La lucha de las mujeres trabajadoras…. ¿Qué debemos hacer desde los sindicatos?

Por: Ximena Franco Guzmán

Cuando una organización sindical es clasista, debe asumir –principalmente- que la relación entre el capital [representados por los patrones, y los gobiernos y leyes que protegen sus intereses] y el trabajo [representados por todas las y los trabajadores, en el sector formal o informal] es antagónica. La relación capital/trabajo no es ni puede ser “armónica”, y como trabajadores no debemos aspirar a la “conciliación” con el capital, sino al avance de la clase trabajadora sobre las medidas económicas, políticas e incluso culturales que reproducen la explotación, la desigualdad, la violencia del sistema capitalista, hasta erradicarlas. Por eso, al mismo tiempo, una organización sindical clasista e independiente, debe asumir e impulsar decididamente, a la vez que las demandas de la clase trabajadora en general, también las demandas específicas de las mujeres.

En su ámbito organizativo interno, por ejemplo, debemos exigir que nuestros Sindicatos modifiquen sus Estatutos, según una política de igualdad de género y contra todas las formas de violencia contra las mujeres, extirpando radicalmente toda conducta y práctica violenta, sexista y misógina. Tolerar o permitir prácticas violentas en los sindicatos o cualquiera otra organización política, contra las mujeres trabajadoras, tiene claramente el objetivo de inhibir y desincentivar la participación política de las mismas, más allá de las dificultades sociales estructurales que de por sí nos dificultan dicho ejercicio.

El objetivo que debe plantearse el sindicalismo clasista e independiente es crear las condiciones para que las trabajadoras tengamos más autonomía, y lograr la igualdad de derechos con nuestros compañeros. Con el objetivo de que las mujeres asumamos puestos de dirección y tengamos la posibilidad de enarbolar nosotras mismas, nuestras demandas. En este sentido, no podemos aceptar ninguna asignación o limitación de las tareas que realicemos, que esté basada en la concepción de una supuesta “naturaleza femenina”. Esto significa que todas las actividades y todos los puestos de representación y dirección deben sernos accesibles. Por ello, es muy importante que los sindicatos logren obtener las prestaciones de cuidados “maternos” también para los padres. Los padres trabajadores deben de poder gozar de los horarios especiales, de las licencias para cuidados del recién nacido o de familiares enfermos. Porque si esas prestaciones se asignan exclusivamente a las mujeres, se reproduce en el trabajo y en el sindicato, aquella naturalización discriminatoria y desventajosa para las mujeres de unas supuestas aptitudes de cuidadora, de servidora, de criadora. Y no se logra el equilibrio de esta tareas entre los sexos, que puede coadyuvar (aunque ciertamente no per se) para que las mujeres tengan un mayor rango de acción política, liberándoles tiempo y permitiendo que recuperen más rápidamente su energía para ocuparlas en el desarrollo de tareas políticas en los sindicatos.

Y en el ámbito externo, el sindicato debe vincularse en un frente intersindical, y con otros sectores de la sociedad, con una agenda de lucha que pugne por la erradicación de cualquier medida política, económica o socio-cultural, que reproduzca la violencia, la desigualdad y la sobreexplotación contra las mujeres. 

A este respecto, existe una condición fundamental de explotación exacerbada contra las mujeres y que es determinante para el acceso desigual a las condiciones en el trabajo, y para la participación política, así como para la discriminación y violencia contra las mujeres. Se trata del trabajo doméstico obligado y no reconocido como “trabajo”, falazmente “naturalizado” para nosotras, que es acaso la condición social más ominosa y desfavorable contra las mujeres.

El trabajo doméstico obligado implica para las mujeres una doble explotación o doble jornada de trabajo. A continuación lo explicaremos:

El sistema de producción capitalista está cimentado en la explotación del trabajo para los fines de la acumulación. Por un lado y de modo más evidente, está el trabajo que produce mercancías o que ofrece servicios. Pero, nos explica Silvia Federici, por debajo de este trabajo, y sustentándolo, está el trabajo doméstico no pagado ni reconocido como trabajo, que realizan mayormente las mujeres y de manera obligada. Esto, debido no sólo a concepciones culturales, sino porque resulta altamente redituable a la acumulación capitalista.

Este trabajo doméstico “produce” –mediante la procreación de los hijos-, y “reproduce” -mediante los trabajos de cuidado y manutención en el hogar-, la fuerza de trabajo misma, es decir, la vida y condiciones de recuperación de la fuerza de los trabajadores. Y para los capitalistas, para los explotadores, no existe nada más valiosos que los trabajadores, a quienes roban el producto de su trabajo para obtener ganancias y acumular más capital. El espacio o ámbito en el que las mujeres realizamos el proceso de producción/reproducción de la fuerza de trabajo, es evidentemente, el hogar. Y las relaciones sociales que lo sustentan son las que se dan dentro de la “familia” como tradicional e históricamente la conocemos.

Así, el pilar del modo de producción capitalista, es decir la fuerza de trabajo o trabajadores mismos, son producidos y reproducidos mediante las funciones procreadoras y  la amplia gama de trabajos domésticos que realizan, de manera obligada las mujeres de todo el planeta. Este trabajo doméstico que sustenta el entero sistema capitalista, según analizan algunas científicas sociales como la propia Silvia Federici, ni siquiera es reconocido como “trabajo” (recordemos que incluso de los esclavos se reconocía que hacían “trabajo”), sino que es caracterizado como parte de las funciones que “naturalmente” –y por lo tanto “obligadamente”- corresponden a las mujeres dada la determinación que se le ha asignado al género femenino.

¿Qué implicaciones tiene que el trabajo doméstico no se considere “trabajo”? Pues que no se considera productor de riqueza social, socialmente valioso, sino tareas en el ámbito privado de nuestros hogares  para las que estamos “naturalmente” dispuestas. 

Pero la prueba contundente de que los trabajos domésticos que realizamos sí tiene un valor y sí son productores de riqueza social, está en que son actividades que en el mercado de trabajo se realizan por un salario: lavar, planchar, atender, cuidar y educar niños, o personas enfermas, o personas con discapacidad; las tareas de mantenimiento del hogar, elaboración de alimentos, limpieza de la vivienda. En el mercado laboral estas actividades valen, pero la mayoría de las mujeres en sus hogares las realizan de manera obligada, sin costo para el capital, pero representando para éste enormes ganancias. Eso es lo más cercano al trabajo eslavo socialmente aceptado que tenemos en la actualidad. Y se dirige contra la mitad de la población mundial: las mujeres. 

Otro dato contundente: en México el trabajo doméstico no remunerado (el que realizan mayormente las mujeres en sus hogares), equivale al 23% del PIB. Esto significa que el valor monetario, producido por el conjunto de actividades domésticas realizadas sin recibir salario ni prestaciones, es 23% del total de todo lo que el país obtiene por el conjunto de bienes y servicios con valor en el mercado. Ese porcentaje se traduce en 5.5 billones de pesos. Que el Estado obtiene básicamente de ahorrarse pagar salarios y prestaciones por la realización del valiosísimo trabajo doméstico que realizamos mayormente las mujeres, sin obtener nada a cambio. Según cálculos del INEGI, “[s]i se recibiera un pago por el trabajo doméstico no remunerado, en promedio cada mujer recibiría 4 mil 650 pesos mensuales, y los hombres, 1mil 725 pesos mensuales”. Eso es lo que se ahorra el Estado con nuestro trabajo doméstico obligado y sin paga.

Pero además, las mujeres también vendemos nuestra fuerza de trabajo en el mercado laboral, a cambio de un salario. Casi siempre insuficiente y laborando, la mayoría de la veces, en condiciones precarias, sin prestaciones. Sabemos, según lo descubierto por la economía política marxista, que el salario representa la parte mínima que el patrón nos “paga” a cambio de ser las y los trabajadores quienes en realidad producimos toda su riqueza y hacemos posible la acumulación capitalista. El salario es así la expresión de la explotación legalizada y socialmente “aceptada”. Y por cada 10 horas de trabajo, las mujeres dedican 6.4 horas a las actividades no pagadas (domésticas), y 3.28 horas al trabajo asalariado. (Para los hombres la proporción se invierte: por cada 10 horas de trabajo, destinan 2.4 horas a trabajo doméstico no pagado, y 7.2 horas al trabajo no pagado).

Y Según el INEGI, entre más pobre es una mujer, más horas dedica al trabajo doméstico no pagado. Observemos cómo esto también es un factor sociocultural que va condicionando la posibilidad, por ejemplo, del desarrollo académico y profesional de las mujeres. Pensemos en muchas de las causas que llevan a las estudiantes a abandonar sus estudios, en el nivel que sea; que desincentivan o dificultan enormemente para las mujeres tomar cargos  de dirección en las organizaciones políticas; que les impiden salir y buscar un trabajo: “tienen que” cuidar a sus familiares, a sus hijos, realizar las tareas domésticas indispensables para la reproducción de la vida de las familias conformadas por trabajadores.El resultado de esto es la falta de tiempo, de recursos y de energía física y  mental.  

¿Cómo se expresa concretamente la situación de doble explotación de las mujeres en el mercado laboral y en el sindicalismo?

La doble explotación que implica el trabajo doméstico obligado le impide a las mujeres “competir” en igualdad de condiciones con los hombres, en el peleadísimo mercado de trabajo. Debido a las tareas domésticas no pueden cumplir los mismos horarios, por ejemplo. Incluso se les dificulta profesionalizarse en algún área, obtener experiencia laboral, entre otras. Esto resulta en  la precarización del trabajo. Debemos acentuar aquí el hecho de que el trabajo precario también afecta a varones y profesiones, o trabajadores especializados. Porque es una forma de sobreexplotar el trabajo que siempre conviene a los intereses de la acumulación capitalista. Pero la precariedad sí afecta mayormente a las mujeres. El 60% de los trabajadores informales son mujeres. El subempleo necesariamente implica bajos salarios, ausencia de prestaciones sociales, y además, la vulnerabilidad que por ausencia de contratos de trabajo formales, exacerba la violencia incluso sexual contra las mujeres por parte de los jefes o supervisores, etc.

También en la desigualdad respecto de las condiciones de trabajo y salariales. En México esta desigualdad es del 27% en promedio. Es decir que en el mismo puesto, o bien desarrollando las mismas funciones, y sometidos a los mismos criterios de selección, una mujer puede percibir 27% menos salario que un varón, de manera totalmente injustificada: sólo por el hecho de ser mujeres.   

Y sobre la posibilidad de participación político-sindical de las mujeres, se expresa concretamente en que las mujeres encabezan apenas 8.7% (8-9 de cada 100) de los sindicatos en el país[1]. Aunque una dato de la STPS del 2019 afirma que sólo el 4.9% de los sindicatos son dirigidos por mujeres. Y ninguna federación o confederación sindical tiene a una mujer en la Secretaría General. Incluso cuando la mayoría de los agremiados sean mujeres. No nos extrañemos entonces de que las demandas específicas de las mujeres hayan sido soslayadas incluso por nuestros compañeros de clase. Lo que nos lleva a reiterar la necesidad de que sean las propias mujeres quienes organicen y dirijan la lucha por sus demandas.

Debemos partir del supuesto de que un cambio en la ley, como el que se realizó a la LFT en la última reforma laboral de mayo del 2019, en la que se estipula la paridad de género en las direcciones sindicales, por sí misma, es sólo una modificación formal que no atiende las cuestiones de fondo que impiden o dificultan que las mujeres participen políticamente en los sindicatos y los dirijan.  Y que si no está acompañada de otras medidas paliativas que den resarcimiento o atenúen la sobreexplotación o doble explotación de las mujeres mediante la realización de trabajo doméstico obligado, la participación de las mujeres no será plena ni se podrá dar en igualdad de condiciones.

¿Qué debemos hacer desde los Sindicatos?

Las y los trabajadores organizados, a través de sus sindicatos en este caso, deben generar políticas sindicales dirigidas en primer lugar a arrancarle a los patrones mejores condiciones de trabajo para las mujeres. Para que todas las mujeres trabajadoras tengan salarios remuneradores, prestaciones sociales de salud, cuidados maternos y otros servicios que paulatinamente suplanten el trabajo doméstico obligado, es decir, que lo socialicen o lo vuelvan una responsabilidad social, del Estado. Pugnar permanentemente para que el Estado, como prestación y derecho social, sea quien brinde los cuidados a los ancianos, personas enfermas o discapacitadas, que coadyuve en el cuidado de los hijos (mediante guarderías), en la elaboración de alimento (mediante comedores comunitarios o en las escuelas y centros de trabajo), entre muchas otras actividades que deben ser descargadas de las mujeres. 

No se trata de enfrentarnos con nuestros compañeros, o de mostrarles a partir de ideas como las llamadas “nuevas masculinidades”, que ellos deben colaborar con el trabajo doméstico, sino de dirigir colectiva y organizadamente, con nuestros sindicatos y organizaciones de mujeres como punta de lanza, una lucha política que obligue al Estado a hacerse cargo de dichas tareas, socializándolas, es decir, sacándolas de la esfera privada, del ámbito de la “familia” y como tareas exclusivas de las mujeres dada su supuesta “naturaleza”, y exigiéndole que se conviertan en prestaciones sociales sustentadas por el Estado, para que así se descargue de estas labores a las mujeres trabajadoras.

La socialización del trabajo doméstico no termina con la explotación que de por sí implica el trabajo asalariado, pero reduce las condiciones de explotación a las que actualmente están sujetas la mayoría de las mujeres en todo el mundo. Puesto que, primero, reconociendo que el trabajo doméstico es “trabajo” (no pagado), se reconoce que allí existe una explotación, esclavizante. Y segundo, porque si la mujer, y madre trabajadora es asalariada, entonces tenemos una explotación exacerbada, que en realidad extiende nuestra “jornada laboral” real a más de 16 horas diarias [sumando las horas en el centro de trabajo y la jornada en el hogar realizando trabajo doméstico], como en los tiempos anteriores a la lucha del 8 de marzo. Y las y los trabajadores organizados tenemos como una de nuestras principales exigencias de lucha la reducción de la jornada laboral. Por eso los sindicatos, cuando asumen una posición de clase y una posición a favor de la lucha de las mujeres, deben tener en su agenda como uno de los puntos principales, la lucha política por la socialización de las tareas domésticas en el sentido que hemos expuesto arriba.

Además, como trabajadoras y trabajadores, debemos darnos con urgencia y con seriedad, una formación político-sindical dirigida específicamente a la comprensión y desarrollo de la lucha de las mujeres como una lucha especial y con demandas propias, aún en el seno de la lucha de los trabajadores; una lucha que además debe ser dirigida por las propias mujeres. Con la finalidad de que esta educación (o re-educación) irá paulatinamente orientando una nueva práctica política en un sentido contrario a esta predominancia cultural de discriminación contra las mujeres.

Fuentes

  1. Federici, Silvia. El patriarcado del salario. Críticas feministas la marxismo. Ed. Tinta limón, Buenos Aires, 2018.
  2. Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI),  Encuesta nacional de Ocupación y Empleo, 2018 https://mba.americaeconomia.com/articulos/notas/mexico-mujeres-encabezan-solo-8-de-los-sindicatos-en-el-pais
  3. INEGI, “Trabajo no remunerado de los Hogares”, https://www.inegi.org.mx/temas/tnrh/
  4. INEGI, COMUNICADO DE PRENSA NÚM. 201/18 8 DE MAYO DE 2018 PÁGINA 1/9 “ESTADÍSTICAS A PROPÓSITO DEL DÍA DE LA MADRE (10 DE MAYO)” DATOS NACIONALES https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2018/madre2018_Nal.pdf

[1] https://mba.americaeconomia.com/articulos/notas/mexico-mujeres-encabezan-solo-8-de-los-sindicatos-en-el-pais [consultado el 8 de febrero del 2020]

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