A un año del advenimiento de Donald Trump

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Eduardo Victoria Baeza
Andrés Avila Armella

Alejarse del estruendo mediático que la presidencia de Trump ha causado en el último año es una tarea difícil de conseguir debido a la colosal máquina de propaganda que unas veces a favor y otras en contra de este personaje siempre nos oculta o tergiversa datos y hechos que son relevantes para comprender la situación actual por la que atraviesa el Estado norteamericano.

Durante este año, ha sido evidente y público el enfrentamiento entre Trump en contra de la alta burocracia gubernamental y un sector relevante de la burguesía, este enfrentamiento se ha venido agudizando y parece por momentos fuera de control pues el involucramiento directo de personajes oscuros del FBI y de la CIA pregonando con virulencia la paranoica intervención rusa en el proceso electoral del 2016 ha generado un tufo similar al del caso Watergate (1972-1974).

Trump y su correlación de fuerzas
Sin duda es necesario saber qué fuerzas se oponen a la continuidad de un presidente, así como saber también qué fuerzas lo protegen, y más aún, hasta dónde están dispuestas a llegar las que lo protegen para protegerlo, y hasta dónde están dispuestos a llegar las que se le oponen para expulsarlo; además, claro, de saber medir cuál es la correlación de fuerzas entre ellas, en cuanto a su capacidad material de salirse con la suya.
Para ver en su justa dimensión algunas de las situaciones que se han tensado en torno de la figura de Trump, no debemos olvidar que la política interna estadounidense es particularmente dura, muy pocos presidentes han puesto su cabeza a salvo de una permanente espada de Damocles, a Nixon por ejemplo lo obligaron a renunciar, a Carter lo asfixiaron económicamente hasta aplastarlo, a Reagan lo intentaron matar, a Clinton estuvieron a punto de destituirlo  y a Trump en este caso le endilgan un fraude electoral auspiciado por Rusia.
En lo que respecta a este asunto, los medios favorables a la burocracia asociada al Partido Demócrata, en el afán de destruir mediáticamente a Trump, suelen hacerle algunos cumplidos inmerecidos, por ejemplo, atribuirle (aparte del “Fraude Ruso”) que su triunfo se debe a su popularidad entre los sectores más retrógrados de la población, con tal de no cuestionar de fondo a un sistema en donde la elección del presidente sólo toma en cuenta la opinión popular de forma caricaturesca.
Sin embargo el panorama interno no luce del todo gris para el presidente estadounidense pues la mayor victoria del grupo Trump creemos que fue la elaboración y aprobación de la nueva ley fiscal que le permite refrendar sus alianzas (vía transferencia de recursos públicos) con la oligarquía que desde un principio lo apoya y mostrarse como un socio más que atractivo con la burguesía que aún se mantiene reticente con él, buscando así mayor cohesión entre la clase dominante (el reciente arancel al acero y al aluminio parecen confirmar esa cohesión pues la administración Trump jamás hubiera podido dar ese paso sin un consenso mayoritario de la clase en el poder).
Es un error de procedimiento básico el suponer que la entrada, continuidad o ruptura de un periodo presidencial en Estados Unidos depende de la mera credibilidad moral, simpatía popular o congruencia pública del personaje en cuestión. En todo caso es necesario preguntarse qué cuentas puede entregar Trump a las fuerzas más poderosas que están tras el poder de Washington. Aunque sin duda hay un sinnúmero de cuentas por entregar, y en medio de un cúmulo de situaciones y conflictos se puede hacer de amigos, enemigos, o cambiar unos por otros, es preciso concentrarnos en las de mayor nivel estratégico, entendiendo que son éstas las que pueden inclinar la correlación de fuerzas.
En la política interna el factor determinante es la lucha de clases, por lo que habría que fijarnos si es que existe una amenaza para el Estado en su conjunto como la representación principal del sector más influyente de la burguesía: esto en su mayor expresión podría implicar, algún riesgo de guerra civil, revolución, escisión territorial, invasión extranjera, pero aun entendiendo que ninguno de esos riesgos es inminente hoy en día para el Estado norteamericano, tendríamos por lo menos que fijarnos en los conflictos más recientes con implicaciones clasistas.
Es ahí donde cabe preguntarnos: ¿Algo se ha salido de control en la población en el último año? ¿Se avivó algún conflicto social de gran impacto en los Estados Unidos?, ¿Han estallado huelgas entre los trabajadores?, ¿Se expandirá el conflicto de los maestros en West Virginia por buena parte del país o solo quedará en brotes espontáneos sin dirección? ¿Se han multiplicado y fortalecido los movimientos clasistas entre la población afroamericana?, ¿Han progresado las organizaciones de migrantes en sus objetivos? , ¿Qué sucedió por ejemplo en el último año con Black Life Metters, Fight for 15, los Dreamers, Our Wal-Mart, Antifa, y tantos otros “movimientos populares”?, ¿Acaso corrieron la misma suerte que los ocupas de Wall Street? En este renglón al menos, parece no haber grandes cambios en cuanto a lo que representó la administración Obama. Es decir, si uno de los riesgos que había asumido el Estado norteamericano al elegir a Trump, había sido el arriesgarse a la radicalización de los conflictos latentes, cuando menos por ahora, parece no estar ocurriendo, y a menos que haya información en manos de los servicios de inteligencia que digan otra cosa, no tendría que ser un motivo para remover a un presidente cuyo período constitucional es de cuatro años.
Por otra parte, atendiendo a las principales preocupaciones geopolíticas del Estado norteamericano, podemos preguntarnos ¿Qué tanto ha cambiado la correlación de fuerzas entre Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea en el último año al no poder el Estado norteamericano y sus aliados imponer su agenda en Medio Oriente (Siria e Irán) y Asia (Corea del Norte)?
Creemos que las derrotas militares (Siria y Ucrania) y financieras (imposibilidad de Wall Street por frenar a la locomotora China) del Estado norteamericano así como su incapacidad para avanzar en Venezuela, Bolivia y Cuba sumadas al anquilosamiento en Afganistán e Irak y al debilitamiento de sus aliados (Israel, Reino Unidos y Japón) obligarán a la administración Trump a abrir nuevos frentes de combate militares, diplomáticos, comerciales y financieros en el mundo que compensen la pérdida de poder real de su burguesía y para lograrlo robustecerá y endurecerá su posición de fuerza en todos los sentidos como ha venido sucediendo en América Latina (México, Honduras, Colombia, Brasil, Chile y Argentina ejemplos de sometimiento económico y diplomático total) , África (con el incremento exponencial de operaciones militares del AFRICOM) y Europa (reorganizando el papel de la OTAN y replanteando su postura ante Alemania y Francia).
Perspectivas de la coyuntura actual a un año de su investidura
A un año del advenimiento de Donald Trump la oligarquía que lo impuso y a la que él pertenece aún luchan por consolidar su posición de fuerza, pues todavía no logran acumular el poder necesario que les permita frenar y revertir el menoscabo de la supremacía hegemónica del Estado norteamericano en vastas regiones del planeta.
El proyecto Trump todavía no se concreta como el proyecto hegemónico del Estado norteamericano, pues aún necesita ganar mayor credibilidad dentro de la burguesía imperialista norteamericana, quienes a ese respecto están algo divididos y reticentes. Sin embargo a lo largo de este año, Trump ha logrado sortear algunas de las dificultades y a pesar de sus desencuentros con la prensa y con los sectores afines al Partido Demócrata, parece estar controlando la desconfianza de la parte de la burguesía y de la alta burocracia política y militar norteamericana, quienes llegaron a temer por mayores desastres. No obstante a estas alturas, Trump ha sido poco efectivo para solucionar problemas heredados y ha sido poco lo que ha demostrado en cuanto a capacidad de asumir un liderazgo más claro que por ejemplo le permita gobernar con mayor amplitud y libertad, con menos contrapesos del congreso y de otras instituciones.
Si el actual presidente estadounidense aspira a ser un líder con poderes extraordinarios, o bien si pretende estar a la estatura geopolítica de sus rivales contemporáneos como Xi Jinping, Vladimir Putin o incluso dentro de sus propios aliados como Angela Merkel, jefes de Estado quienes claramente dirigen a las clases dominantes de sus respectivos países y tienen su confianza casi plena, tendrá que demostrar y convencer con mayor ímpetu a la burguesía imperialista que aún esta recelosa del paradigma Donald Trump, de que pueden apostar su capital ampliamente con él. Por ahora todo indica que para su administración ha sido un año de avance lento en el que han invertido la mayor parte de su energía en sostenerse. Veremos en lo sucesivo si Trump y su camarilla están dispuestos a extremar sus posturas a pesar de incrementar con ello el riesgo de un fracaso estrepitoso o bien, si apuestan a una posición conservadora y tratan de que sus primeros cuatro años pasen sin mayores sobresaltos enfocándose en construir la infraestructura política que le permita la relección en el 2020.
Esta coyuntura y su ritmo actual, han dado cuando menos un elemento de tiempo a favor de las fuerzas populares y clasistas que realmente quieran revertir el proceso que ha llevado al Estado norteamericano a acentuar su agresividad imperialista, tanto interna como externamente. Para ello es necesario apartarse de esa política confusa promovida por el Partido Demócrata y que lleva a una mera entretención de fuerzas con mayor potencial político. El principal factor de contención severa, no sólo de Trump, sino del tipo de política que representa, dependerá fundamentalmente de la capacidad de frenarlo con estrategia y con conciencia, de otro modo, se está apostando por ponerse en manos de actores políticos que además de antipopulares, han resultado muy deficientes en su estrategia para frenarlo.

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