La opción del capitalismo a la mujer: Más explotación

De la Redacción

La realidad que enfrentan las mujeres en América Latina es una realidad marcada por la división sexual del trabajo, la discriminación y la desigualdad de género; expresados en una precaria situación laboral, en su concentración en ciertos sectores y ocupaciones (educación, salud, trabajo social y trabajo doméstico), independientemente de su nivel educativo, lo que desemboca en desigualdad salarial, trabajos sin derechos y marginación en el aprendizaje de nuevas tecnologías o de trabajos que requieren de mayor calificación.

Esta situación, desde los organismos económicos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional, se pretende rebasar con políticas de “empoderamiento de las mujeres”, como declaró Christine Lagarde directora del FMI Perú (FMI, 2016), al plantear que a nivel mundial sólo el 55% de las mujeres tienen la oportunidad de participar en la fuerza laboral, frente al 80% de los hombres. Cuando ella habla de empoderar a las mujeres, se refiere a que éstas tengan una mayor participación del mercado laboral, una “mayor aportación” al incremento de la productividad y el crecimiento económico; considerando las prestaciones sociales (escuelas de tiempo completo o servicios de estancias infantiles) como mecanismos que permitan a las mujeres tener más tiempo disponible para trabajar más horas.

Con el viejo lema capitalista de contribuir a hacer un pastel más grande que alcance para una mayor y mejor distribución, que esconde una de las principales contradicciones del sistema capitalista, a saber, la apropiación privada de la riqueza socialmente generada, se pretende superar la desigualdad de género con una mayor inserción de las mujeres en el mercado laboral a costa de ver crecer a sus hijos cubriendo, desde infantes, horarios de trabajadores -todas en alguna ocasión hemos visto o formado parte del grupo de trabajadoras que salen de sus casas cuando aún no amanece, con los hijos dormidos en brazos, a esperar que abran la estancia infantil, para dejarlos de 7:30 de la mañana a 6:30 de la tarde, y regresar por ellos, para llevarlos a casa, otra vez dormidos-.

Existen también propuestas para impulsar la inserción laboral a través de plataformas tecnológicas, que crean nuevos empleos a los que se les ve como una posibilidad de rebasar la desigualdad de género, partiendo de que los trabajos flexibles pueden combinarse de mejor manera con la poca disposición de tiempo, en el caso de las mujeres. A demás de que supondrían una menor discriminación de género al hacer evaluaciones en línea con base en los conocimientos y aptitudes de los candidatos. Una derivación de ello, la representan otras plataformas que serían el equivalente a las cooperativas de trabajadores, sólo que en redes que pretenden ofrecer empleos con mejores salarios y en condiciones menos precarias.

Sin embargo, la mayoría de estas plataformas, así como otras tendencias como el llamado coworking o el home office además de reproducir las condiciones de trabajo sin prestaciones sociales, para las mujeres significan la extensión de las jornadas laborales, tanto remuneradas como no remuneradas, pues se combinan sin horarios fijos de descanso las actividades propias del empleo con las tareas del hogar, sin que esto signifique mejores salarios, sino todo lo contrario, pues afianzan los roles tradicionales y echan por la borda lo poco que se ha avanzado en normativas encaminadas a superar la desigualdad de género.

En este sentido, nuestra posición como trabajadoras y comunistas, plantea regresar a los orígenes de las luchas de la clase trabajadora y de las mujeres: impulsar la organización de los trabajadores en general y la organización sindical en particular, que ponga en el centro de su lucha las demandas de las mujeres trabajadoras, desde una perspectiva clasista que se plantee la conjunción indisoluble entre lucha económica inmediata (estabilidad laboral, mejores salarios, seguridad social, responsabilidad estatal sobre el cuidado de los niños y el trabajo doméstico, etcétera) y lucha política encaminada a acabar con el modo de producción en el que se sostiene la condición desigual de la mujer: la sociedad capitalista.

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