Ocho horas de trabajo, conquista histórica, transgresión frecuente

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Andrés Ávila

Aunque muchos trabajadores sabemos que existe una limitante en la ley laboral que dice que la jornada máxima de trabajo será de ocho horas, pocos saben lo que esto significa y se imaginan que es un simple límite para que nadie sea obligado a trabajar de más, pero esa demanda tiene una profundidad mucho mayor que ahora trataremos de explicar.

Marx, en El Capital[1], narra algunas de las experiencias de la lucha obrera de su época por limitar la jornada de trabajo, principalmente en Inglaterra, y la describe como una demanda de la clase obrera para limitar la explotación, que en aquel entonces no contaba con prácticamente ninguna regulación. Y el precio del salario y las condiciones de trabajo se regían por la ley de la oferta y la demanda, favoreciendo al patrón, pues aunque el patrón es quien más se beneficia del proceso de trabajo, el obrero es quien tiene más urgencia de encontrarlo.

La huelga histórica de los obreros del centro norte de EU que culminó con la violenta represión contra los Mártires de Chicago el 1 de Mayo de 1886, demandaba entre otras cosas: Ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso. Lo cual implicaba no sólo una mera reducción de horas de trabajo, sino un compromiso con la estabilidad laboral y la solvencia del salario. No se debería contratar a nadie por más ni por menos de ocho horas, y el salario percibido, debería alcanzar por lo menos para cubrir las necesidades esenciales de la familia obrera.

Marx explica que la clase capitalista ingenia métodos para poder transgredir los límites de la jornada de trabajo, entre los cuales se cuentan el sistema de turnos y la pérdida del poder adquisitivo del salario. En el primer caso, porque al ser contratado por menos de ocho horas, cinco por ejemplo, el capitalista sólo pagaría un poco más de la mitad de lo correspondiente a los gastos de manutención de la familia obrera, lo cual implica que el trabajador tendrá que buscarse otro trabajo, logrando así que su jornada dure más de ocho horas, aunque haciéndolo para dos patrones diferentes. Reducir el poder adquisitivo del salario tiene el mismo resultado, pues si el salario percibido por ocho horas de trabajo resulta insuficiente, el trabajador será quien busque por sí mismo trabajar por más de ese tiempo, reduciendo así su tiempo de descanso y de recreación (deporte, actividades artísticas, convivencia familiar, etc.). Otra consecuencia suele ser que varios miembros de la familia tienen que laborar. Según cálculos del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM, en México, para completar el costo de la Canasta Alimenticia Recomendable, una familia debe dedicar 23 horas del día al trabajo asalariado. Esto de ninguna manera debe entenderse como una oposición a que la mujer trabaje, por el contrario, los marxistas aspiramos a que el trabajo sea un derecho, pero si dos miembros de la familia deciden libremente trabajar, cuando menos en éste régimen, esto habría de traducirse en la duplicación de su poder adquisitivo, pero en la realidad sucede al revés: podría decirse que la clase patronal logró dividir el salario a casi la tercera parte, y si se necesitan tres jornadas de 7.2 horas, es porque no queda de otra, y no por una decisión libre.

Es por ello que resulta fundamental en el movimiento sindical y proletario en general, que se comprenda cuál ha sido el sentido histórico de esta demanda que en México fue enarbolada también desde el siglo XIX y principios del XX por los hermanos Flores Magón y por los mártires de Cananea y Río Blanco, y que logró hacerse eco incluso en la constitución democrático-burguesa de 1917. Asimismo, es necesario que la conciencia del movimiento proletario tenga muy claro que la reducción de la jornada de trabajo no implica el fin de la explotación, porque todavía con ocho horas, sigue siendo el patrón el principal beneficiado del esfuerzo productivo de millones de trabajadores; y que la lucha no debe parar hasta que todos los trabajadores sepan a ciencia cierta cuánto valor producen y cómo es utilizado, para poder decidir organizadamente cómo ha de utilizarse toda la riqueza social.

[1] Capítulo VIII. Tomo I.

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