¿“Primavera” o Revolución?

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De la redacción

Diversidad de medios y analistas del mundo han utilizado en los últimos años con gran arbitrariedad el concepto de “primavera”, con el que califican algún proceso de transformación supuestamente democrático hacia el interior de uno o varios regímenes previamente señalados como autoritarios. Sin embargo, el origen y aplicación de esta etiqueta dista mucho de un florecimiento popular y revolucionario.

En un contexto en donde ya no existía una Internacional Comunista, pero en el que grupos guerrilleros sacudían a América Latina, Asia y África, se pretendió desde el exterior el aceleramiento de la destrucción del socialismo en Europa, mediante la introducción de elementos revisionistas o reformistas en el seno del Movimiento Comunista. A mediados de 1968, en la entonces República Socialista de Checoslovaquia,  sectores reaccionarios que sobrevivieron a las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial estimularon el odio nacionalista de checos y eslovacos para agudizar el abandono del programa del proletariado, sustituyéndolo por políticas de libre mercado y la claudicación de un gobierno de trabajadores. Medidas que, décadas después, desembocarían en la desaparición de la Unión Soviética. Tales manifestaciones fueron señaladas por la prensa burguesa como la “Primavera de Praga”; de tal manera que, en principio, su naturaleza es evidentemente reaccionaria y conservadora.

Sin embargo, tanto las “Revoluciones de Colores”, como lo fue la llamada “anaranjada”, que tuvo lugar en Ucrania y que terminó en la subida al poder de grupos de la extrema derecha, así como las “primaveras” posteriores en el mundo, han sido ejemplo de verdaderas tragedias. Pues esta clase de movimientos son impulsados generalmente por sectores de la pequeña burguesía local que pretenden una “modernización” económica, es decir, una liberalización profunda de capitales anquilosados, cuyo reparto de ganancias permanece altamente restringido a la cúpula gobernante.

Sirva como ejemplo el caso de la llamada “Primavera Árabe”. Ésta surgió sospechosamente entre paraísos petroleros, al norte de África. Primero en Túnez, en donde si bien lograron remover al dictador Ben Alí, sus sucesores no transformaron el régimen en absoluto. Por el contrario, el país se encuentra sumergido en un estado de emergencia por una creciente ola de atentados. Posteriormente, la cruenta rebelión de Tahrir en Egipto, con un respaldo ambiguo de la Casa Blanca, culminó en el derrocamiento del también dictador Hosni Mubarak, pero dando lugar a una temeraria autocracia religiosa por parte del fanático y hoy encarcelado criminal de Estado, Mohamed Mursi. En este caso, el pueblo egipcio no logró conquistar las más elementales reivindicaciones sociales, puesto que quien detenta la jefatura del gobierno es el general Abdelfatah Al-Sisi, un ágil mercader que sin haber cambiado un solo peldaño del Estado egipcio, ha vendido ya puertos estratégicos al gobierno israelí. Los casos de Libia y Siria, son probablemente los más lamentables, ya que hay que destacar que las guerras que hoy sacuden a las dos naciones fueron sembradas con mercenarios extranjeros al servicio del imperialismo. Y las repercusiones de violencia extrema, aunada a la crisis humanitaria entre refugiados, distan bastante de los supuestos objetivos democráticos que los medios masivos anuncian.

Los comunistas no buscamos una “primavera mexicana” o internacional. Nosotros sembramos el más duro de los inviernos para la explotación mundial, en miras de su extinción, para establecer definitivamente el tiempo de los trabajadores.

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