A 16 años de aquel aliento de resistencia: la huelga de la UNAM

unam39Andrés Avila Armella

Fue en la madrugada del 20 de abril de 1999 cuando el país entero se estremeció con la noticia de que la UNAM, la máxima casa de estudios, se había ido a huelga, tras un proceso en donde el Estado mexicano quiso incorporar sin muchas restricciones, el proyecto que el capital imperialista tenía para la educación superior en México. En dicho proceso, los estudiantes nos negamos a aceptar el destino que desde los salones del Banco Mundial se promovía casi como un catecismo.

Dieciséis años pueden ser muchos o pocos, dependiendo la dimensión histórica del análisis, pero a partir de ahí podemos preguntarnos que de lo pasado sigue siendo presente y qué de aquel conflicto sigue con vida.

Atendiendo al criterio dialéctico materialista, las cosas en la historia no viven sólo por vivir, sino en la medida en que existen fuerzas que las mantienen vivas, en la medida en que los principios de la lucha de clases hacen que un aspecto del interés de una clase o sector de ella, encuentre la forma de personificarse en actores concretos capaces de llevar a cabo una tarea política, es por ello que en la historia no existen victorias ni derrotas absolutas, toda victoria y toda derrota es parcial, y su duración depende de lo fortalecida que salga una clase de un conflicto determinado, o bien de qué tanta fuerza haya perdido después del mismo.

La fuerza que desde el Estado mexicano promovía el plan para privatizar la educación superior en México, pasaba por un momento de arrogancia, parecía que toda victoria estaba garantizada para el proyecto imperialista que se denominaba a sí mismo como neo liberal. Por su parte, el proletariado y los sectores cercanos al mismo, atravesaban por un momento crítico, sin mucho aliento ni esperanza, parecía que una losa pesada caía sobre cualquier posibilidad de triunfo histórico, y que aún más, cualquier posibilidad de resistir a los ajustes imperialistas, era imposible.

El surgimiento del CGH se da en medio de una crisis de la izquierda mundial y de una crisis aún más profunda de la izquierda en México, la cual pasaba por un período de cooptación muy fuerte derivado de la fundación del PRD y de su renovada clientela política. Es innegable que los movimientos estudiantiles, sindicales y campesinos, habían desarrollado en su seno una serie de hábitos promovidos desde el período post revolucionario, en donde se simulaba combatividad sólo para posicionarse ante negociaciones en donde ganaba más el Estado que los movimientos. Casi nadie podía asesorarnos, los “intelectuales de izquierda” enclavados en la Universidad, seguían enamorados del cardenismo y del partido nuevo que reclamaba para sí dicha herencia, otros dirigentes sindicales y campesinos, pensaban que un conflicto sólo podía acabar con negociaciones en lo oscurito, a espaldas de las bases. La pequeña burguesía aparentemente crítica y cercana al perredismo, siempre ha sido más ingeniosa para pensar en cómo acabar un conflicto para regresarse a su casa, que para protagonizarlo y ganarlo.

Así pues, el CGH se situó dentro de una tendencia peculiar del movimiento popular en México, la cual venía en parte de la izquierda revolucionaria que no se había dejado seducir ni por la perestroika, ni por el cardenismo, y que se mantenía como un sector resistente en algunos movimientos indígenas, sindicales, campesinos y estudiantiles. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el Sindicato Mexicano de Electricistas, la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, los ex choferes de la Ruta 100[1], y el Frente Popular Francisco Villa Independiente, se encontraban entre nuestras pocas referencias vivientes, pero aún así decidimos fortalecer a la izquierda combativa, rebelde y de carácter proletario.

El Estado mexicano pudo reunir la fuerza suficiente para reprimir al movimiento, pero no pudo reunir la fuerza suficiente para derrotarlo, mientras que el CGH, logró reunir la fuerza suficiente para lograr detener el ritmo acelerado de la privatización de la educación superior en México, pero no logró tampoco revertir el proceso ni evitar la represión.

Hoy podemos decir que el Estado mexicano ha aprendido algo, y ha cambiado algunos métodos para lograr el mismo fin, pero las fuerzas que lo alentaron a intentarlo siguen vivas y siguen pensando que la UNAM y que la educación superior, deben ser dirigidos directamente por los estrategas empresariales, sólo están esperando un mejor momento para actuar, y trabajan por construir las condiciones necesarias para salirse con la suya.

En estos 16 años, el Estado mexicano ha combatido y cercado a esa izquierda revolucionaria e independiente, sobre todo ha sido el caso del SME y de la FECSM, quien recibió el duro golpe de Ayotzinapa en septiembre pasado, pero la fuerza que alentó al CGH sigue viva y creciendo. Nuestro movimiento fue producto de la contradicción entre nuestros intereses como estudiantes de origen proletario y los de la burguesía en México, pero también del agotamiento de los supuestos métodos “ciudadanos” alentados por los liberales de izquierda, quienes siguen confiando en el sistema de partidos y en la democracia burguesa. Ahora sabemos que no somos los únicos, que la forma en que veíamos las cosas era la forma en la que cada vez más sectores de los explotados en México verían a nuestro decadente sistema político. Otros movimientos han llegado a la misma conclusión que nosotros y nuestra fuerza sigue viva, ha crecido y crecerá más.

Cuando han pasado 16 años y hablar del CGH sigue siendo difícil para los medios de comunicación hegemónicos, para la pequeña burguesía liberal y para quienes quieren escribir la historia desde el poder, es porque aún nos temen, aún somos un referente de un aliento, de un rumbo que muchos hemos seguido desde entonces. Los huelguistas de la UNAM, a diferencia de otros movimientos, no acabamos en las cámaras locales o nacionales, no acabamos en programas de radio o televisión de los grandes monopolios, los que de verdad luchamos en esa trinchera, no estamos haciendo películas sino escribiendo nuevas historias, en la realidad y no en la ficción, estamos del lado de la combatividad y la dignidad que hoy tienen su máxima representación en los padres de familia y estudiantes de Ayotzinapa. Nuestra historia se seguirá escribiendo y algún día podremos decir y escribir más, junto con aquellos de los cuales formamos parte, y que por ahora estamos concentrados en acabar con la opresión y trazar una ruta hacia la verdadera libertad, hacia la construcción de un futuro en donde nuestras conquistas no estén amenazadas sino en construcción colectiva.

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