San Quintín, 6 años de rebelión

Por: Ernesto Armada

El valle de San Quintín es zona Kiliwa, así se llaman los habitantes de los pueblos originarios que todavía, dedicados a la pesca principalmente, habitaron predominantemente la zona. Hoy es un valle que alberga unas 140 mil personas con más de la mitad de ellas dedicada a la siembra de hortalizas, provenientes de Sinalaoa o los distantes estados de Guerrero o Oaxaca.

El capital inunda el valle

En 1850 se fundó el pueblo de San Quintín como parte del negocio salinero que iba a California. Entre la Guerra de Secesión Norteamericana y la Revolución Mexicana, el negocio salinero dejó fuera a San Quintín y prácticamente se desapareció. Fue la construcción de la carretera transpeninsular que la volvió a poner en el mapa en 1973; pero no fue que saltó la vista sino hace 6 años, cuando el 17 de marzo de 2015, los ahora casi 70 mil jornaleros de todo el Valle, ahora segundo productor nacional de hortalizas, hicieron una huelga general. Esa madrugada, en vez de subir a los camiones que los llevarían a los campos, desde cada punto de recogida, los jornaleros bloquearon 70 kilómetros de la carretera transpeninsular. La rebelión contra las transnacionales comenzaba.

A través de los años, esta tierra deshabitada fue de nuevo poblada por empresas trasnacionales que vieron en las planicies del valle, una magnífica oportunidad de negocios. La sierra de San Pedro hace de este valle un oasis, que además puede ser surtido por los recursos acuíferos de la zona. A través de las décadas, las inversiones se convirtieron en ampliamente fructíferas. Compras en pesos, pagar en pesos y al estar a menos de 2 horas de la frontera, ganar en dólares. En el valle se siembra fresa, frambuesa y otras hortalizas que se exportan. Las ganancias son brutales. El trato a los trabajadores, también lo es.

El despertar de San Quintín

Los jornaleros denunciaban salarios raquíticos, malos tratos y acoso hacia las mujeres; aunque la situación es todavía peor, pues a esas deleznables condiciones se suman el trabajo infantil e imposibilidad de retirarse del centro de trabajo. Condiciones esclavizantes.

El Estado respondió a favor de los patrones. Esa misma noche comenzó la represión.

Los jornaleros se defendieron. Resistieron. Mantuvieron sus demandas.

La osadía se pagó con cárcel, sangre y vida de trabajadores jornaleros.

Entre los 13 puntos de su pliego petitorio, los cuales todavía no se cumplen a cabalidad, se podía destacar el acceso a la seguridad social, a guarderías, e incluso al agua (imagínese si para la pandemia habemos de lavarnos las manos…), mejora salarial (se pagaban 100 pesos por 10 horas de jornada y ahora ha subido a 200), un hospital de especialidad, pago de horas extra, escuelas dignas para los niños, derecho a la sindicalización y a la huelga.

Sin duda la lucha de las mujeres y sus demandas específicas dentro de las demandas de todos los jornaleros, es un punto importante a destacar de esta batalla de la lucha de clases.

Si bien esas demandas no han sido resueltas y falta mucho por hacer, lo cierto es que el ejemplo de los trabajadores del Valle de San Quintín, de combatividad y lucha muestra que ésta vía muestra sus resultados efectivos. El camino es largo, sí, por ello es primordial dar el primer paso cuanto antes.

¡Que viva la lucha de los trabajadores de San Quintín!

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