¿Qué sigue en la lucha por la presentación con vida de los normalistas?

© César Martínez López

Andrés Avila Armella[1]

Se ha cumplido ya un mes de la masacre de Iguala, en donde el Estado mexicano asesinó a 6 personas, entre ellos tres estudiantes normalistas, y provocó la desaparición forzada de 43 más. Ha sido un mes de intensas movilizaciones encabezadas por aquellos a quienes el Estado mexicano lleva décadas tratando de exterminar, los normalistas rurales; se ha encendido la llama del movimiento estudiantil y se ha sensibilizado y solidarizado buena parte del pueblo de México, exigiendo aparición con vida y castigo a los culpables.

Al principio, las reacciones fueron, por decir lo menos, tímidas. No fue sino hasta el 8 de octubre, 12 días después de la masacre, cuando se realizó una movilización nacional para repudiar el hecho. La primer semana, fueron muy pocos quienes se pronunciaron al respecto, sólo lo hicieron las organizaciones revolucionarias, o bien organizaciones sociales, sindicales y estudiantiles que claramente asumen una posición de izquierda. Ahora, se ha logrado que el clamor sea generalizado y que la movilización se extienda principalmente entre el gremio estudiantil; se han pronunciado artistas, futbolistas y distintas personalidades públicas, y el pasado 22 de octubre se realizó una gran movilización nacional e internacional que hizo resonar las voces de millones de personas[2]. Aunado a esto, el 22 y 23 de octubre se realizó el paro estudiantil más grande de la historia de México[3].

Hasta ahora, el resultado político para el Estado mexicano está apenas contando. La represión a los normalistas ha representado algún costo político: está prófugo el alcalde de Iguala, ha renunciado el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, y se ha mostrado con todo evidencia que entre PRI-PAN y PRD hay más complicidades que diferencias[4]. Sin embargo, el movimiento no ha triunfado: no está preso ni Abarca, ni Aguirre, ni Peña Nieto, y tampoco han aparecido ninguno de los 43 desaparecidos. En esta coyuntura, tanto el Estado mexicano, quien sin duda conoce el paradero de esos jóvenes estudiantes, como el movimiento social que exige aparición y justicia, nos preguntamos: ¿Qué más puede hacerse? Para responderlo, tenemos que cuestionarnos cómo llegamos hasta aquí, y que fuerzas sociales pueden desatorar un aparente empate de la coyuntura.

El México del siglo XXI y la decadencia del Estado burgués

Cuando en el mundo la burguesía ascendía al poder, se colocaba como una clase moralmente superior respecto de la nobleza feudal decadente, cuyos escándalos eran inocultables y cuya legitimidad política se resquebrajaba. En México, la tradición liberal encabezada por Juárez y Melchor Ocampo, exhibió la decadencia del sistema novohispano y ridiculizaban a los conservadores, quienes se vanagloriaban de sus formas de hacer las cosas. Lo mismo ocurrió con el “nacionalismo revolucionario”, que exhibía los excesos represivos porfiristas, así como su política antiobrera y anticampesina. Sin embargo, tal como lo decían Marx y Engels en 1847, la burguesía ya no tiene nada nuevo que ofrecer a los pueblos del mundo. La ambición que los llevó a derrocar el fanatismo y el atraso feudal, ahora es la ambición que los lleva a rebasar a otras clases dominantes del pasado en cuanto a su capacidad destructiva y degenerativa de la sociedad se refiere. La burocracia política mexicana, al servicio de la burguesía imperialista, tampoco tiene nada más que ofrecer, su tiempo histórico está agotado, son un grupo de arribistas y corsarios que carecen de congruencia política, ni de izquierda ni de derecha. Todos están mimetizados en el color del dólar. Ser político en México significa una oportunidad para enriquecerse a través de manejos discrecionales de la información pública, mediante la venta de información a empresas imperialistas, por participar en negocios ilegales o simplemente por robar vulgarmente el dinero del erario público. La burguesía en México es profundamente reaccionaria, y ha creado una burocracia política también reaccionaria, aderezada de corrupción.

No existe, en la burocracia política mexicana, un solo grupo que resulte ni medianamente confiable, ni siquiera por la propia burguesía. El Estado mexicano gobierna con más complicidades que legitimidad, ha sido un Estado capaz de hacer de la corrupción una conducta generalizada que encuentra cómplices hasta en los estratos más pobres de la sociedad mexicana. Cuenta con la complicidad de líderes sindicales, campesinos, indígenas y estudiantiles corruptos, quienes cobran una tajada minoritaria por los grandes robos, pero que al ser cómplices, transmiten en la conciencia de sus representados la noción de normalidad en las formas de ajustar las cuentas entre delincuentes.

En México, decir que hubo un asesinato no es noticia; tampoco sorprende el descubrimiento de algún nuevo escándalo de corrupción; no es noticia relevante que haya alguien injustamente preso, que exista una red de tráfico sexual en la oficina de un partido político o que un secretario de Estado haya desviado fondos de alguna obra pública. Para que en México algo llegue a ser noticia, los muertos tienen que contarse por decenas, y además tuvieron que haber sido ejecutados de una forma trágicamente original. La sociedad mexicana ha sido acostumbrada, casi vacunada, ante los hechos de sangre y corrupción. Ver pasar una caravana de vehículos militares con hombres encapuchados es normal, ver camionetas lujosas con hombres armados sin identificación, es normal, que se escuchen disparos es normal, y nadie se altera más de la cuenta.

Del mismo modo, el Estado mexicano y la burocracia política están tan desgastados en su legitimidad, que la mayoría no duda que el presidente municipal de su localidad sea corrupto, todos están seguros de ello; nadie duda que las grandes mafias de contrabandistas influyan en las elecciones, es tan evidente que ni pruebas hacen falta, y cuando estas aparecen, más que generar indignación, generan motivos para la comedia.

Entonces, muchos se preguntarán: ¿Por qué el pueblo mexicano no se rebela contra un Estado con tan poca legitimidad? Lenin, cuando explicaba que la aparición de una situación revolucionaria se presenta cuando los que oprimen no pueden seguirlo haciendo de la misma forma que lo hacáin antes, y los de abajo no están dispuestos a soportarlo más (Lenin, 1915), advertía, al mismo tiempo, que esta conjunción de elementos no es suficiente para el estallamiento de una revolución, pues:

La revolución no surge de toda situación revolucionaria, sino sólo de una situación en la que a los cambios objetivos antes enumerados viene a sumarse un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria para llevar a cabo acciones revolucionarias de masas lo bastante fuerte como para destruir o quebrantar al viejo gobierno, que jamás caerá, ni siquiera en las épocas de crisis, si no se le hace caer.[5]

Me parece que en este caso, la respuesta a la pregunta de por qué el pueblo mexicano no se rebela de forma contundente, es tan simple como profunda: porque no sabe cómo, porque no tiene algo con qué empezar, porque en ese mar de caos, saqueo, explotación y corrupción, reírnos de nuestra desgracia parece ser la única opción, a pesar de que cada día sea más difícil reír. Como decía anteriormente, el Estado mexicano ha sabido controlar los brotes de rebeldía, combinando exitosamente la cooptación con la represión. Probablemente la Revolución está en la idea de muchos trabajadores y campesinos en México, pero no visualiza los medios inmediatos para comenzarla.

Por ejemplo, podríamos preguntarnos: ¿Por qué han sido los normalistas rurales quienes se han destacado en los últimos años como el sector más combativo de los explotados en México? Ellos sólo hacen lo que pueden; con recursos muy limitados han enfrentado iniciativas de Estado al costo de exponer sus vidas para mantener sus escuelas en funcionamiento. El problema es que la capacidad de acción del movimiento obrero está por los suelos, el movimiento campesino no ha logrado superar el atraso propio de su aislamiento y desesperación, el movimiento estudiantil es oscilante y voluble. El pueblo de México está molesto y ansía transformaciones profundas, pero está mal organizado y sus organizaciones son fácilmente penetrables por el Estado, quien logra dividir los mejores esfuerzos y obtener información para corromper y reprimir dirigentes.

En esa conjunción, el proceso que llevó a la conformación y rápida degeneración del PRD, lejos de alentar al pueblo de México a atreverse a cambiar y a luchar, lo ha deprimido políticamente. Ha sido vergonzosa la forma en que el movimiento que se convirtió en partido en medio de un clamor popular en 1988, renunció tan rápido a la intención de reformar al Estado mexicano y se aprestó tan pronta y descaradamente a formar parte de la podredumbre que lo caracteriza. El PRD impidió el avance de la organización popular en aquel año de su fundación, y después sólo se dedicó a reprimirla y desalentarla. Por ello no es rara la forma en que Cuauhtémoc Cárdenas se despide de su carrera política, homenajeado por el gobierno y apedreado por el pueblo.

¿Qué puede decir el perredismo actual para disculparse por lo hecho por Aguirre y Abarca? Nada, no hay ni un pretexto, porque como Aguirre han habido más gobernadores perredistas coludidos con la represión y el contrabando, y como Abarca hay cientos de presidentes municipales apadrinados por el PRD a sabiendas de sus negocios ilegales. El hecho es que simplemente así deciden sus postulaciones y candidaturas, con dólares en la mesa; así permitieron que su emblema y su bandera hondeara siempre con sangre y lodo. Esto por supuesto no lo escribo a favor del PRI ni del PAN, quienes se encuentran en la misma situación. Es sólo que la izquierda en México viene cargando desde hace 26 años con el chantaje de que denunciar las acciones represivas, corruptas o simplemente reaccionarias del PRD, nos convertiría en aliados fácticos de los otros partidos quienes “son peores”. Hoy, seguir solapando con nuestra discreción o silencio a un partido que alberga narcotraficantes y asesinos, es inaceptable.

Por su parte dentro del movimiento popular, a las organizaciones políticas con perfil revolucionario, quienes tienen cuadros con formación más completa, les falta dar un salto de madurez y consolidar ciertos procesos para estar en la posibilidad real de dirigir en la lucha a un pueblo de 112 millones de personas, donde la mayoría vive del trabajo asalariado con tasas de explotación cada vez más altas, y en el que el campo está perdiendo cada día más su capacidad de mantener la vida campesina que en algún momento ocupaba a las mayorías nacionales (hoy una familia campesina se ve más atraída por la idea de huir del país que por la posibilidad de transformarlo).

La coyuntura para el gobierno mexicano

Hoy, el gobierno mexicano, quien sin duda sabe del paradero de los 43 normalistas desaparecidos, se debate entre revelar esta verdad o apostar a que la tempestad está por pasar, y que este asunto quedará archivado en la memoria colectiva como un pendiente misterioso más, una de esas cosas en las que todo mundo sabe que pasó, pero nadie puede probarlo.[6]

Es evidente que cuando los operadores del aparato represivo de Estado decidieron usar un brazo paramilitar para reprimir de manera ejemplar a su dolor de cabeza más constante, y hacerlo de forma tan brutal, calcularon que la reacción popular sería débil y administrable, que seguramente se librarían de un problema mayor al que causarían con dicha acción.

En estos momentos, dichos operadores de Estado deben estar debatiendo dicho saldo. Tal vez algunos estén preocupados por la posibilidad de que la reacción popular se salga de control, mientras otros siguen confiados en que la tempestad está por pasar y pronto todo volverá a la normalidad. Algunos dirán “se nos pasó la mano, el pueblo está enojado”, mientras otros dirán: “No tanto, son volubles y el enojo se les pasará, y ahora tenemos a los normalistas tan asustados como queríamos”.

Debido al cinismo que caracteriza a la burocracia política mexicana, sacrificar la honorabilidad de un presidente municipal y un gobernador poco cambia la percepción general sobre el tipo de gobernantes que tenemos en México. Es cierto que no son medidas que el Estado tome con alegría, pues sí los desgasta, pero a estas alturas es un costo pagable. De cualquier manera, la burguesía que realmente gobierna al país siempre ha visto con desprecio y sin respeto a estos corsarios desechables a quienes les da la oportunidad de tener algunos años al frente de puestos gubernamentales.

Por ahora, el Estado mexicano contiene un momento la respiración, sabe que el golpe que ha dado es brutal, pero no quiere equivocarse, quiere seguir sosteniendo la teoría de que fue un error, algo ajeno al mismo y ha sido mesurado en su respuesta a las manifestaciones. ¿Cuánto puede mantenerse en esa posición? Eso depende del movimiento popular.

El movimiento por la aparición de los normalistas desaparecidos

A diferencia de otras coyunturas recientes en México, en las que la respuesta inicial al acto represivo es grande y poco a poco se va reduciendo,[7] con el caso de Ayotzinapa ha sido al revés. Al principio, la respuesta del movimiento popular fue escasa y algo tímida, sólo las organizaciones con una definición política más acabada respondieron. Pero el trabajo ha rendido frutos y se ha logrado sensibilizar a una buena parte del pueblo mexicano al respecto de la importancia de reprobar la desaparición forzada y el homicidio político.

En medio de tanto corporativismo, sólo los estudiantes han podido ofrecer una respuesta masiva, esta vez liderados por su ala más combativa, los estudiantes campesinos socialistas de las Normales Rurales. El pasado 22 y 23 de octubre se realizó el paro estudiantil más grande en la historia de México. Nunca antes, ni siquiera en 1968 o en 1999, tantos estudiantes de tantas escuelas, en tantas partes del país, confluyeron en una jornada de lucha que contempló paros, movilizaciones y diversas formas de manifestación. Las movilizaciones han contado con el respaldo y simpatía de gran parte del pueblo, pero aún es incierto el rumbo y las condiciones que pueden propiciar que este movimiento crezca y consiga el objetivo principal: la presentación de los desaparecidos y el castigo a los culpables, o bien, convencer al Estado mexicano que obtendrá más pérdidas que beneficios si vuelve a recurrir a este tipo de tácticas represivas.

En dicho movimiento se ha destacado también la participación de sectores afines al perfil socio-clasista de los jóvenes de Ayotzinapa, sobre todo en el Estado de Guerrero, donde la participación de campesinos, policías comunitarios y maestros democráticos ha sido más notoria. En este caso, sobre todo por parte de los padres de familia de los jóvenes desaparecidos, es clara y evidente la desesperación. La paciencia no resulta muy compatible con la urgencia de conocer el paradero de sus hijos. Aquí es donde el Estado mexicano se está arriesgando más a provocar una ruptura significativa de la paciencia popular, que en Guerrero particularmente puede encontrar eco en un sinnúmero de frentes y organizaciones que tienen larga trayectoria de lucha.

Así pues, el problema para el movimiento popular es en estos momentos el hecho de que ha alcanzado niveles insospechados hace algunos meses, pero que sin embargo ha sido insuficiente y no es tan sencillo superar lo hecho hasta ahora.

En este encuentro de fuerzas entre el Estado mexicano y el movimiento que exige la presentación con vida de los 43 desaparecidos, la moneda está en el aire. Tomar la iniciativa puede parecer arriesgado para cada una de las partes, pero en estos momentos la lucha es irrenunciable. Hemos llegado a un punto en el que la inmovilidad también nos está matando, aún en el supuesto de que no queramos que se derrame más sangre ni que escale la represión. Lo que tenemos que preguntarnos es: ¿Qué más podemos hacer? ¿Qué sigue entonces? ¿En qué momento la paciencia se convierte en cobardía? Y por tanto: ¿En qué momento es pertinente tomar más riesgos para no morir por no tomarlos? Esta lucha no puede parar ahora.

__________

[1] Miembro del Buró Político del Partido Comunista de México (PCdeM), www.partidocomunistademexico.org . También es Dr. En Estudios Latinoamericanos y Sociólogo por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde labora como docente.

[2]Según fuentes periodísticas, en México se realizaron por lo menos 18 manifestaciones en distintas ciudades http://www.jornada.unam.mx/2014/10/23/politica/008n2pol

[3] Aún cuando los movimientos estudiantiles de 1968 y 1999 han durado más que el presente, no se logró parar en ninguno de los dos casos, tantas escuelas universitarias en tantos lugares distintos del país.

[4] También están incluídos en esta caracterización partidos como Morena, PT, PANAL y Movimiento Ciudadano, es sólo porque su relevancia es menor en la vida burocrática nacional que no los incluyo en el texto.

[5] Lenin V.I. 1915. La Bancarrota de la II Internacional.

[6] En México sobran ejemplos de esto: La masacre del 68, la del 71, la guerra sucia, la masacre de Acteal, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, la extinción de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, la represión del 3 y 4 de mayo del 2006 en San Salvador Atenco, entre otros sucesos.

[7] Así ocurrió en el fraude electoral de 2006, también con la represión en Atenco ese mismo año, y cuando se despidió masivamente a los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas.

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