Las trabajadoras en América Latina: entre precariedad y marginación

Por: Paola Martínez

El proceso de reestructuración económica iniciado a finales de la década del setenta, para millones de trabajadores tuvo costos dramáticos relacionados con la pérdida de conquistas históricas como estabilidad laboral, salario digno, derecho a la seguridad social y el derecho a la organización colectiva para la defensa de sus intereses de clase. A casi cinco décadas de distancia, está comprobado que la aplicación de políticas neoliberales que enarbolaban la modernización del trabajo, la flexibilidad y el incremento de la productividad, sólo consiguieron empeorar año con año las condiciones de vida en la región, tal y como lo demuestran los estudios de diversos organismos internacionales.

La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) señala, por ejemplo, a los “niños, niñas, adolescentes y jóvenes, a las mujeres en edad productiva y a las personas indígenas y afrodescendientes” (CEPAL, 2018), como los más afectados por la pobreza y exclusión que se vive en el continente. Otra consecuencia de la reestructuración económica es pues, el aumento en las tasas de participación laboral femenina, pero en trabajos inestables.

En un informe publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la desigualdad de género en el mundo laboral que considera, principalmente, salarios, tipos de contratación, actividades desempeñadas y la vinculación entre las actividades propias del empleo con las tareas domésticas, se señala que en la región existen una serie de estereotipos, prácticas y normas sociales que reproducen la discriminación y la división sexual del trabajo (OIT, 2019, énfasis propio).

Aspectos como el color de la piel, la condición de madres o de inmigrantes, su procedencia de ciudades o zonas rurales, si son jóvenes o no, son características que amplían para ellas la desigualdad y discriminación al verse obligadas a aceptar trabajos informales, eventuales o por horas en los que, además de contar con bajos salarios, muchas veces no lo reciben en tiempo y forma; el incremento de la participación femenina en el mercado laboral ha ido directamente a engrosar las filas del trabajo precario. 

En cuanto a los salarios, las mujeres trabajadoras de América Latina y el Caribe ganan 17 % menos salario que los hombres por hora trabajada; lo que significa que un hombre de la misma edad, nivel de educación (o inferior) y en el desarrollo de las mismas actividades tiene un salario más alto por el simple hecho de ser hombre.

A pesar de que, en cien años de existencia de la OIT, se han impulsado varios convenios y recomendaciones relacionadas con el trabajo femenino, con el objetivo garantizar la igualdad de oportunidades y de trato para las mujeres en el empleo y que éstos, para los estados que los ratifican, están obligados a aplicar las disposiciones del convenio y a aceptar la supervisión internacional; poco ha sido el avance. Una de las razones es que, los convenios que implican menor compromiso tanto político como económico son los más aceptados por los Estados, mientras que son rechazados los que podrían limitar la explotación de la fuerza de trabajo de las mujeres o que implicarían mayor presupuesto.

Adicionalmente, el trabajo de las mujeres se concentra en determinados sectores y oficios, comercio y servicios, principalmente, correspondientes con actividades de enseñanza, sanidad, comerciales y de servicio doméstico. En los pocos casos de quienes desarrollan actividades industriales, lo hacen en actividades intensivas de mano de obra, rutinarias, poco calificadas y de bajos salarios. La OIT da cifras para la región de más del 79.4 % de trabajo de mujeres en el sector servicios, 12.4% en la industria y 8.2 agricultura.

Un dato relevante es que mientras mayor sea la participación de las mujeres en determinado sector, con trabajo formal, mayor es la diferencia salarial de género que no se explica a través de parámetros como la edad, el nivel educativo, su puesto, la jornada laboral o la presencia de hijos; es decir, es en estas situaciones en donde se puede ver claramente que los hombres tienen un mejor salario sólo por el hecho de ser hombres. Mientras que la brecha salarial por hora trabajada es más grande, puesto que la mayoría de las mujeres tienen trabajos precarios, sin prestaciones sociales y salarios por debajo del mínimo, pero que les permiten cubrir también sus horas de trabajo en el hogar, pues en la región el 80% de estas tareas (cuidado de los hijos, de familiares ancianos o enfermos, quehaceres domésticos) son realizadas por las mujeres. En este sentido es que la OIT señala que inequidad de género, pobreza e informalidad están estrechamente vinculados en la región.

Para las mujeres, los trabajos informales y los roles de género van de la mano, pues las probabilidades de tener un trabajo informal se incrementan luego de nacido el primer hijo, por ello, actualmente, las mujeres latinoamericanas que tienen mayor nivel educativo retrasan cada vez más el nacimiento de un primer hijo (y tienen menos hijos).

En algunos estudios se plantea que la mayoría de los hombres dicen estar a favor de la inserción de las mujeres al mercado laboral, pero la mitad de ellos no están de acuerdo con que se desentiendan de las actividades del hogar. Esto explica por qué en la región los hombres trabajan más de 60 horas semanales o más, mientras que las mujeres trabajan menos de 30 horas; no es porque sean más trabajadores, sino que la mayoría de las mujeres se ven obligadas a aceptar trabajos parciales que les permiten atender las tareas domésticas, aunque les signifiquen bajos salarios, extenuantes jornadas de trabajo y nula seguridad social.

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