Migración laboral, otra secuela de capitalismo

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Ximena Franco

Las ya de por sí miserables condiciones de vida de la mayoría de trabajadores de México y el mundo se han visto recrudecidas por la reciente crisis económica capitalista (que no será la última), cuyos efectos padece principalmente la clase trabajadora. Los métodos para paliar la crisis, implementados por los gobiernos burgueses de todo el mundo, no han hecho sino redoblar la explotación –para aumentar la ganancia económica- y agudizar con ello la pobreza de los trabajadores y sus familias. Como parte de estas medidas que a costa de los trabajadores intentan recomponer a la economía en crisis, dichos gobiernos desaparecen o saquean el sistema de pensiones, reducen salarios y prestaciones, aumentan los impuestos, privatizan sectores públicos, anulan los derechos sociales básicos como la salud y la educación y generan millones de desempleados.

Una de las secuelas que ha dejado este crítico panorama es el aumento de la migración laboral. Enfrentados a duras condiciones, millones de trabajadores en todo el mundo son prácticamente expulsados de sus lugares de origen, huyendo de la miseria y de una existencia sin expectativas futuras. Son orillados a migrar en busca de oportunidades laborales, muchas veces dejando tras de sí a sus familias y otras, arriesgándose junto con ellas a emprender una travesía peligrosa. En la mayoría de los casos, en lugar de hallar una vida mejor, se verán enfrentados a las mismas –o incluso peores- condiciones de las que huían en principio, poniéndose además en una situación de extrema vulnerabilidad.

Según estimaciones de organismos internacionales, actualmente existen en el mundo alrededor de 86 millones de trabajadores migrantes, la mayoría de los cuales son indocumentados. México es el país con mayor proporción de migrantes, y además con la mayor proporción de migrantes que se dirigen hacia EEUU, siendo la ruta México-EEUU el principal corredor migratorio a nivel mundial. Según el INEGI, para 2010 la migración de mexicanos –90 por ciento de los cuales se dirigen a EEUU- reporta una cifra de 1 millón 112 mil 273. La mayoría de estos migrantes son hombres, procedentes de algunos de los estados más pobres del país (como Veracruz, Oaxaca, Michoacán, Estado de México), y su principal rango de edad oscila entre los 15 y 34 años de edad* [1]. La escolaridad promedio de los migrantes mexicanos es de 8 años de estudios, y el 86 por ciento de ellos viaja sin documentos*[2]. Es decir, se trata de personas en plena edad laboral, poco preparadas, que en este país no encuentran trabajo, y si lo encontraran, seguramente sería un trabajo precario e informal, por el cual recibirían a cambio un salario apenas suficiente para poder sobrevivir, pues esas son las condiciones en las que laboran la mayoría de los trabajadores de este país hoy en día.

En su travesía hacia el norte los migrantes mexicanos se enfrentan al hambre, el clima extremo, la delincuencia organizada (bandas de secuestradores, de trata de personas, sicarios y narcotraficantes) y las autoridades corruptas, mexicanas y norteamericanas. Cruzar la frontera hacia EEUU puede costarles la vida. Tan sólo en la década de 1998-2008 fallecieron en el desierto 3 mil 557 migrantes, mexicanos y centroamericanos. Y del 2010 a la fecha, los agentes de la policía fronteriza han matado a decenas de ellos *[3].

Todo el sacrificio que representa para los migrantes indocumentados cruzar las fronteras rara vez encuentra un buen desenlace. Porque las posibilidades de encontrar en EEUU un trabajo estable, bien remunerado y con expectativas de largo plazo, son mínimas. El 30 por ciento de los mexicanos que residen y trabajan en ese país –la mayoría “ilegalmente”- vive en condiciones de pobreza extrema (superando el porcentaje total de norteamericanos que viven en esa condición, que es del 15 por ciento) *[4], hacinados en viviendas clandestinas y sometidos a diversas formas de discriminación y maltrato. Sus patrones extranjeros, aprovechándose de la vulnerabilidad de los migrantes por su condición de indocumentados, los somete a jornadas de trabajo de hasta 16 horas, sin días de descanso, sin derecho a servicios de salud, con un salario muy por debajo del promedio que reciben los trabajadores de ese país. La mayoría de los trabajadores migrantes están excluidos de la protección laboral, lo que los somete a las más agudas formas de explotación sin que puedan hacer nada al respecto. Porque para su condición migrante no existe una legislación que regule las relaciones obrero-patronales, y porque ante el temor de ser denunciados y deportados prefieren soportar todo tipo de injusticias.

Pero México no es solamente el país con el mayor porcentaje de migrantes en el mundo, es además un lugar de tránsito de cientos de miles de migrantes latinoamericanos que, lo mismo que nuestros connacionales, son expulsados por las condiciones deplorables de vida a que los somete el capitalismo en sus respectivos países. En 2009, y a raíz de la más reciente crisis capitalista, el PIB de la región de América Latina y el Caribe cayó 3 por ciento, y el índice de pobreza en la región alcanzó en promedio 33 por ciento (de ese porcentaje, 13% correspondía a la franja de pobreza extrema o indigencia). Entre los países más afectados están El Salvador, Honduras y Guatemala. El índice de pobreza de esos países se calculó en 48, 69 y 55 por ciento, respectivamente (y esto no ha mejorado considerablemente en los últimos años)*[5]. No es de extrañar que la mayor parte de migrantes latinoamericanos proceda de estos países. Muchos de ellos pretenden transitar por México hasta alcanzar la frontera norte y poder así cruzar a EEUU; otros sólo tienen de la intención de cruzar la frontera con México para residir y trabajar en este país temporalmente. De este último caso podemos citar como ejemplo a los migrantes guatemaltecos. En el 2013 se calcula que entraron más de 149 mil para trabajar en México. Su escolaridad promedio es de 4 años de estudios, y  el 63 por ciento labora en el sector agropecuario como jornaleros*[6]. En su mayoría, estos trabajadores migrantes no cuentan con permiso para viajar ni para trabajar, y lo mismo que los mexicanos en EEUU, aquí son sometidos por sus patrones a las más duras condiciones de explotación.

A pesar de que el Estado mexicano  –y el norteamericano- se ha desvivido en declaraciones a favor de dar un trato más “humanitario” a los migrantes, tanto nacionales que migran internamente, como a los internacionales, la realidad es otra, pues se ha hecho de su condición vulnerable un negocio. Constantemente se hallan empresas “fachada” que en realidad son centros de reclusión para la explotación sexual y laboral, tanto de mexicanos como de migrantes extranjeros, especialmente centroamericanos. Se calcula que en México existan actualmente más de 200 empresas de este tipo *[7]. Cada año secuestran aproximadamente a 20 mil personas para la trata sexual o y la reclusión laboral forzada, muchos de los cuales son migrantes. Asediados por bandas del crimen organizado, en contubernio con funcionarios de diversos niveles del gobierno y de la policía, los migrantes son secuestrados y extorsionados, en un negocio que reditúa millones de dólares mensuales. Muchos de estos migrantes son finalmente asesinados o desaparecidos. Tan solo en el sexenio de Calderón, se calcula que fueron desaparecidas 70 mil personas en tránsito. Restos de cientos de restos de migrantes centroamericanos han sido hallados entre los cuerpos enterrados en las más de 150 fosas clandestinas encontradas hasta ahora, la mayoría de las cuales se localizan precisamente a lo largo de las rutas migrantes.*[8].

Para los migrantes africanos que se trasladan a Europa la situación no es muy diferente. Baste citar como ejemplo reciente el caso de un barco en el que viajaban hacinados cerca de 500 migrantes procedentes principalmente de Eritrea y Somalia, que naufragaron frente a las costas de Sicilia, perdiendo la vida más de 150 personas*[9]. En África, durante la última década la migración aumentó 42 por ciento, y en su mayor parte se trata de migrantes indocumentados. El 44 por ciento de estos son trabajadores poco calificados y con pocos años de estudio*[10]. Como los migrantes en América, ellos se enfrentarán también a duras condiciones de explotación en los países donde laboren, una vez que completen el viacrucis que representa para los indocumentados pasar las fronteras.

Si bien durante muchos años el mayor porcentaje del flujo migratorio iba del sur del globo hacia el norte, atendiendo a la división entre regiones del mundo capitalista altamente desarrollado y el subdesarrollado, ahora la situación comienza a tomar un nuevo cariz*[11]. Pues la crisis capitalista ha alcanzado también, y de lleno, a los países del norte. Resalta aquí el caso de Portugal, uno de los países más afectados por la crisis económica, cuyo gobierno ha impuesto duras medidas de “austeridad” que resultan en la liquidación de los derechos laborales, los servicios públicos y en el aumento del desempleo. En este país ha crecido en 85 por ciento la emigración en busca de trabajo. Tan sólo en 2011 emigraron 14 mil personas desde ese país. La mayoría de estos migrantes tiene entre 25 y 29 años de edad*[12].

Entonces, expulsados de sus países de origen por la situación de pobreza y explotación, los trabajadores migrantes se enfrentan no sólo a una travesía que pone en riesgo sus vidas, sino a nuevas condiciones de miseria en los países a los que arriban. Pero además, en estos son en su mayor parte excluidos de los derechos políticos básicos concedidos solamente a los “ciudadanos”, quedando en una situación de extrema vulnerabilidad social. Y el discurso oficial respecto de la migración no puede ser considerado sino hipócrita y cómplice de la situación alarmante en la que se encuentran millones de seres humanos. Pues desde los parlamentos de países emisores de migrantes se escuchan voces “piadosas” de funcionarios que exigen que los gobiernos de los países-destino ofrezcan mejores condiciones migratorias para esos trabajadores, mientras los gobiernos de sus propios países arrecian las condiciones de miseria de los mismos y son incapaces de ofrecerles condiciones de vida mínimamente dignas. Y los países a los que arriban los trabajadores migrantes, países que cada vez endurecen más las normas migratorias y gastan millones de dólares en blindar sus fronteras, olvidan mencionar que buena parte de la riqueza que generan diversos sectores de su economía, se debe a la sobreexplotación a la que pueden someter a miles de trabajadores precisamente por su condición migrante ilegal.

Otro dato que suele omitirse en  los discursos oficiales son las enormes ganancias que reditúa el “mercado de remesas”, que se genera con el sacrificio de esos millones de trabajadores migrantes. En 2011 los trabajadores migrantes de países pobres enviaron 350 mil millones de dólares por concepto de remesas a sus países de origen. En El Salvador, Honduras y Nicaragua (tres de los países centroamericanos con mayor migración y pobreza), las remesas constituyen aproximadamente el 18 por ciento del PIB, y México, que encabeza la lista de países receptores de remesas a nivel mundial, recibe por este concepto al año más de 22 mil millones de dólares.*[13], lo que supera los ingresos del turismo y de exportaciones agropecuarias. Sin esos envíos de dinero, las familias de los trabajadores migrantes no podrían sobrevivir. Pero es claro que los bancos y empresas de transferencia de dinero de ambos países son de los mayores beneficiarios de estas transacciones multimillonarias.

La solución a la condición de vida de millones de trabajadores obligados a emigrar no pasa por mejorar las leyes migratorias ni aplicar tales o cuales reformas “humanitarias” a favor de los trabajadores migrantes. Lo único que se avanzaría con esas medidas es que los trabajadores pudieran quedarse a laborar en otros países en condiciones de “menor” explotación y vulnerabilidad social, sin que ello modifique un ápice las condiciones de explotación y pobreza que en primera instancia obligaron a esos trabajadores a convertirse precisamente en migrantes. No se trata de implementar medidas que mejoren las condiciones en las que se aplica el capitalismo,  tratando de aminorar sus inevitables secuelas, como la migración laboral. Las fallas del régimen económico capitalista son intrínsecas. Los trabajadores no podremos tener todos una vida plena, una vida digna, dentro de este régimen. La solución al problema de los trabajadores migrantes y otros problemas, pasa no sólo por la organización de los trabajadores –cualquiera que sea su condición y nacionalidad- en sindicatos que defiendan sus derechos laborales y mejoren sus condiciones inmediatas de existencia, sino, al mismo tiempo, por su organización política con vistas a suplantar el entero régimen político burgués (ya sea que se presente como falsa democracia o franca dictadura) y los fundamentos económicos en los que se sostiene, instaurando, finalmente, un gobierno de trabajadores.

______

Notas

*[1] http://www3.inegi.org.mx/sistemas/temas/default.aspx?s=est&c=17484

*[2] http://www.colef.net/emif/resultados/indicadores/indicadores/Indicadores%20Emif%20Norte%20T1-2013.pdf

*[3] http://www.jornada.unam.mx/2013/11/07/politica/014n1pol

*[4] http://site.oxfammexico.org/la-migracion-mexico-estados-unidos/

*[5] Datos de la CEPAL

*[6] http://www.colef.net/emif/resultados/indicadores/indicadores/Sur/3IndicadoresEMIFSur_2013__25_10_F.pdf

*[7] Periódico La Jornada, 12/09/2013

*[8] Periódico La Jornada, 11/09/2013

*[9] Periódico La Jornada, 04/10/2013

*[10] http://publications.iom.int/bookstore/free/WMR2013_SP.pdf

*[11] http://publications.iom.int/bookstore/free/WMR2013_SP.pdf

*[12] http://kaosenlared.net/component/k2/item/44329-portugal-crece-el-85-la-cantidad-de-migrantes-que-salen-a-buscar-trabajo-fuera-del-pa%C3%ADs.html

*[13] http://publications.iom.int/bookstore/free/WMR2013_SP.pdf

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