¿Cuál es el quehacer de los comunistas en tiempos electorales?

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Andrés Ávila Armella

 

Lo primero que tiene que quedar claro es que lo que distingue a los comunistas de tradición marxista leninista, es la confianza en que la cuestión del derrocamiento de un orden social y el alumbramiento otro, es un problema científico, y para lograrlo, es necesario trazar con el mayor rigor posible una estrategia y una táctica coherentes. En ese sentido, lo primero que debemos tener claro es que, desde el punto de vista marxista, el problema de la emancipación social que ha de lograrse en el comunismo, atraviesa por un periodo de transición que sólo puede ser guiado por una clase social que, contradictoriamente, ha surgido de la expansión del régimen capitalista: el proletariado.
Así pues, la estrategia comunista durante el predominio del capitalismo, consiste básicamente en generar las condiciones para que la clase trabajadora tome el poder. Dicha estrategia debe contemplar una táctica cuyos planes y razonamientos puedan concretarse históricamente, de tal suerte que las condiciones para que la clase trabajadora tome el poder vayan desarrollándose. No es realmente marxista una organización comunista que no se plantea, tras cada decisión táctica, la siguiente cuestión: ¿cómo ayudará ésta o aquella iniciativa o resolución al proletariado a tomar el poder?
Hoy atravesamos una nueva coyuntura electoral, y surge otra vez la vieja pregunta: ¿Qué hacer ante las elecciones? Entre las organizaciones que se consideran a sí mismas de izquierda, surgen una serie de propuestas: algunos insisten en participar en las elecciones apoyando a alguno de los partidos que presumen ser de izquierda; otros, pretendiendo ser más críticos, hablan de la necesidad de sumar votos para la “menos peor” de las opciones, confiando en que esto alejará a las “más peores”. Algunos más proponen anular el voto, mientras hay quienes promueven candidaturas independientes. Otros promueven la abstención y también están aquellos que promueven sabotear las elecciones.
Si fuéramos demagógicos, argumentaríamos a favor de cualquiera de las opciones anteriores. Incluso podríamos exagerar las consecuencias negativas de no optar por ninguna de ellas. Pero esto no corresponde a un marxista serio. Pues aunque afirmáramos que cada opción es tácticamente válida en un determinado momento, la cuestión central quedaría sin resolverse: el verdadero problema es caracterizar nuestro momento actual.
Como bien señalara Lenin en su conocido texto, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo:
Pero sería sencillamente un charlatán quien pretendiera inventar para los obreros una receta que proporcionase por adelantado soluciones adecuadas en todas las circunstancias de la vida o prometiera que en la política del proletariado revolucionario jamás surgirán dificultades ni situaciones embrolladas .

Así es. Lo primero que tiene que entender un marxista es que, a menudo, la realidad se presenta de un modo confuso, y que ninguna receta nos va a ahorrar la difícil tarea de desmenuzar dialécticamente la realidad para comprender la esencia del momento histórico, y así poder derivar las acciones tácticas más indicadas con respecto a la estrategia.
Lo segundo, es que es necesario abordar la discusión con la mayor seriedad posible. Poner calificativos exagerados a otras posiciones políticas puede provocar que una discusión alcance niveles inferiores a los de una pelea infantil. Suponer que la elección de cualquiera de las opciones que enumeramos anteriormente derivará en la derrota histórica del pueblo trabajador y en el fortalecimiento indiscutible de la clase dominante, resulta ser a menudo paranoico o un escándalo demagógico. Esto no significa que sea falsa la posibilidad de que, en ciertos momentos, elegir una acción incorrecta pueda derivar en grandes pérdidas tácticas. El punto, aquí, es subrayar que cualquier afirmación a favor o en contra del tipo de propuestas arriba señaladas, debe tener por fundamento la realidad y un análisis estratégico.
Así pues, podríamos preguntarnos: ¿Está agotada la vía electoral en México? Algunos entusiastas afirmarán categóricamente que sí, y pensarán en buenas razones para sostener su dicho. Sin embargo, es importante recordar que el mismo Lenin advertía:
¿Que el parlamentarismo ha caducado políticamente? Eso es ya otra cuestión. Si fuera cierto, la posición de los izquierdistas sería firme. Pero eso hay que demostrarlo con un análisis muy serio, y los izquierdistas ni siquiera saben abordarlo […]. […] pero se trata de no creer que lo caduco para nosotros haya caducado para la clase, para la masa […], pero al mismo tiempo, tenéis la obligación de observar con serenidad el estado verdadero de la conciencia y de la preparación precisamente de toda la clase (y no solo de su vanguardia comunista), de toda la masa trabajadora (y no sólo de sus elementos avanzados).

Entonces, podríamos preguntarnos: ¿Hasta qué punto el parlamentarismo en México ha caducado? Para responder, debemos ir más allá de nuestras consideraciones como comunistas pues, de no hacerlo, la respuesta sería muy sencilla: sí, ha caducado. Pero tenemos que considerar que aunque haya sectores del proletariado que se encuentran muy avanzados, y que comprenden la esencia de la farsa burguesa en el Estado mexicano, también hay otra parte que aún ve con buenos ojos el sistema parlamentario burgués, aunque considera que no hay buenas opciones para votar. Otros, aún más atrasados (por diversas razones), siguen confiando en que a través de este método de organización estatal pueden obtenerse beneficios. Si somos serios, no debemos desestimar ninguna de las posiciones que puedan hallarse de forma masiva en el conjunto del proletariado y del pueblo trabajador en general.
La pregunta, entonces, es: ¿Cómo fortalecer la posición más avanzada dentro del proletariado, y cómo encausar a los sectores más atrasados del mismo para alcanzar la posición de la vanguardia de clase?

Sobre el Estado y la participación electoral en México
Una vez aclarado el método, pasaremos a definir nuestra posición, teniendo como referencia la realidad concreta de nuestro país.
El Estado mexicano, desde la caída del Segundo Imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo y el decadente Partido Conservador, ha sido, formalmente, una democracia liberal. Aún durante el período porfirista había partidos políticos y se celebraban elecciones. Los mexicanos conocen las rutinas electorales desde hace 150 años por lo menos; en reiteradas coyunturas, se llega a la conclusión de que las elecciones están amañadas y que hay un sector de la población capaz de manipular el resultado de las mismas. En cada una de esas coyunturas, los demócratas liberales han salido al rescate de la esencia de la república burguesa, afirmando que dichas fallas políticas no son esenciales, sino circunstanciales, y que pueden solucionarse engrosando los marcos jurídicos, imponiendo cada vez más más reglamentaciones sobre los procesos electorales. Pero es importante tener presente que, aunque algunas veces la posición democrática apare como una alternativa progresista frente a gobiernos más reaccionarios o militaristas, como los de Porfirio Díaz y Victoriano Huerta, en otras ocasiones los liberales aparecen para imponerle freno a posibilidades más contundentes de transformación. Ese fue el papel, por ejemplo, de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, cuando en nombre de la Revolución impidieron que ésta fuera verdadera .
Lo cierto es que el Estado mexicano pasa por un periodo de desgaste profundo en su legitimidad. Y nuestro papel al respecto no es rescatar la legitimidad del Estado, sino hacer perseverar al pueblo en su reprobación en contra de los partidos políticos, y conducir esa crítica -espontánea y hasta cierto punto visceral- por el rumbo de la estrategia proletaria de la revolución .
Es decir, la estrategia comunista va dirigida de forma central a una clase, al proletariado, aún cuando se contemple la participación de otras clases o sectores explotados y oprimidos. De cualquier manera, es fundamental comprender que la estrategia, para estar completa, debe plantear distintas tareas políticas para distintos sectores del proletariado y del pueblo en general, de lo contrario, lejos de ser realmente una estrategia, sería la repetición ambigua de un principio teórico, presentado de modo simple.
Esto, tácticamente, implica que es necesario aprovechar cada circunstancia para explicar que la democracia burguesa es parcial y que su manipulación no es un fenómeno coyuntural, sino esencial. Es necesario aprovechar, en el mejor sentido, cada experiencia de organización popular y de clase para demostrar que la organización obrera, campesina, indígena, estudiantil, popular, etc., supera en muchos sentidos al tipo de participación política que nos sugiere el estado burgués. Sin embargo, también es importante tener presente algo que tanto Marx y Engels, como Lenin, señalaron: que es preferible un régimen democrático burgués, a uno monárquico, dictatorial o militar.
Ante un fenómeno profundamente reaccionario y opresivo como el fascismo o la dictadura militar, es necesario que los comunistas señalemos que las conquistas democráticas, aún en el marco liberal, son al menos un límite inferior que no debe rebasarse; son conquistas que se han obtenido con la participación del pueblo, y aunque aspiramos a más que eso, de ninguna forma aceptaremos menos que eso. Esta labor comunista fue tácticamente necesaria durante el fascismo europeo y durante las dictaduras militares en Sudamérica. Por supuesto, para Lenin y para los bolcheviques, durante la existencia de la breve y joven monarquía parlamentaria rusa de principios de siglo, fue necesario el aprovechamiento de espacios como la Duma, y era necesario abrir ese tipo de espacios en las muy limitadas y también jóvenes repúblicas europeas, las cuales en 1920, cuando Lenin escribió la obra citada anteriormente, oscilaban entre las formas monárquicas, dictatoriales y liberales.
En nuestro caso, lo que pensamos es que tenemos que conocer al pueblo trabajador mexicano, tenemos que ubicar dentro de él a los sectores más progresistas, reforzar sus conclusiones y ampliarlas, pero también tenemos que dirigirnos de forma inteligente a aquella parte del pueblo trabajador para quien aún no se agota por completo la legitimidad del sistema electoral. Debemos escuchar sus motivos, captar las razones materiales de su conciencia y apreciación subjetiva, y buscar la forma de mostrarles que no basta con las críticas superficiales, personales o partidistas. Lo que resultaría pueril y ridículo sería pensar que esa parte del pueblo trabajador es nuestra enemiga. Así mismo, debemos tomar en cuenta que la legitimidad del Estado, de la burguesía y de los órganos de dominación, no se desgasta tampoco de manera homogénea. Existen grupos para quienes la legitimidad de los partidos políticos burgueses está por los suelos, sin embargo no es así con otras instituciones aún más retrógradas y opresivas, como la Iglesia católica y el ejército, por ejemplo. También hay sectores para quienes la enemistad con la burguesía es clara, tal vez por el tipo de burguesía que les toca enfrentar, pero no es muy clara su enemistad con el Estado. Para otros puede ser al revés: su crítica hacia la burocracia es contundente, pero aceptan a los “empresarios” como parte del pueblo.
Es por eso que en la estrategia comunista resulta fundamental agrupar de manera sólida al proletariado que ubica, en primera instancia, a la burguesía como el enemigo de clase, y que cuando menos percibe algún grado de relación entre ésta y el Estado; y con dicho sector avanzado del proletariado, buscar motivar y dirigir al resto.
En nuestra opinión, por estar tan desarrollada la república liberal en México no es necesario que los comunistas centren sus fuerzas en reforzar el aparato burocrático, y sería una grave equivocación utilizar los argumentos que reconocen algún valor a la democracia liberal-burguesa para menoscabar esfuerzos organizativos que son democráticos, pero que promueven formas propias de la organización obrera, campesina y comunal. En todo caso, sí es necesario que permanezcamos atentos para recordarle a la clase dominante que no estamos dispuestos a tolerar formas de gobierno aún más reaccionarias, y para reprobar toda acción autoritaria, toda práctica oscura como son los asesinatos políticos, las desapariciones forzadas, las golpizas masivas, los arrestos injustificados, la prisión política, etc.
Así mismo, nuestra crítica a la burocracia política, los partidos burgueses y los funcionarios del gobierno, debe estar claramente diferenciada de las críticas que contra esos mismos sectores dirigen instituciones militares y clericales, o las mismas cámaras y confederaciones empresariales, quienes llegan a reprobar la ineficiencia gubernamental, la corrupción y la mediocridad, pero cuyo clamor es: más orden y mano dura.
Por ahora, urge que los comunistas recuperemos la brújula y recordemos que en nuestra estrategia hay un agente central: la clase trabajadora. Que por tanto debemos estar ocupados fundamentalmente en organizarla, en convertirnos en una vanguardia verdadera, en demostrarle que como comunistas tenemos propuestas claras, bien razonadas, firmes y acertadas. Necesitamos tener una táctica que los acerque a nuestro rumbo estratégico.
Para los trabajadores y pueblo oprimido en general, quienes ya de por sí no confían en los partidos ni en el sistema electoral, nuestra tarea es reforzar esta percepción y apoyarlos en construir estructuras bien organizadas para luchar por sus intereses inmediatos y para agruparnos como clase. Sería irrisorio que fuéramos nosotros los que los convenciéramos de volver a las urnas. Si construimos con éxito dichos referentes, este sector puede atraer a quienes votan por los partidos o a quienes incluso son militantes de base de algunos de ellos, para convencerlos de que es más importante lo que se hace todos los días que lo que se hace una vez cada tres años. Esto puede generar una fuerza que incluso a mediano plazo logre sumar a los sectores del proletariado que aún hoy en día son atrasados políticamente y están bajo la influencia ideológica de clérigos y charlatanes políticos.
Para nosotros, hoy en día, concentrarnos en los tiempos electorales, sus instituciones y su bajo nivel, es una pérdida de tiempo. En los casos en donde el pueblo ya tiene una propuesta organizativa superior y existe la posibilidad de llevarla a cabo, es válido sabotear el proceso electoral, tal como ha ocurrido en Cherán y en otras comunidades indígenas de Chiapas, Guerrero, Oaxaca y Sonora. Sin embargo, cuando la posibilidad no es tan clara, puede caerse en la lógica de acciones estériles, estratégicamente hablando. Tácticamente, hay tareas más urgentes e importantes, y éstas precisamente están relacionadas con la organización: es urgente recuperar los sindicatos de manos de los charros y traidores, es necesario reforzar luchas campesinas y comunitarias, fortalecer y estructurar de manera eficiente la organización estudiantil, elevar el nivel político de los activistas y frenar ofensivas de Estado sumamente lesivas para todos los explotados del país. Si hay alguna organización que nos diga: “Nosotros ya tenemos resuelto todo eso”, tal vez esté en posición de decir que considera necesario dar la lucha en el plano electoral, pero si no es así, sin ánimo de caer en afirmaciones personalistas, seguiremos calificando ni más ni menos que de oportunistas, a las organizaciones que abandonan las tareas fundamentales de organización, que no están ni cerca de trazar algo que pueda llamarse estrategia, y que no desaprovechan oportunidad para negociar prebendas con los candidatos a ocupar cargos gubernamentales.
En síntesis y para responder a la pregunta inicial, para nosotros el quehacer de los comunistas en tiempos electorales es el mismo que el resto del tiempo. Y si acaso vale la pena darle seguimiento a los hechos de esa expresión superficial de la política, es sólo para aprovechar cualquier situación que nos permita reforzar la organización independiente y elevar el nivel de la conciencia proletaria. En la presente coyuntura, nuestro lugar está al lado de los padres de familia de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, al lado de las comunidades que rechazan la presencia de los partidos burgueses en su territorio y anteponen sus formas de tomar decisiones y de llevar a cabo el servicio público, y al lado de la parte más combativa y progresista del pueblo trabajador. Si hemos de acercarnos a los sectores más rezagados del proletariado y de los explotados, no será acompañados de organizaciones de burócratas que, lejos de abrirnos puertas, nos someterán al riesgo de ser asociados con los hechos que han desgastado su propia legitimidad.

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