Es la hora de caminar por la senda del Manifiesto…

portadamanifiestowebTexto leído el 28 de agosto, durante la segunda presentación del Manifiesto del Partido Comunista, en la edición preparada por el PCdeM como parte de la colección de la Biblioteca Básica del Militante.

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El pasado 28 de agosto pasado, se realizó la segunda presentación de nuestra edición del Manifiesto del Partido Comunista. Con anterioridad había sido presentada ante un auditorio conformado mayoritariamente por trabajadores, en el marco de la conmemoración del 1 de Mayo. En esta nueva ocasión, el evento contó con un auditorio formado por jóvenes, sindicalistas, miembros de organizaciones fraternas y trabajadores en general, algunos de los cuales se animaron a tomar la palabra para expresar sus puntos de vista sobre nuestra iniciativa editorial. A continuación, compartimos el texto leído en la presentación a nombre del Partido Comunista de México (PCdeM).

A nuestro esfuerzo de propaganda, que incluye nuestro periódico 30-30 y una serie de folletos iniciada con Arañas y Moscas, sumamos ahora la colección Biblioteca Básica del Militante, que arranca con el Manifiesto del Partido Comunista y tiene en línea de espera la publicación de libros como Marx y los sindicatos, El estado y la revolución, entre otros. La idea de la Biblioteca es poner en circulación textos clásicos del marxismo-leninismo, hoy difíciles de encontrar o no disponibles en formatos adecuados para quienes los consideramos guías invaluables para la acción política revolucionaria.

Como siempre sucede en estos casos, la elección de estos «básicos» generó una cierta discusión. Lo resolvimos no sólo tomando el valor intrínseco de cada texto, sino también su pertinencia o urgencia para el momento por el que atravesamos y las tareas que nos hemos propuesto realizar en el Partido Comunista de México. Por ejemplo, seleccionamos el libro de Losovsky ya mencionado –Marx y los sindicatos– por encima de otros más conocidos, precisamente porque calibramos que, en la situación mexicana actual, es imprescindible la construcción de un movimiento obrero y sindical clasista, de base, combativo e independiente. Y en esta dirección el texto de Losovsky presta un valioso servicio de clarificación.

De cualquier manera, arrancar con el Manifiesto del Partido Comunista estuvo fuera de discusión. Se trata del acta constitutiva o la primera declaración de intenciones de los comunistas a nivel mundial. Pero además, se trata de un libro de una actualidad reconocida hasta por sus detractores. Es sabido, por ejemplo, que cada vez que reaparece la crisis en el escenario mundial, los círculos financieros recurren al Manifiesto y se publican comentarios elogiosos por la capacidad de Marx y Engels para comprender sintéticamente la dinámica del desarrollo capitalista, demostrada en el capítulo I, «Burgueses y proletarios».

Por tanto, a despecho de las modas intelectuales que circulan profusamente en algunos ámbitos académicos, nosotros damos por descontada la pertinencia del Manifiesto. Pensamos que «su vigencia se mantiene intacta en términos generales», como lo decimos en la breve introducción que acompaña a nuestra edición.[1]

En todo caso, es necesario precisar de qué manera entendemos esto. En primer lugar, significa que no desconocemos las carencias del texto, pero consideramos que no minan el planteamiento fundamental de Marx y Engels. Los marxistas somos los que más conocemos estas deficiencias. Ya Engels reconocía y llamaba la atención sobre algunas de estas insuficiencias, que decidió resolver con algunas citas al pie de página, incorporadas en las sucesivas ediciones. Estas faltas provienen, sobre todo, del carácter inacabado de los conocimientos de Marx y Engels en algunas materias, destacadamente en economía política, que habían comenzado a estudiar apenas en 1844, por lo que carecían de esas herramientas de precisión que son las categorías de El capital.

Pero nosotros somos de la opinión que, cualquiera que sea el origen y la naturaleza de estas carencias, el texto se mantiene en pie hasta hoy. Presenta un cuadro exacto de la dinámica capitalista, del comportamiento esperado de las clases sociales fundamentales de la sociedad moderna, de la guerra civil que se desarrolla en el seno de la sociedad actual, de la conciencia que cada clase se hace de su situación, del lugar que los comunistas ocupan en la confrontación y del carácter específico de su programa, entre otras cosas.

Sobre todo pensando en la «concisa caracterización del capitalismo» contenida en el Manifiesto, Eric Hobsbawm retaba en 1998 a presentar un texto de la década de los años cuarenta del siglo XIX que tuviera la misma actualidad.[2] Parece que aún no ha salido algún contrincante.

Sin embargo, nosotros no reivindicamos la validez para una u otra parte del Manifiesto tomadas por separado, sino para el conjunto de la obra, considerada como un todo orgánico, imposible de ser fragmentada sin menoscabo. Esto a contrapelo de interpretaciones que lo consideran vigente parcialmente. Hay quienes piensan que algunos de los capítulos mantienen su actualidad pero otros no; están aquellos que creen que es válido su contenido teórico, pero no las prescripciones/predicciones políticas del texto, con lo que reconocen la valía del cuadro del capitalismo pintado en el capítulo I, pero lo extirpan del conjunto de la obra; por el contrario, otros defienden la vigencia del contenido ético del Manifiesto como un llamado a la rebelión de los oprimidos, pero piensan que su valor teórico ha fenecido en su mayor parte.

A diferencia de estas evaluaciones parciales, nosotros apelamos a la comprensión integral del Manifiesto del Partido Comunista. En ese sentido, consideramos que no es posible desvincular el análisis del modo de producción capitalista de la voluntad revolucionaria que anima a sus autores. Es, precisamente, la idea de que la sociedad burguesa es perecedera y será necesariamente reemplazada por otra de carácter superior, socialista-comunista, lo que les permite captar los secretos del modo de producción capitalista. No es posible, por tanto, desvincular el carácter estrictamente científico de este libro, de su espíritu revolucionario. Por eso llamamos a situarlo a la zaga de una trayectoria intelectual que ya en 1843 afirmaba que «la fuerza propulsora de la historia no es la crítica sino la revolución» y que lo importante no es tanto «la conciencia exacta de lo que existe» como el derrocamiento de lo existente.[3]

Estamos en contra, por tanto, de interpretaciones que reivindican la vigencia del Manifiesto para una de sus partes y nos administran marxismo sin teoría de la revolución, sin teoría del estado o sin teoría del partido, a la manera en que pretenden que tomemos café sin cafeína, para que podamos tomar todo el que queramos sin las consabidas consecuencias.

En esa dirección, consideramos vigentes algunas partes del Manifiesto generalmente denostadas.

En primer lugar, aquella relativa a la naturaleza revolucionaria de la clase proletaria. Eric Hobsbawm consideró una fracasada previsión, digna de ser desechada, lo escrito por Marx y Engels al respecto.[4] ¡Y es en verdad sorprendente que este acucioso historiador no encuentre cumplido este pronóstico cuando el siglo XX es precisamente el de las revoluciones proletarias, el del ataque directo del socialismo al capitalismo!

Lo que sucede es que la labor de zapa del proletariado resultó más difícil de lo esperado y se topó con el muro del mercado, incapaz de ser desmontado con la misma facilidad con que se realiza la expropiación de la gran propiedad capitalista, por tratarse de un «hábito» y «prejuicio» profundamente arraigado en la sociedad moderna, que recrea las fuerzas capaces de obligar a la restauración del capitalismo. En todo caso, el proletariado no traicionó su carácter esencialmente revolucionario. Lo que sucedió es que faltaron fuerzas para ejecutar una labor de enormes dimensiones históricas y fue derrotado temporalmente en su intento por superar la civilización del capital. Cabe, por tanto, retomar la labor con mayor empeño y audacia, como Lenin lo sugería ante la derrota de la revolución de 1905 y Marx ante la caída de la Comuna de París, en lugar de arrepentirse del intento y acusar al proletariado de no ajustarse a la naturaleza que Marx le atribuyó.

Además de considerar actual la percepción del papel histórico del proletariado como «sepulturero del capitalismo», consideramos actual y de gran utilidad la disección que Marx y Engels hacen, en el capítulo III, de la literatura socialista y comunista de su época. Por supuesto, algunos de los protagonistas en este deslinde de campos que se hace en el capítulo III han pasado definitivamente a la historia. Nadie se acuerda ni está obligado a acordarse de Karl Grun y sólo algunos meticulosos especialistas pueden decir algo sobre Proudhon, Owen o Cabet.

Pero dada la persistencia de las clases sociales de las que se derivan las ideologías formuladas por estos autores, cada tanto experimentamos reediciones de sus propuestas.

Seguramente, entre los presentes, hay quien conozca a una persona o grupo que critique al capitalismo desde el pasado, proponiendo el restablecimiento «de la sociedad antigua», notablemente embellecida y expurgada de su lado malo.[5] Es probable también que haya entre el público quien conozca a alguien que en lugar de defender los intereses de una clase social en específico o de estar resueltamente del lado del proletariado, pretenda estar en favor del «hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase social ni a ninguna realidad y que no existe sino más que en el cielo brumoso de la fantasía filosófica», «declarando su imparcial elevación por encima de todas las luchas de clases».[6]

Más comunes en nuestros días son quienes persisten en la idea de «remediar los males sociales con el fin de consolidar la sociedad burguesa», es decir, «los economistas, los filántropos, los humanitarios, los que pretenden mejorar la suerte de las clases trabajadoras, los organizadores de la beneficencia, los protectores de animales, los fundadores de las sociedades de templanza, los reformadores domésticos de toda laya», que quieren conservar la sociedad actual y únicamente eliminar su lado malo, sus aristas más filosas, sus contradicciones más alarmantes, llamando a los obreros a apartarse de todo movimiento revolucionario que pretenda abolir las relaciones de producción burguesas, en aras de un movimiento «únicamente de reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesa», que no afecten «las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado».[7]

Igualmente comunes en nuestros días son quienes proponen «en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, una organización de la sociedad inventada por ellos», ejecutada por medios pacíficos y «valiéndose de la fuerza del ejemplo, por medio de pequeños experimentos, que, naturalmente, fracasan siempre», que no son sino «falansterios aislados», pequeñas Icarias en medio del mar tempestuoso del capitalismo, o ediciones fantásticas de la nueva Jerusalén, rodeadas de murallas para contener a los elementos disolventes de la comunidad ideal.[8]

Como podemos ver, esos compañeros de viaje del socialismo proletario no son tan nuevos como sus imitadores contemporáneos suponen. Ya Marx y Engels se vieron obligados a contrarrestar su influencia en el seno del movimiento obrero, identificar su adscripción de clase y explicarlos como parte consustancial en el desarrollo de una conciencia proletaria más definida, que culmina en la creación de un partido proletario propio, distinto a todos los demás partidos existentes, con un programa histórico y una ideología también propios.

De modo que, en la tarea de descartar las salidas equivocadas que se nos presentan siempre como más fáciles y novedosas, el Manifiesto del Partido Comunista también nos ayuda hoy en día. Y eso nos permite pensar que el capítulo III, generalmente considerado caduco, mantiene una actualidad destacada.

Y llegados a este punto, queremos decir que la mayor pertinencia del Manifiesto, en el tiempo que nos tocó vivir, se relaciona con la tarea que nos indica como la más acertada: la organización del proletariado en clase. No es la salida más fácil pero sí la única de eficacia comprobada en la historia: en todo tiempo y en todo lugar, a la ambición del capital sólo le ha puesto fin el proletariado que toma conciencia de su misión histórica, se conforma en clase, se organiza en un partido propio y conquista el poder político.

Nosotros pensamos, correlativamente, que la ausencia de un proletariado organizado en esa dirección es un elemento explicativo de la difícil situación por la que atravesamos. (Por cierto, quienes desarmaron al proletariado liquidando sus organizaciones de clase, deben asumir parte de la responsabilidad de esta situación caracterizada por la ausencia de competidor en la lucha por el poder, por el hecho de que la burguesía hace y deshace ante la falta de una alternativa histórica organizada que le dispute seriamente la conducción del país).

Dado este desarme del proletariado que le condujo a su ausencia en el escenario político mexicano, hemos asistido inermes a la reestructuración del capital. Los resultados son desastrosos para todos los trabajadores, campesinos y sectores populares en general. En esta tarde, las cifras para documentar esta afirmación sobran. Sólo hay que observar con más cuidado las calles para ver, a flor de piel, el alarmante incremento de la pobreza, la depredación feroz de la fuerza de trabajo, extenuada al límite, el retroceso en los servicios públicos y la seguridad social, el desempleo y la informalidad galopantes, etc.

Estamos como Brasil frente a Alemania en el pasado mundial de futbol: nos están propinando la goliza de nuestra vida y no hemos alcanzado todavía a responder adecuadamente, azorados frente al avance del enemigo. Incluso, el tiempo se nos acaba. La reestructuración en marcha apunta a una sociedad donde predominen exclusivamente los intereses del capital, sin trabajo organizado y en medio de una destrucción en el campo de alcances civilizatorios, que es una trayectoria más difícil de revertir conforme pasa el tiempo.

Por todo eso, en el Partido Comunista de México pensamos que es la hora de caminar por la senda trazada en el Manifiesto y dirigir todo nuestro esfuerzo a lograr la cabal organización del proletariado en clase, reconstruyendo todas sus instancias organizativas, desde las orientadas a la lucha gremial hasta aquellas de carácter político orientadas a la consecución del poder. Es la medida más certera para poner fin a la situación que hoy vivimos. Es la hora del Manifiesto. Y hoy como ayer, por las vueltas que da la vida, en este empeño los proletarios no tienen nada que perder más que sus cadenas. Y tienen, en cambio, un mundo que ganar.

Nosotros hemos querido poner nuestro modesto granito de arena en esta tarea, realizando esta nueva edición del Manifiesto, para lo cual debimos destinar parte de nuestro tiempo dedicado generalmente a las labores sindicales o políticas propias de nuestra militancia comunista. Con este fin, transcribimos la edición de 1980 realizada por la edición Progreso de Moscú, por considerar que es la que mejor conserva el espíritu revolucionario de la obra. Incluimos las notas de Engels y las realizadas por la mencionada editorial, a las que agregamos algunas más por cuenta propia, orientadas a un mayor esclarecimiento del texto.

Este es nuestro granito de arena. Invitamos a todos a poner el propio, comenzando por leer o releer, según sea el caso, el Manifiesto del Partido Comunista, redactado por Marx y Engels en 1848. Encontrarán una invaluable guía para la acción, de gran ayuda en la situación de urgencia histórica por la que atravesamos.

 

NOTAS

[1] Karl Marx y Federico Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Ed. Partido Comunista de México (PCdeM), Biblioteca Básica del Militante, México, 2014, p. 5. Disponible en www.partidocomunistademexico.org

[2] Eric Hobsbawm, «Introducción al Manifiesto Comunista», en Karl Marx y Federico Engels, Manifiesto Comunista, Ed. Crítica, Barcelona, p. 23.

[3] Karl Marx, La ideología alemana, Ediciones de Cultura Popular, México, 1977, p. 40, 46.

[4] Eric Hobsbawm, Op. Cit., pp. 23 y ss.

[5] Marx y Engels se refieren, en este caso, al socialismo reaccionario feudal y pequeñoburgués. Marx y Engels, Op. Cit., pp. 39, 42 y 43.

[6] Los autores del Manifiesto aluden al socialismo alemán o socialismo «verdadero». Ibid., pp. 44, 46.

[7] Son los representantes del socialismo conservador o burgués. Ibid., pp. 47, 48.

[8] Se trata del socialismo y el comunismo crítico utópico. Ibid., pp. 49, 50, 51.

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