PASOS DE UN MIGRANTE CUALQUIERA

Por: Matías Avramow

Esta fue mi vida durante unos meses, mi experiencia. Yo fui… soy migrante. Esta es una más de lo mismo, una historia de los que no nos estamos quietos, uno entre miles de cuentos que son más o menos iguales, pero no tanto. Lo que tienen en común es que, ante la ley y el patrón, somos ilegales.

Cortar, Trozar, Preparar…

Todo está oscuro, sonidos que ofuscan el sentido y después… silencio.

Abro los ojos, son las 5:30 a.m. y la cabeza me zumba; parece imposible que pueda pararme, siento que me pasó un camión por todo el cuerpo, no quiero ir a trabajar. Tal vez pueda hacerme el enfermo… Sólo después de unos segundos recuerdo por qué llegué aquí. Aún es palpable la sensación de dar pasos en la nada con los ojos vendados, con trabajo mal pagado, cuando hay.

Recuerdo la sensación de nunca poder estar tranquilo porque ni por donde le vea hay y, pues, aunque no me guste Estados Unidos, aquí puedo crecer, al menos eso me cuentan todos. Me paro y salto, obligando a mi cuerpo a despabilarse antes de que el sueño me gane otra vez. Corro y me tambaleo por el pasillo angosto con cuidado de no tirar nada en el camino. Aún alebrestado, llego a la cocina de la casa y prendo el agua para el café y el mate. Preparo los licuados con las sobras que encuentro y le toco la puerta a mi hermano (El Jefe) y a su novia (La Patrona, a la que en realidad le llamo La Duquesa). En fin, vuelvo al cuarto y me pongo lo primero que veo. Voy al baño y me arreglo lo antes posible, galopo por la casa de un lado a otro por el hipódromo de 50 m2 que compone el apartamento en High Street, West Oakland. Trato de desayunar lo más posible y de llevarme todo lo necesario para no desfallecer en el día. Estoy con el mate en una mano, cargando el termo con el mismo brazo, y en el otro, el licuado y una bolsa con cosas que voy a llevarme. Además, tengo mi mochila casi lista y voy ordenando el cuarto y la cocina. Ya con gritos y caras de culo de todos (porque aquí todo se comparte), salimos de la casa como la feliz familia en la que me vine a instalar por unos meses, mi familia… ¡carajo!

Ahora, son las 6:30 a.m., ya estoy mojado de lavar trastes y El Jefe está molesto, por eso ando nervioso. La Duquesa y él estuvieron ladrando todo el camino al trabajo y de perdida me llegó la bala. Casi siempre hago maniobras evasivas, pero una que otra me da justo a la cabeza.

Estoy con mis labores matutinas, primero que nada, me apuro a llenar los guarmers para calentar los guisados que vendemos en la taquería, el jale, o el trabajo, pues. A esta hora de la mañana ando torpe; ayer me dormí a la 1:30 a.m., me quise bañar antes de caer rendido… y es que llegamos a las 11:50 p.m. la noche anterior.

Por las mañanas, La Patrona es amable, al menos conmigo: se queja de El Jefe y me agarra de terapeuta. Al principio, le daba cuerda para llevarme bien con ella y, sobre todo, para llevarla tranquilo. Pero después de un tiempo me fui dando cuenta de que le faltaba confianza, y cuando la ganó, empezó la metamorfosis y se convirtió en el monstruito trasnochado y pasivo-agresivo que tanto recuerdo en las noches malas. Eso son los dos: monstruitos llenos de rabia que escupen fuego uno al otro. El tema es que yo estoy en medio y me toca siempre quemarme la cabeza. En particular, la tensión en el ambiente se pone progresivamente pesada conforme nos acercamos a las 9:00 a.m., La Primera Hora Cero.

Son las 8:00 a.m. por aquí y ya avancé bastante. Le pasé el trapo a la lonchera, como les dicen a las camioncitos de comida los compañeros de Guatemala y El Salvador que trabajan al lado mío, en la cocina industrial donde está parkeado el changarro. Ahora estoy trapeando, de ahí a cargar la comida para la jornada de 12 horitas. A lo lejos escucho el round matutino, a tres caídas y con límite de tiempo: “Se te olvidaron las zanahorias”, “Apúrate, mi amor”, “Tenemos que hablar porque la empleada quiere que le paguemos, la -inserte comentario racista- parece no esforzarse lo suficiente por el pago que le damos”. El pago, por cierto, está por debajo del salario mínimo de California. Me apresuro y repaso la lista de pendientes matutinos: son 30 limones, siete bolsas de escabeche (las viejas van adelante), dos botellas de salsa habanera, dos botellas de salsa chipotle, lleno el refri de tortillas para tacos y al menos dos bolsas de tortillas para quesadillas. Para este punto, ya rellené el pesto y los trastes están limpios.

Julia, mi compañera de chamba, llevaba un poco menos de tres meses en el gabacho, algunos menos que yo. Había llegado allí con su hijo Memo desde Xochitepec, un municipio chiquito cerca de Ciudad de Guatemala, en donde estudió y trabajó hasta los 23 años. Con el niño se vinieron porque no había de otra, bueno, de otra para salir adelante, como ella siempre dice. Me contaba, cuando recién entró al trabajo, que “en Guatemala, si no estudias, no consigues trabajo, y tienes que ir a la universidad para tener un trabajo bueno”. Resulta que el acceso a la educación superior es limitado y cuesta, así que ni por dónde verle. Ella llevaba menos tiempo que yo; sin embargo, entró sin visa y sin papeles, estaba peor que yo. Tuvo que pasarse con el coyote, al que le debe una suma importante de dinero, y en cuanto llegó a la “Tierra de la Libertad”, se fue directo a la migra a registrarse como refugiada política. Este es el supuesto beneficio al que sólo algunos países acceden por el “lujo” de tener gobiernos inestables (por causas internas o intervencionismo en su mayoría gringo). Y a mí no me parece casual que de los 15 países con más emigración de personas refugiadas en el mundo, al menos 10 tienen o han tenido intervenciones gringas. Estos países reciben y/o han recibido medidas bélicas, económicas o políticas que no han ayudado nada, como Siria, Pakistán, Venezuela, Nicaragua y Colombia. Después del registro, suyo y de su hijo, le pusieron un brazalete con el cual el gobierno puede rastrearla geográficamente. También le indican que no puede salir de un radio de 70 millas a la redonda de la oficina de migración. Sí la dejan trabajar, pero sin derechos ni prestaciones. ¡Es Libre! Pero no lo es.

A mí me vino bien que Julia llegara. Para mí es una compañera, amiga y ayuda, ya que antes de su arribo, yo tenía el doble de trabajo. Con ella me puedo quejar de los jefes, además de que ya le enseñé las mañas y estrategias que desarrollé para evadir problemas en el trabajo.

Son las 8:45 a.m., 15 minutos antes de La Primera Hora Cero. La tensión está casi en su punto de quiebre, pero yo estoy a tiempo. Todo está listo y dentro de la lonchera, los rines limpios, el agua cargada y el motor encendido. Esto último es causa de disputa entre los nopalerosy mi hermano, ya que la aparatosa carcacha gris con estampado de calavera desprende gases nocivos que se acumulan en la zona de carga, donde los nopaleros de origen jalisciense quitan espinas por horas y horas. Cuando empecé a trabajar siempre me encontraba en una encrucijada por esto, y debía decidir: apagar el motor para llevarla tranquilo en la cocina y recibir regaños de El Jefe, o mantenerlo encendido e intoxicar a seis personas. Con el camioncito prendido, la zona de los nopaleros parecía una cámara de gas con olores parecidos a la gasolina, pero con más polvo. En un principio me dejaba influir por El Jefe. Con el tiempo y conforme me acostumbré a los gritos fraternales, opté por apagar el motor siempre.

El tema principal es que a las 8:45 a.m. yo estaba listo para todo y, como premio, me di 5 minutos para cerrar los ojos, respirar profundamente y, sin que nadie se percate, relajar el músculo. Siempre lo intento, aunque a veces me agarran en curva y de pronto tengo a mi hermano tocando la puerta con una cara lapidante y sus aspiraciones ocultas de agente del fbi. Sin que me pueda mover mucho comienza el interrogatorio:

El Jefe: ¿Ya tienes los limones?

El Empleado: Listo.

El Jefe: ¿Las salsas?

El Empleado: Ya.

El Jefe: ¿Y los guisados están calientes?

El Empleado: Todo en regla, carnal.

El Jefe: ¿Ah, sí? -pregunta con tono retador-. ¿Y los panes, las tortillas, los huaraches y la sal?

El Empleado: Ya, ya, listo, puesto, ajustado, dado vuelta, relleno…

El Jefe: Muy bien, ¿y el escabeche?

El Empleado: El escabeche me falta, es el que estabas haciendo, te estaba esperando.

El Jefe: Pues pélale, güey, no quiero verte sentado, ¡no mames! Por esto, en el Pujol ya te hubieran corrido.

El Jefe trabajó un ratito en el Pujol, un restaurante famoso, y me trata como si fuera el chef de ahí. Para él, la comida es lo más importante, y eso es admirable. Es curioso, pero en lo que respecta a la cocina, mi hermano es otra persona. Desde niño, no veo en sus ojos tal gusto por la vida sino cuando cocina y enseña de ésta. Él es un artista, crea cosas increíbles que hacen crecer el alma y, en algunos, también la panza. Pero como todo artista, del arte no se vive, la industria nos somete y moldea. Al menos nosotros, no tan privilegiados como otros, aunque más que muchos, vivimos.

Entiendo un poco su posición, sobre todo si uno se pone en los zapatos del otro y entiende que él mismo fue educado de esa manera en el trabajo de cocina. Para él, lo que hace es alta cocina, y la alta cocina necesita precisión. Sin embargo, yo soy más de los que se fijan en los tratos laborales, y puedo ser de lo más fácil o de lo peor dependiendo del trato en el jale. Yo, después de aprenderlo a golpes, opto por no contestar, y me voy disparado como jabón resbaloso. Qué hueva lidiar con esto, no me viene bien discutir con la pared, menos cuando la pared muerde.

Son las 9:30 a.m. Ya vamos tarde. Yo desde las 9:00 a.m. estoy en el asiento del copiloto. Ya prendí el motor y rellené el agua para todo el día; sin embargo, nadie llega aún, ni El Jefe, ni La Patrona. Los otros trabajadores de la cocina tienen que usar (tienen la costumbre de estar en) el espacio de carga (donde estoy parkeado). Como nosotros, ellos deben de salir temprano a trabajar.

Desde la ventana me pongo a platicar con los nopaleros de Jalisco que trabajan a un lado del estacionamiento. Son todos familia y el jefe de la pequeña empresa se llama Ulises. Repaso en mi cabeza una y otra vez, pero me da pena aceptar que no recuerdo los nombres de sus trabajadoras y trabajadores; sin embargo, sé quién es quién y eso no lo olvido. Ellos están desde las 5:00 a.m. allá y trabajan hasta medio día o dos de la tarde; me alegra que acaben temprano. Siempre me causó mucha curiosidad su trabajo y yo, como soy, empecé a preguntar cómo funcionaba todo. En efecto, traen los nopales desde la Ciudad de México bajo encargo, y el pedido se tarda un día en llegar. Después de esto, entre tres trabajadoras, muy joviales y platicadoras, pelan unos veinte huacales de nopales fresquitos. Ellas los sacan de sus cajitas y desenvuelven el papel periódico para extraer la deliciosa y espinosa pulpa azteca. En cosa de segundos ya tienen pilas y pilas de nopales sin espinas y listos para ser distribuidos a diferentes zonas de Oakland. Funcionan como reloj y además parecen siempre pasarla muy bien. Ellas, las chicas, visten con su atuendo convencional, un delantal de colores vivos, hay azules y verdes, y un rojo con estampado de margaritas blancas y el centro amarillo. Además, siempre están listas con sus guantes para lavar platos y la navaja especial, la herramienta. La familia es muy amable y sencilla, y van cada vez que pueden a Jalisco, a un pueblo cercano al lago de Chapala. Yo logré acercarme a ellos porque conozco por allá… bueno, cerca de ahí, en Michoacán, donde viví por muchos años. La verdad es que los dos lugares son diferentes, pero cuando uno está lejos, lo familiar te une, en este caso, las historias que nos contábamos, y sobre todo, la comida. Con ellos siempre me ponía a hablar de los platillos de la región, a lo que seguían muecas y caras de deseo y de compartida nostalgia. Y eso nos unió.

La Hora Cero llega, la tensión alcanza su punto máximo (en la mañana). Yo estoy protegido con mis auriculares escuchando metal a todo lo que da. En mi cabeza quedan perfectas las caras de odio y gritos de los patrones con un fondo musical de Rage Against the Machine. La verdad es que trato de divertirme, pero desde lejos, que luego por estar conectado a la música me va peor. Vamos apurados, pero la patrona olvidó comprar jícama y hay que esperar. Yo lo tomo con paciencia, pero mi hermano ya tiene los pelos de punta, bueno, los que le quedan.

A las 9:45 a.m. ya estamos disparados y yendo a la locación. Debemos de llegar antes de las 10:00 a.m. porque el tráfico a San Francisco se pone de locos. Pero eso se traduce en gritos y alaridos, ojos de rabia y silencios incómodos. Incómodos para ellos, ya que yo desarrollé una habilidad para estar calmado en la tormenta; la estrategia es llamada “desinterés”. En realidad, el camino lo uso para leer lo más posible mi libro y escuchar un poco más de las noticias de mi país, costumbre que tengo desde niño, cuando mi madre me levantaba tempranito con un café. Para mí, ese sigue siendo uno de los rituales que más atesoro.

Ya son las 10:10 a.m. y nos acercamos a la segunda Hora Cero, a las 11:00 a.m. El Jefe parkeó la lonchera frente al edificio más alto de San Francisco: el Sales Force o, en español, la “Fuerza de las ventas”. Para mí, son gente gris, con ropa gris y trabajos grises, pero también, a los que mejor les va en el mundo. Para ellos, yo seré un migrante cualquiera que medio se comunica y sirve para entregar comida. No me consta, pero en mi experiencia, no creo que piensen en mí, en mi pasado, en mis sueños o aspiraciones. Para ellos soy el foodtruck guy. Si me llegan a hablar o a ver, sólo es para preguntarme el menú siete veces, aunque lo tengan escrito en un pizarrón más alto que ellos. Y sí, alguno que otro latino compatriota me saluda y me habla en español. Y aún siendo un latino gris, con un traje gris y un trabajo gris, gana más de lo que yo juntaré en una vida de trabajo; es, como se le conoce aquí, un Tech-Bro latino.

Son las 11:00 a.m. y comienza lo bueno, el primer rush. Yo, en mi estación (la parrilla), mi hermano en la zona de término de los platillos y Ariadna (La Duquesa), en la caja. Se abre la ventana y comienza todo, ahora sí somos un equipo. Yo prendo la bocina y me pongo unas buenas cumbias, suenan como preludio de la coyuntura. Recién se abren las compuertas, se escucha la gente conversar, tumultos, filas que no tienen fin, los nervios comienzan. Aunque yo ya sé lo que viene y estoy preparado, tengo los platos y ya empiezo a poner tortillas a lo loco. Hay que ser muy organizado y trabajar en equipo, sobre todo trabajar en equipo. Si uno va más lento o más rápido, o si se equivoca, se pierde el equilibro, aunque la paciencia, pienso yo, vendría bien porque todos nos equivocamos, hasta los patrones. Lo que sigue son comandas, tacos, huaraches, tortas, combos, guac and chips, y mucho calor. Yo me concentro más que en los exámenes de la escuela; la verdad es que me da más miedo porque, si algo se sale de regla, sea por mi mano o no, los gritos comienzan y todo se va por un caño.

El pulso va a todo, mis manos ni las veo, tiro tortillas, observo comandas y la fila… infinita. Vamos y avanzamos bien, es un buen día, en otras palabras, una buena chinga. Siento la adrenalina intravenosa deslizándose por mi cuerpo como tobogán. En ese momento, cuando nadie habla pero todos sabemos qué piensa el otro, las palabras no se necesitan para hablar, y hablamos. Vamos a la mitad de la jornada, ya es la 1:00 p.m.… mi estómago empieza a rugir y me distraigo un poco, que no está mal, porque también empieza a bajar el ritmo de trabajo. Ya, al final del horizonte, veo menos cabecitas, y las que antes eran puntitos, cada vez son más cercanas, hasta con mi miopía las logro distinguir.

Para las 2:00 p.m. yo estoy más hambriento que un oso en primavera, y más cansado que uno en invierno. Las piernas me tiemblan y la vista se torna nebulosa, me desmayo de hambre. El Jefe me pide algo para comer y La Duquesa también. Esta es la señal de la comida, debo hacerlo rápido para guardar las cosas antes de irnos. Mi hermano y yo nos preparamos una tortota de carnitas con guacamole; a él le pongo chingos de salsa habanera, a mí un poco menos, y a su preparo le pongo unos taquitos variados sin salsa. Es un festín de tres minutos, la verdad es que como rápido, más por el hambre que por el apuro; a veces hasta carreritas jugamos con mi hermano. Después se enciende el motor y yo… apago el mío en el piso sucio de la cocina con ruedas.

Todas las fotos son fueron tomadas por el autor.

De nuevo, abro los ojos, despierto sin querer despertar, muchas veces ni duermo en serio, mi cabeza ya está programada. Conozco las vueltas y las esquinas, los semáforos y las paradas antes de llegar al bar (la siguiente locación). Muchas veces sólo espero con los ojos cerrados, hago como que me duermo para tener tiempo solo, o lo más solo que se pueda. En estos momentos, tanto mi hermano como yo quedamos dormidos en donde nos pongamos. A veces es en los asientos, y otras ponemos unos cartones en el piso y nos echamos donde haya espacio, sobre todo porque tanto él como yo somos muy altos.

A las 3:30 p.m. comienzo a escuchar movimientos, el foodtruck se tambalea de un lado a otro y yo hago como que no me doy cuenta. Sin embargo, no tengo dónde esconderme, sólo me queda trabajar. Me levanto y empiezo a preparar todos los espacios de trabajo: prendo la parrilla y el calentador de guisados, corto más limones, preparo los platos y sigo. Este turno es más tranquilo, pero más largo. Hay menos gente, y sólo esperamos a que los borrachos salgan del bar, o que anoten una canasta los Warriors de Oakland. Me da más tiempo de pensar, y a veces hasta un libro llevo para escaparme. También veo a la gente pasar, mucha gente de muchos tipos, aquí en Oakland hay gente de varios lugares, pero no todos los migrantes son iguales. Están los legales y los ilegales, los que llegan con lanay los que llegan a ganarla. Aquí es un barrio medio alto, entonces imaginarán el público, aunque también hay muchos homeless, los sin techo, quienes se fueron a la calle desde el 2008, cuando llegó esa crisis brutal que arrasó con la mayoría y levantó a unos pocos. Aquí los homeless están expuestos a drogas y mucha violencia, es mejor perderse para vivir en esas condiciones, y es como varios grupos llamados “minorías” pasan su vida. Es chistoso, si juntamos a todos esos grupos, entre negros, árabes, latinos, asiáticos, indios… legales o no, me parece que tanta minoría no seríamos.

Ya son las 6:30 p.m., apenas empieza a formarse una fila para el foodtruck, el resto del tiempo me tocaron los clientes ocasionales y ver el sol esconderse. Justo ahora es el medio tiempo en los juegos, aún nadie sabe si se va o se queda porque para los fanáticos borrachos (y ya un poco incoherentes) es traición dejar de ver cualquier partido, claro, siempre tomando y comiendo sus buenos tacos.

De las 7:00 p.m. en adelante la balanza depende de la victoria de los Warriors, puede ser un gran día de ventas o un cementerio de esposos cabrones, todo depende del equipo. Afortunada y desafortunadamente, en esta temporada los Guerreros de Oakland han ganado prácticamente todo, y pasaron a la final contra los Trail Blazer de Portland. Por esto yo ando que no paro, como máquina hasta las 10:30 p.m. Cuando llega la hora, mi hermano cierra la compuerta de la lonchera y La Patrona aún toma órdenes, yo sigo cocinando, aunque ya con cara de harto. En eso, mi hermano y yo congeniamos, odiamos que La Patrona siga vendiendo, porque parece que no ve que ya no podemos dar ni un paso más. En fin, cerramos todo, acomodamos y zarpamos para la cocina, no sin antes hacernos de cenar la torta más grande y deliciosa del día, por el hambre y porque mi hermano se rifa con eso.

Al llegar a la cocina hay que sacar todo lo que quedó caliente y lo ponemos en un refri gigante donde está la comida de todos. Ese lugar es de los que más me gusta porque cuando es verano y estamos a 32º C, ahí esta fresquito, además no hay señal de celular y los patrones no me molestan. Entonces, cuando nadie se asoma y no doy del cansancio, me jalo una cubeta y me meto al menos cinco minutitos en aislamiento fresco. Llego a la casa como a las 11:50 p.m. y todavía ceno y me baño; para la 1:30 p.m. ya me estoy durmiendo. Los Patrones, los explotadores, se tienen que explotar a sí mismos también, por lo que se quedan haciendo cuentas hasta más noche. Ya quisieran haber nacido ricos, pero tampoco les tocó.

Pensando y reflexionando lo que es mi día a día en tierras lejanas y de grandes promesas, yo me pregunto todo el tiempo: ¿Dónde se cumple el pinche sueño americano que aquí no lo encuentro? También, me pongo a pensar: a mí me fue bien, no me imagino lo jodido que debe estar para otros, los que se endeudan con el coyote, los que mandan para la remesa, los que ni el español hablan bien, como mi compañera Roberta, que habla más maya que otra cosa. Me pregunto por qué nos dejan trabajar y me respondo: “porque la migra por aquí no pasa tanto, pero eso sí, hay que trabajar sin derechos”. Y somos eso: trabajadores, en la construcción, en la cocina o cuidando niños. Mujeres y hombres trabajando un chingo de tiempo, mejorando un país que nos odia desde sus leyes y su gente y que, al final de todo, no nos da derecho a pedir nada sólo porque para ellos somos ilegales.

Glosario

Agarrar en Curva: Tomar a alguien por sorpresa; estar desprevenido.

Caras de culo: Rostro de enojado con toques de arrogancia; huele pedo.

Carnal: Hermano de carne o hermano en la lengua popular de la Ciudad y el Estado de México; Compa.

Changarro: Establecimiento o negocio en la lengua popular de la Ciudad y el Estado de México.

Chinga: Trabajo o tarea ardua en la jerga de la Ciudad y el Estado de México.

Coyote: Persona que se encarga de transportar y pasar de manera clandestina a inmigrantes de México a Estados Unidos.

Foodtruck Guy: Anglicismo para nombrar al cocinero de un camión de comida.

Guac and Chips: Anglicismo para nombrar el guacamole con totopos.

Guarmer: Anglicismo comúnmente usado en zonas latinas en Estados Unidos.

Huacal: Caja de tablas de madera, comúnmente usada para cargar frutas y verduras, hoy en día se usa también como mueble.

Hueva: Flojera; se refiere a los testículos del hombre, que cuando pesan mucho, da flojera caminar.

Jale: Sinónimo de trabajo en algunas zonas de México.

Lonchera: Foodtruck o Camión de comida en lengua popular de los barrios de East Oakland.

Mamar: Molestar, se refiere a tomar leche materna de los senos de la mujer; sexo oral.

Mate o Yerba Mate: Infusión estimulante con altos porcentajes de cafeína, comúnmente consumida en Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil.

Parkear: Anglicismo conjugado como el español; se refiere a estacionar.

Pelar: Remover la cáscara de una fruta, verdura o cualquier objeto; en la jerga mexicana también se refiere a moverse rápido.

Remesa: Parte de las ganancias de los migrantes que es enviado a sus familias en México.

Se va por un caño: Expresión utilizada en Latinoamérica para referirse a la ruina de un proceso.

Tech-Bro: Anglicismo para nombrar a los trabajadores en el sector de servicios, también conocidos popularmente en México como Godínez, con la diferencia de que estos ganan considerables sumas de dinero.

Tortota: Torta o sándwich de un tamaño muy grande.

Referencias

https://www.datosmundial.com/refugiados-por-pais.php

https://mx.nba.com/news/nba-playoffs-2019-golden-state-warriors-finales-historia/efb5fgm0rvu41qddifxas5da2

Entrevistas realizadas por Matías Avramow

Un pensamiento en “PASOS DE UN MIGRANTE CUALQUIERA

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