La verdadera cara del capitalismo alemán

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Es bastante difundida la idea de que, posteriormente a la caída del Muro de Berlín, la nueva nación alemana ha conocido por primera vez en su historia moderna una época de paz, seguridad y en general un bienestar social sin precedentes; pero ¿es esa la realidad que vive el pueblo alemán?

Con la intensificación de casi 30 años de un modelo capitalista integrado en las dos alianzas imperialistas de Occidente; la OTAN y la Unión Europea han sido herramientas fundamentales en las que el gobierno de Alemania se ha posicionado como uno de los grandes patrones de aquel continente. Esto por medio de las políticas de castigo que fomentan la dependencia internacional, en las que ha sido conocida la canciller Angela Merkel, sin embargo, las cifras de la supuesta armonía germana la contradicen.

Según datos del propio Ministerio del Interior alemán, entre 2015 y 2016, han aumentado los crímenes políticos un 19%, donde se señala una participación cada vez más activa de jóvenes neo nazis. Estos ataques son en contra, tanto de grupos étnicos vulnerables provenientes del extranjero, así como atentados perpetrados hacia sectores de izquierda (solamente en el mes de junio del corriente, se registraron más de 6500 crímenes cometidos por bandas de extrema derecha). Mientras que, los robos habitacionales se han disparado un 10%. Aunque estos incrementos delictivos son considerables, no significa que en los años pasados las estadísticas sociales fueran más alentadoras; esto quiere decir que para 1999, tan solo 10 años después de la desaparición de la República Democrática Alemana -absorbida por la agresiva Alemania Federal- había un millón de niños en condición de miseria en las calles.

Un informe de la Federación de Asociaciones de Alemania arroja que, si bien la renta media actual es de 892 euros mensuales, el 15.5% de la población carece de un techo, es decir 12.5 millones de habitantes. El ensanchamiento de la pobreza alemana ha ido avanzando rápidamente, ya que la Oficina Federal Estadística de ese país informaba escandalizada que a finales de 2013 había 3.1 millones de pobres, lo que representaba para ese entonces un incremento del 25% respecto al 2008. Es importante aclarar que en ninguna de estas cantidades se contempla el índice de marginación que sufren los inmigrantes de distintas zonas del Mediterráneo y el sur de África, expatriados todos de una serie de conflictos producto paralelamente de la acción imperialista de Alemania y sus aliados. Quizá es por eso que se han multiplicado en toda Europa las púas en las esquinas de las calles que evitan el descanso de los indigentes que el capitalismo escupe.

En efecto, el contexto de pobreza del gigante europeo es escalofriante, y entre las consecuencias de la misma, se deriva la lumpenización de grandes capas de la juventud. Esto reflejado tanto en el espectro electoral nacionalista, como en la violencia y el número de adictos, los cuales se expande de manera cotidiana en los suburbios de Berlín o Múnich.

Esta información constituye apenas un tímido contraste frente a los logros alcanzados en el socialismo durante la existencia de la República Democrática Alemana. Allí la salud, la vivienda, el salario y la educación estaban garantizados universalmente. En lugar de sojuzgar a los pueblos vecinos y lejanos, la principal tarea era el internacionalismo proletario, en el que brigadas de voluntarios alemanes de todas las edades realizaban labores humanitarias a lo largo del globo. Baste darse cuenta del presente para apurarse a construir la emancipación total del mañana.

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