Solo los trabajadores podemos eliminar las causas del desastre

20marchas (2)

Carlos López

En los últimos años, las condiciones laborales y de vida de los trabajadores mexicanos se han deteriorado de forma considerable por distintas razones. Una de ellas es la ofensiva que el Estado ha emprendido contra ellos a través de las “Reformas Estructurales”, entre las cuales destacan las modificaciones a las leyes del IMSS y del ISSSTE, la llamada “Reforma Laboral” y el paquete de cambios legislativos en materia fiscal y financiera que se aprobaron el año pasado. Otro de los factores ha sido la puesta en marcha de una política económica que favorece al capital financiero y los monopolios, que remata la explotación de los recursos naturales del país y que subordina por completo la economía nacional a los intereses de las grandes transnacionales, destruyendo el viejo aparato productivo del Estado y la soberanía alimentaria. Los resultados de esta política económica están a la vista de todos: México es el país de la OCDE con menor crecimiento económico y el único país de América Latina en el que aumentó la pobreza.

Quienes viven las consecuencias inmediatas de esta terrible situación son los trabajadores: los mexicanos son quienes reciben los salarios más bajos del mundo, los que trabajan más horas, los más enfermos de padecimientos como la obesidad y la diabetes, y también los más estresados a causa de la situación económica. En pocas palabras: los trabajadores mexicanos viven un infierno diario en el que hay que trabajar mucho para apenas sobrevivir. En este sentido, la definición hecha por Marx y Engels hace 164 años es vigente: los proletarios modernos se distinguen de los miembros de otras clases sociales en que no tienen ninguna propiedad salvo la de su fuerza de trabajo, la cual están obligados a vender como cualquier otra mercancía para obtener los medios mínimos de subsistencia que les permita mantener su situación como tales proletarios. Esto produce una competencia despiadada entre los mismos trabajadores por no perder el empleo, es decir: la posibilidad de contar, al menos, con esos escasos medios de subsistencia. Dicha competencia, además, es alentada todos los días a través de diferentes vías, que van de los medios de comunicación a las escuelas, y por diversos sujetos que no se cansan de repetir que “el cambio está en uno mismo”, que es posible transformar la situación actual a través del esfuerzo cotidiano, permanente y silencioso, promoviendo una visión individualista del mundo en la que “los pobres son pobres porque quieren” y donde, en el peor de los casos, lo máximo a lo que un trabajador puede aspirar es a convertirse en “su propio patrón”, cuentos asquerosos que lamentablemente se consumen por toneladas en nuestro país.

Aunado a esto, las tendencias reformistas, socialdemócratas y oportunistas de todo tipo, se mantienen empeñadas en proclamar que después de la caída del muro de Berlín “el sujeto histórico ha cambiado”, basados en una visión “movimientista” y acumulativa de la política que pone en el centro de cualquier discusión a los “ciudadanos” sin clase social y sin ideología (como si tal cosa existiera), defendiendo la perspectiva de que cada derrota local o nacional en la defensa del territorio, de los recursos estratégicos, de los derechos humanos, de las conquistas laborales, etc., le brinda al “movimiento” más “experiencias” que deben ser recuperadas en el plano de un debate eterno sobre las formas de organización, la unidad, los objetivos y los medios de la(s) izquierda(s) en México. Algunos se consolidan en las academias y las páginas de los periódicos como grandes discutidores, pero tan pronto como alguien llama la atención sobre la necesidad de organizar a la clase trabajadora para pelear por sus derechos y construir con ella un programa político propio, cierran los ojos, acusan a quien pretende hacerlo de “sectario” y se marchan sin voltear atrás.

Con un deterioro de las condiciones laborales y de vida que tiende a agravarse, con escasos referentes clasistas y combativos que se propongan cambiar esta situación, los trabajadores mexicanos se encuentran al borde del precipicio. El llamado, por lo tanto, no es a evitar el desastre, sino a terminar para siempre con las condiciones que lo hicieron posible.

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