo se le han querido quitar los dientes para que no muerda más, para hacerlo inofensivo. Hace pocos días el gobernador del Estado de Chihuahua, César Duarte, dio un ejemplo de esta operación para desdentar a Zapata y, de pasada, también a Villa. Dijo que “ninguno de los dos cayó ante la tentación propia de asumir el poder… los dos prefirieron legitimar sus luchas al demostrar que sus movimientos no tenían que ver con una aspiración de asumir el poder, sino de que valieran los motivos que los llevaron a encabezar la Revolución”. Allí se resume todo el programa de los asesinos de Zapata: evitar a toda costa que obreros y campesinos se animen a formar un gobierno propio y tomen en sus manos la solución de los asuntos públicos. Quieren dejar a Zapata en la triste condición de quien combatió sin un rumbo cierto y a los campesinos en la condición de una clase que no podrá nunca dirigir a la nación, dejando en manos de los patrones los destinos del país.

Nada de esto tiene que ver con nosotros: para el Partido Comunista de México el remedio de todos nuestros males es el gobierno de los obreros y los campesinos. Sólo así podremos salir del atolladero y la vida será mejor para todos. Por ejemplo, la posesión de la tierra en manos campesinas, hoy amenazada de forma definitiva, sólo puede ser garantizada si los campesinos desarrollan una u otra forma de poder, pero nunca si renuncian a asumir el poder, como quieren los patrones para seguir gobernando cómodamente.

Nosotros pensamos igual que nuestro camarada Pablo Neruda al hablar de Zapata:

Pedimos patria para el humillado

Tu cuchillo divide el patrimonio

y tiros y corceles amedrentan

los castigos, la barba del verdugo.

La tierra se reparte con un rifle.

No esperes, campesino polvoriento,

después de tu sudor la luz completa

y el cielo parcelado en tus rodillas.

Levántate y galopa con Zapata.

 

¡Queremos la tierra y también el poder!

Por la Revolución y el Futuro Comunista,

¡Proletarios de todos los Países Uníos!

Partido Comunista de México

94° Aniversario de la Muerte de Zapata

10 de Abril de 2013

http://www.partidocomunistademexico.org

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