Dogmatismo y utopía:

Federico Hayek contra Federico Engels

Por: Diego Martínez

Deseo alumbrar una parte de la herencia teórica de Engels en la historia y me interesa con su legado, desvanecer algunas falacias; pues en boca del liberalismo, los comunistas hemos sido siempre señalados de dogmáticos y utópicos, calificativos absurdos en los planteamientos del marxismo-leninismo; por eso queremos demostrar en unas líneas, que son ellos quienes manifiestan tales carencias y no nosotros.

Hayek, violento teórico del liberalismo moderno y arquitecto de lo que ha sido una muy divulgada visión de la economía contemporánea, en su famoso “Camino de servidumbre”[1], dedica un capítulo a lo que considera “la gran utopía” –comunista- y a lo largo de su obra, tilda la construcción de una sociedad sin clases, como vía “dogmática” que atenta contra la libertad individual. 

Desde antes, pero con mayor intensidad, a partir de las disertaciones de Hayek, miles de plumas liberales, socialdemócratas, oportunistas, “progresistas de izquierda” y demás guardianes de la libre concurrencia[2], han aprovechado para volcar sus tinteros ansiando nuestra eliminación del espectro político de todas las naciones. A continuación trataremos de revelar sus desatinos.

I Desvirtuando el comunismo

Los liberales y quienes les hacen coro, propugnan que, la humanidad debe condenar nuestra actividad, porque “estimulamos, apuramos o encendemos” la lucha de clases. Ellos no comprenden o no desean comprender, los impulsos sociales en la lucha de clases, motivos todos, ajenos y previos a la existencia y organización de los comunistas.

Hayek propone por ejemplo que, la estimulación de la lucha de clases desde el socialismo es lo que produjo el ascenso al poder de Hitler y Mussolini en Alemania e Italia respectivamente; es decir que según él, fueron las ideas socialistas las que alimentaron el descontento en las masas marginales de aquellas naciones, facilitando así la llegada al poder de esos regímenes totalitarios. Para Hayek, no tiene cabida, como razón material, la crisis producida en Europa después de la Primera Guerra Mundial, que a su vez generó escasez y hambre, agudizadas por la gestión liberal de los gobiernos europeos que dieron preferencia a los bancos en lugar de a los trabajadores, es decir que atendieron a su clase –la burguesía- por encima y en contra del proletariado.

De esta manera, se equipara fascismo y comunismo, poniendo en un lugar peor a éste último, por plantear la abolición de la propiedad privada, bien preciadísimo para los liberales, pues es ahí donde radica su concepción de la libertad individual. De esta incongruencia son los señalamientos liberales en la cuestión entre lucha de clases y comunismo, tratando de hacer pasar dicho fenómeno, como una idea artificialmente dañina y no como un proceso histórico concreto.

Así, es fácil comprender cómo el significado simbólico de nombres como Lenin o Stalin son identificados sin rubor, con Hitler o Mussolini, todos (según ellos) tiranos totalitarios. Esto a pesar de que, fueron las acciones y el desarrollo teórico de los primeros, los que permitieron la derrota de los segundos, ante la mirada permisiva de las potencias liberales.

Ludwig Von Mises, colega teórico de la escuela austríaca, con Hayek, abona igualmente en este dogma, pues afirma en su célebre libro sobre el socialismo:

Lo que ha podido agrupar a los trabajadores con fines de acción común, contra la clase burguesa, es la teoría de la oposición infranqueable de los intereses de clases. Lo que ha hecho una realidad de la lucha de clases es la conciencia de clases creada por la ideología marxista. Es la idea la que ha creado la clase y no la clase quien ha creado la idea”.[3]

Los liberales creen y pretenden hacerle creer al mundo, que la lucha de clases es promovida y acentuada sólo por los comunistas, desde una posición exclusivamente proletaria; en esta creencia radica la falsedad de su propaganda. Sin embargo, este primer dogma burgués va estrechamente relacionado con el otro que afirma que, las clases y la lucha de clases, fueron sólo desarrollos teóricos, sino equivocados por lo menos ya caducos para los albores del siglo XXI.

La lucha de clases ha existido mucho antes de los planteamientos teóricos comunistas; esa misma lucha permitió a la burguesía, arrebatar el dominio a los terratenientes feudales que antes imperaban; esa lucha es incentivada por la burguesía hoy, cuando desde su Estado reprime, legisla y gobierna, atendiendo a sus intereses contra la mayoría.

II Estado burgués y mercado

Los organizadores y teóricos del Estado surgido de la Revolución Francesa, realmente lo concibieron de inicio, como un constructo en el que la humanidad podía emanciparse, debido en lo principal, a la liberalización de la tierra y el resto de propiedades que antes sólo detentaban los terratenientes y la Iglesia. Con el desarrollo del mercado, los defensores contemporáneos del Estado burgués, no pueden sostener estas ideas con el mismo ímpetu que sus fundadores, sino es mediante dogmatismo y utopía.

La actual anarquía de la producción en la crisis de la pandemia, ha disipado -por si había quien lo dudara después del siglo XX, pese a las dos guerras mundiales- que los estados nacionales, en el capitalismo y luego en el imperialismo, no están preocupados por la fraternidad, ni mucho menos por la igualdad  prometidas; y no pueden estarlo, porque los intereses de clase que los sostienen son muy claros, estos permanecen cimentados en la libertad de comercio, es decir, en la competencia desligada de las necesidades de la sociedad.

A pesar de las evidentes muestras de timo que la propia clase burguesa mantiene consigo misma, creando monopolios, especulación financiera, guerras por expansión de mercados y utilización de violencia lumpen, para robar y aterrorizar,  como parte de su inherente conducta devoradora; los liberales y sus secuaces, siguen negando dogmáticamente estos hechos y predican la democracia, la paz y la institucionalidad; en síntesis el célebre Estado de Derecho burgués. 

No conformes con ese auténtico dogmatismo, proclaman además utópicamente, que nada más en el actual modelo económico, los pobres dejarán de serlo, gracias a figuras retóricas como “el emprendimiento o la derrama empresarial” y otras similares, que a pesar de su artificialidad, adquieren durante severas crisis, la atención desesperada de una parte considerable del enorme y creciente Ejército Industrial de Reserva.

Cuando los parlamentos -ilusamente autónomos como poder estatal, según el liberalismo- legislan reformas eficaces a los intereses de la burguesía, es ahí que podemos ver con nitidez su acción beligerante y clasista, porque ésta es consciente de sí misma y reacciona en defensa de sus necesidades, por tanto, en menoscabo del resto. Basten los ejemplos en la regulación del outsourcing, la participación de la iniciativa privada en el mercado energético o los Tratados de Libre Comercio, como casos que vulneran las condiciones de vida de los trabajadores, para exponer una vez más, la belicosidad velada de la burguesía como clase contra sus adversarias. 

He ahí sus dogmas y utopías, fijadas en una supuesta democracia que se erige como forma insoslayable de voluntad popular, que presenta una serie de partidos cuyos requisitos de participación, benefician únicamente a la clase dominante y a condición de espejismos, a su rémora histórica: la pequeña burguesía. Es clara la desigualdad entre los trabajadores, que carecen de medios materiales de organización política y el resto de los participantes en la supuesta contienda electoral, que a su vez, apenas tienen diferencias respecto a la intervención del Estado en la economía, pero que a todos une la prerrogativa en la subsistencia de la explotación.

III Propuesta y método comunista

Nosotros, los comunistas en cambio, no somos, ni podemos ser dogmáticos ni utópicos. Nuestros planteamientos teóricos, si se aplican seriamente, impiden por sí mismos, aquellos vicios y para que sean aplicados con esa contundencia, exigen ortodoxia, eso sí. La dialéctica anula el dogmatismo y el materialismo, la utopía.

Es cierto que en nuestra aún breve existencia, como movimiento político, se han cometido errores graves, muchos de los cuales nos han mandado a la lona en la historia del cuadrilátero de las clases. 

Sin embargo la Unión Soviética, con la Dictadura del Proletariado como herramienta, demostró, -sobre todo en la década de 1930- la superioridad y efectividad de la organización comunista, al vencer -militar y económicamente- primero a las potencias invasoras en la llamada “Guerra Civil” y luego a la poderosísima maquinaria nazi-fascista en la Segunda Guerra Mundial.

Aún con esas victorias, la revisión histórica en la mano del dogmatismo liberal, nos cuenta otra versión, cuya conclusión sostiene que la Unión Soviética simplemente “se cayó, se derrumbó, colapsó” como resultado de su propio “totalitarismo feroz”; el enfoque así, es moral, no científico, no económico, no histórico, sino plenamente moral, idealista desde la lente burguesa. Con esto se oculta el papel del oportunismo incrustado en el seno del PCUS, como fuerza retrógrada dirigente, que paulatinamente disolvió los objetivos y las formas del programa comunista hasta liquidarlo, es decir que se niega la realidad mediante dogmas.

No es que la concepción comunista “no haya funcionado”, más bien fue traicionada y saboteada desde dentro, cuestión ciertamente, que no deja de ser un grave revés en la vigilancia y formación de aquellos cuadros políticos.

Sí, hemos sido derrotados por ahora y no hemos podido reponernos a nivel internacional pero, si tomamos a la Comuna de París como evento fundacional de nuestra práctica revolucionaria, realmente somos un movimiento muy joven, más si nos comparamos con los larguísimos procesos que la burguesía como clase, llevó a cabo para imponerse frente al dominio feudal, centurias en las que, de igual manera sufrió derrotas y retrocesos. 

A los comunistas, la dialéctica y el materialismo nos enseñan que es en las contradicciones de la lucha de clases, donde debemos realizar nuestros análisis y batirnos en la práctica revolucionaria, sin distraernos como bandera principal, en señalamientos morales hacia nuestros enemigos de clase y su sistema económico. 

Provenimos de una tradición teórica que ha superado siglos de ideas utópicas, para saber y comprender que, las reglas de la historia no son transformadas por lo “noble” o lo “perverso” de los argumentos en la voluntad individual, sino por la conciencia que las clases sociales toman de sí mismas, para organizarse materialmente. Nosotros no creemos ni esperamos, nosotros sabemos que la lucha de clases dará la victoria final a los que nada poseen, salvo su fuerza de trabajo.

Por último, Hayek sostiene otro dogma que otorga primacía a la permanencia de la apropiación del fruto del trabajo ajeno: la plusvalía surgida de la explotación, argumento con el que, los liberales pretenden convencernos de que aquello es preferible, a la limitación de la libertad individual; en realidad niegan la emancipación del trabajo.

Si sostenemos a Engels como fuente, no compartimos las preferencias de Hayek, ya que ni siquiera en el actual sistema, está garantizada la libertad individual, porque las condiciones materiales no lo permiten. Para nosotros tiene prioridad la emancipación del trabajo por encima de la libertad individual en abstracto.

En términos teóricos, en eso consiste la diferencia de nuestro método respecto al resto de propuestas políticas «de izquierda», en esto radica que nuestra propuesta sea tan peligrosa a ojos de la sociedad burguesa.

Los comunistas no ocultamos nuestros métodos ni objetivos. Los comunistas no engañamos prometiendo lo mismo que en el siglo XVIII dijeron otros, eso lo dejamos para los dogmáticos y utópicos burgueses. Nosotros bebemos de los hallazgos científicos de Marx y Engels, que son tan frescos como cada mañana.

Nosotros planteamos la emancipación del trabajo frente al capital, para la construcción de una sociedad organizada acorde a sus necesidades, exenta de la lógica del comercio y la explotación, nada menos.

Nosotros no mentimos, no nos sentimos representantes de la sociedad en su conjunto, por el contrario, aspiramos a ser la vanguardia que conduzca a los productores de la riqueza, esto es la clase trabajadora, al mando de su propia historia, para entonces sí hacer posible como segundo paso, la emancipación del resto de la humanidad.


[1] “Camino de servidumbre” pp. 111-121, Unión Editorial, 2008 (Publicado por primera vez en 1944)

[2] La libre concurrencia es comprendida por Engels como anarquía de la producción, es decir la libre competencia en la que las burguesías nacionales e internacionales acuden al mercado para satisfacer sus ganancias; en síntesis la libertad comercial.

[3] “El socialismo” pp. 347, 2009, Unión Editorial.( Publicado por primera vez en 1922)

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