La Comuna de París, el primer gobierno de los trabajadores: a 143 años

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“Las primeras que se lanzaron fueron las mujeres, lo mismo que en las jornadas de la Revolución. Las del 18 de marzo, curtidas por el sitio -les había correspondido doble ración de miseria-, no esperaron a sus hombres.”[i]

Ernesto Armada

Este 18 de marzo se cumplieron 76 años de la expropiación petrolera en México. En esta misma fecha pero de hace 143 años, en el lejano París, se levantó el primer gobierno proletario de la humanidad, conocido como la Comuna de París.

Corría el año de 1871 y Francia encontraba el fin del imperio de Luis Bonaparte (el mismo que apoyó a Maximiliano y los conservadores en su aventura mexicana), tras enfrentar a Prusia en la llamada guerra franco-prusiana.

Casi 100 años de lucha de clases habían puesto de cabeza una y otra vez a Francia entre república burguesa, imperios y restauraciones. El proletariado francés había abrevado de la escuela revolucionaria y aprendido en carne viva quiénes eran sus amigos y sus enemigos, a veces con crueles resultados; participaba políticamente con organizaciones propias y varias publicaciones que enriquecían la discusión con respecto a la política y su participación en la escena pública.

Imaginen la situación. Cuando Prusia vence a Napoleón III, el hueco en el poder en Francia es enorme. Los oportunistas de aquel entonces trepan rápidamente al poder con el pretexto de defender a la patria francesa dirigiendo desde Versalles, pero es la Guardia Nacional, formada principalmente por el proletariado parisino, quien saca la casta y logra defenderse de los invasores prusianos.

El politizado pueblo parisino ve como el poder dimana en su forma más pura y tras defender efectivamente la legendaria París, se rehúsa a hacer caso a quienes además de perder cobardemente la guerra, les quieren seguir dictando qué hacer con su vida.

Se aclaran los bandos: por un lado los que están en Versalles, que apoyaron o dejaron hacer a Napoleón III y que fundan su poder en su riqueza; y por el otro, los que nada tenían más que su fuerza de trabajo para vender y ahora, por las circunstancias, las armas y la conciencia de que tenían el poder y lo ejercían sobre sí mismos, sobre París.

En Versalles, los perdedores de la guerra se asustan ante un gobierno del proletariado y durante la madrugada del 18 de marzo intentan dar el golpe al pueblo parisino para tomar la ciudad, desarmarlos y hacerlos sumisos ante el villano Thiers.

Eso sólo aceleró las cosas.

El pueblo estaba armado, ellos mismos y no Versalles habían comprado y fundido cañones para la defensa de París. El ejército ya no es necesario, serán ellos los que se defiendan por propia mano. Hasta el vencedor ejército prusiano les respeta.

Versalles representa a la burguesía que pretende desarmar a París y obliga a los parisinos a iniciar uno de los momentos más gloriosos para la historia de la humanidad, ese 18 de marzo de 1871. En la sede del gobierno parisino ondeará la bandera roja por primera vez en la historia.

Duró poco más de dos meses, pero valen por muchos años de experiencia. El gobierno de la Comuna de París, mediante representantes elegidos directamente por los trabajadores, que podían ser removidos en cualquier momento y que ganaban lo mismo que el salario de un obrero, dictó y ejecutó leyes que nos enseñan lo que ha sido el poder en manos del pueblo:

Se prohibió el trabajo nocturno, separaron radicalmente a la iglesia del Estado, se le quitaron atributos políticos a la policía, todas las escuelas se abrieron gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo se les quitó toda intromisión de la Iglesia y del Estado; se fijó la autoadministración de los productores en cada centro de trabajo, se redujeron las penas a los delitos de orden social, se redujo el crimen y las fábricas abandonadas se reabrieron bajo el control de los trabajadores.

Hombres de desorden continúan haciendo gozar de la más perfecta tranquilidad a la capital”, escribió Henry Roquefort en Le mot d’ordre,  el 4 de abril de ese 1871.

En la reorganización del gobierno se planeaba ya la formación en toda Francia de asambleas populares que, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de Delegados de París y las pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno central, no se suprimirían.

La Asociación Internacional de los Trabajadores firmó y editó un manifiesto a razón de esta experiencia, escrito principalmente por Carlos Marx y que posteriormente conoceríamos con el título de “La Guerra Civil en Francia”. En este manifiesto, la Asociación Internacional de los Trabajadores, a través de su Consejo General, declaraba: “He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo.” A través de este escrito es que conservamos la referencia de este hecho que constituye un parteaguas en la historia de la humanidad y que nos da invaluables elementos materiales sobre la construcción de un gobierno de los productores.

Ojalá el presente escrito sirva para que quien amablemente lee estas líneas recupere dicho texto u otros en los que se abunda sobre tal experiencia. De la que Engels exclamara, celebrando su vigésimo aniversario: “Últimamente, las palabras “dictadura del proletariado” han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!”

Tal vez el mayor error de la Comuna consistió en no avanzar sobre Versalles y dejar todo a la intención de otros franceses menos politizados, bajo el argumento de no coercionarlos. O tal vez el error fue no tomar ni una moneda de oro del Banco de los explotadores para incautarlos y así defenderse de Versalles. Quien, por lo demás, no dudó en avanzar contra ellos en cuanto tuvo las condiciones para hacer un ataque mucho más feroz que los invasores prusianos, dejando ríos de sangre obrera para abonar la historia de París.

Es de esta manera que el 28 de mayo, apenas un par de meses después de instaurada, la gloriosa Comuna de París fue sepultada a sangre y fuego. Sirva este texto para rendirles un sentido homenaje que nos ayude a aprender de su experiencia. Solo así su lucha no habrá sido en vano, ya que las circunstancias de esta experiencia persisten, pues como declaró la Asociación Internacional de Trabajadores:

En realidad, nuestra Asociación no es más que el lazo internacional que une a los obreros más avanzados de los diversos países del mundo civilizado. Dondequiera que la lucha de clases alcance cierta consistencia, sean cuales fueren la forma y las condiciones en que el hecho se produzca, es lógico que los miembros de nuestra Asociación aparezcan en la vanguardia. El terreno de donde brota nuestra Asociación es la propia sociedad moderna. No es posible exterminarla, por grande que sea la carnicería. Para hacerlo, los gobiernos tendrían que exterminar el despotismo del capital sobre el trabajo, base de su propia existencia parasitaria“.

¡Que viva la Comuna de París!

 


[i] H. Prosper-Olivier Lissagraray, Historia de la Comuna de Paris. Editorial Estela, Barcelona, 1971.

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