Syriza concluye su actuación histórica sin brillo alguno

SYR

Job Hernández Rodríguez

Bastó muy poco tiempo para que la Coalición de Izquierda Radical (Syriza) mostrara su verdadero juego. En enero triunfó gracias a una plataforma que prometió aumentar el salario mínimo, abolir determinados impuestos para los más pobres y aliviar la pesada carga de la deuda externa que asfixia a los griegos. Con ello, avivó las esperanzas en un cambio de rumbo que suponía el fin de la austeridad y de la sumisión de Grecia frente a sus acreedores aglutinados en la Troika. Con júbilo y premura, incontables analistas y políticos alrededor del mundo leyeron el ascenso de Alexis Tsipras al poder como un evento favorable en la lucha de los pueblos contra el capital.
Necesitado de nuevos préstamos para cubrir los compromisos derivados de los anteriores, Syriza todavía pudo ganar algunos días más para seguir en su papel de valeroso defensor de la soberanía griega y de las aspiraciones populares. El día 5 de julio montó un referéndum para mostrarse al mundo como una valerosa oposición, capaz de decir “no” a las exigencias de los dueños del dinero. Una vez más, numerosas personas creyeron en las intenciones combativas de Syriza y calificaron esta iniciativa como un gesto mediante el que se luchaba por mantener la integridad de Grecia frente a las agresiones externas.
Poco duró la ilusión. Apenas cinco días después no quedaba nada de combatividad. Syriza se plegó a la ortodoxia económica y recetó al pueblo griego la misma medicina de siempre. Descartado el programa de rescate presentado por sus acreedores, mandó al parlamento uno que se caracteriza ¡por ser esencialmente el mismo! “La misma gata pero revolcada”, consistente en incremento de la edad de jubilación, recortes presupuestales, aumento de impuestos, privatizaciones, etc. Para sorpresa y disgusto de sus admiradores ni siquiera se echó mano de algún programa de ajuste más heterodoxo. Simple y llanamente se terminó asumiendo la idea de que “no hay alternativa”, proponiéndose seguir al pie de la letra las indicaciones que gobiernan al mundo desde hace cuatro décadas, orientadas a preservar sin cortapisas los intereses del capital.
Como lo ha debido reconocer Syriza, esta nueva orientación es distante de su plataforma de lucha y de las promesas de campaña que le llevaron al poder. De la misma manera que no se puede ocultar el sol con un dedo, es imposible negar el hecho contundente de que Tsipras y el resto de sus muchachos, de rostro afable y apariencia desenfadada, son los alumnos más recientes de Milton Friedman, Friedrich Hayek y demás fanáticos del capitalismo desenfrenado.
Esto podría interpretarse como una traición forzada por las circunstancias a los principios y programas que orientan la actividad política de Tsipras y sus correligionarios. En esta lectura de los acontecimientos, de acuerdo con la credulidad a toda prueba de algunos, que se resisten a leer los hechos tal como son, el golpe de timón sería deleznable pero explicable y, por tanto, justificable porque no se podía hacer otra cosa o porque se trataba de evitar un problema mayor (fuga de capitales, salida de Grecia de la Unión Europea, etc.) ante lo cual vale la pena tirar por la borda el lastre de los documentos partidarios y las promesas de campaña, esperando nuevos y mejores tiempos para, ahora sí, cuando las condiciones lo permitan, poner en marcha la transformación radical de Grecia.
Por supuesto, esta no es la única interpretación posible. Hay otra, basada en la observación minuciosa de la confrontación clasista en las sociedades modernas. Siguiendo esta línea de interpretación, el comportamiento de Syriza no es fortuito ni ocasional. En su código genético está inscrito el oportunismo y la traición. Nació, precisamente, de la agrupación pragmática de un variopinto universo de tránsfugas de todas las tendencias reunidos, básicamente, en torno del rechazo de sus respectivos referentes históricos. Comunistas, trotkistas, maoístas, etc., confluyeron en la idea de que es más oportuno y redituable un acomodo a los “nuevos tiempos” que la fidelidad a los “viejos” principios. De gente así, que tiene este tipo de acta fundacional, es posible esperar la repetición constante de la traición, el abandono de sucesivos principios, un continuo despeñarse que tiene como destino final el regazo de la burguesía. No hay otro destino para este tipo de conglomerado político reunido por el único principio de no tener principios.
A la misma conclusión se llega si tomamos en cuenta el otro rasgo distintivo de Syriza: el eje de su política no es la lucha sino la conciliación, la confraternización con el enemigo, el deseo de situarse siempre a medio camino, proponiendo soluciones mixtas y teniendo comportamientos a medias tintas. Como la experiencia histórica y el sentido común indican, pretender neutralidad en medio de una guerra de clases despiadada conduce a la sumisión frente a la burguesía y a la derrota política. La decoloración ideológica de Syriza posibilitó que, ante una situación decisiva, no tuviera reparo en asumir el programa de ajuste de la Troika. Como no son adversarios decididos del mercado, no ven problema alguno en la preponderancia extrema de éste. En todo caso, las diferencias son de grado, no esenciales, lo que les permite aceptar “un tantito más” si los enemigos les “obligan” o las circunstancias les condicionan. De la misma forma, dado que no son partidarios de la salida de la Eurozona ni tienen objeciones de fondo a la Europa del capital, se ven obligados a aceptar cualquier condicionamiento para seguir allí, desperdiciando el único elemento de fuerza en la negociación por un nuevo préstamo, que era la amenaza de romper con esta Santa Alianza.
En consecuencia, la Troika no los consideró adversarios serios y aprovechó la oportunidad para ampliar el margen de su victoria. Ni estratégica ni tácticamente fue redituable ceder terreno, buscar la conciliación antes que la guerra abierta: el programa de ajuste finalmente impuesto a Grecia fue más duro que el propuesto en Junio. Y en esto, una parte de la responsabilidad es de Syriza por su comportamiento timorato.
De esa manera, lo que se consideró como una “brillante victoria política” se transformó en pocos días en una derrota en toda línea y en unos de los más tragicómicos eventos de la política mundial de los últimos tiempos. Por supuesto, las consecuencias las pagará el pueblo griego. El programa impuesto no tiene ningún lado bueno, a pesar de lo que declara ahora Syriza para lamerse las heridas. No alentará la actividad económica ni el crecimiento porque ninguno de estos ajustes lo ha hecho en cuarenta años. Los recursos obtenidos se evaporarán en poco tiempo como todos los anteriores ante la usura extrema de los acreedores. Y el manejo en Grecia de los fondos obtenidos por las privatizaciones no es sino una forma de disfrazar la humillación extrema: serán supervisados desde el exterior, lo que equivale a decir que, en términos prácticos, estarán en manos de los acreedores y no del gobierno griego ni mucho menos de su pueblo.
La comedia acabó. Syriza concluye su actuación histórica sin brillo alguno. Resta esperar que los analistas que le ensalzaron pidan ahora disculpas a sus lectores por alentar falsas esperanzas y contribuir al consecuente estado de aturdimiento y desánimo que acompañan a este tipo de ilusiones. Por nuestra parte, teniendo al marxismo-leninismo como norte, no nos dejamos encantar por las sirenas de la “nueva izquierda” ni dimos crédito alguno a sus recetas. Sabemos que detrás de estas “novedosas” chácharas políticas se encuentra el muy viejo oportunismo. Igualmente, tenemos clara la diferencia entre la dirección política de este tipo, hoy encarnada en Syriza, y el ánimo combativo del pueblo griego. Tanto las elecciones de enero como el referéndum de julio dejan entrever que el pueblo griego está por la ruptura y un auténtico cambio de rumbo. En todo caso, su error fue creer en el partido inadecuado, que alardeó cumplir con este mandato.
Como resultado de todo esto el oportunismo representado por Syriza es cartucho quemado. Esta agrupación enfrenta no sólo el desgaste de su capital político sino también su eminente disgregación: está carcomida por las discrepancias y amenazada por la salida de tales y cuales políticos, tendencias y fracciones, que quieren salvarse del naufragio y evitar la responsabilidad en la debacle.
El lado positivo es que los acontecimientos recientes aclararán el panorama y permitirán a los griegos encontrar más fácilmente el rumbo. Frente al previsible agravamiento de la crisis, voltearán al lado correcto. Quebradas las ilusiones en el oportunismo podrán apreciar con mayor claridad quienes representan de mejor manera sus anhelos y su ánimo de lucha. Hallarán al grupo que, contra viento y marea, en medio de adversidades que destemplaron a muchos, no tiraron por la borda sus principios y se mantuvieron firmes y dignos en sus convicciones comunistas. Allí se encontrará el movimiento espontáneo de las masas con una conciencia organizada a la que no le temblará la mano para ser consecuente con lo que el pueblo indique. Y si no se atraviesa el fascismo de Amanecer Dorado, la siguiente estación del viaje griego será socialista-comunista.

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