La crisis económica que nos agobia: hechos, interpretaciones y soluciones

rsto no es crisis se llama capitalismo

 

Job Hernández

 Los hechos

El optimismo de las autoridades mexicanas se ha visto obligado a retroceder ante los datos duros. Por cuarta ocasión fue reducido el pronóstico de crecimiento para la economía mexicana en 2013. Si a principios de año se esperaba un 3.5 por ciento de crecimiento del Producto Interno Bruto, a mediados de año la expectativa ya era de 3.1, y en agosto sufrió una nueva disminución, para ubicarse en 1.7 por ciento. Ahora tan sólo se espera que la economía mexicana crezca 1.3 por ciento en el año que termina, después que el INEGI dio a conocer, el pasado jueves, los resultados para el tercer trimestre del año (el crecimiento fue de 1.3 por ciento con relación al mismo lapso del año anterior, y de 0.84 respecto del trimestre anterior, destacando la cifra negativa del sector secundario, que fue de -0.6 por ciento). (Inegi, Boletín de prensa núm.490/13, 21/11/2013)

 ¡Y la meta prevista en este nuevo pronóstico se alcanzará si y sólo si se logra un avance de 1.7 por ciento para el cuarto trimestre del año, por lo que no hay que descartar que la cifra final sea más baja!

Los analistas del sector privado son todavía menos optimistas. Para ellos, el año que estamos concluyendo ha sido aún peor. En declaraciones a la prensa, el Grupo Financiero Bancomer calificó el 2013 como un año de crecimiento mediocre, ubicando sus expectativas en 1.2 por ciento de crecimiento, mientras la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin) aseguró que «la producción del sector industrial mexicano sigue a la baja y no existe evidencia que nos permita asegurar que ha tocado fondo y está por iniciar su reactivación». Por su parte el Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior (Comce) «calculó que las exportaciones de México para este año aumentarán entre 2 y 3 por ciento respecto a 2012, y no el 10 por ciento estimado originalmente» (La Jornada, 21/11/2013, p. 28). Lo que significa que uno de los motores de la economía mexicana seguirá prácticamente paralizado.

Todos los grupos han ajustado a la baja sus expectativas: «La previsión más alta del crecimiento económico mexicano la fijó el grupo Skandia, con 1.55 por ciento, y la más baja el grupo financiero Monex, que la ubicó en 0.5 por ciento. Sin embargo, seis de los 23 especialistas consultados por Banamex coincidieron en ubicarla en 1.2 por ciento, y otros cinco en 1.4». (La Jornada, 21/11/2013, p. 28)

Derrotados por la fuerza de las evidencias, a los gestores de la economía nacional ya no les queda sino prometer que el siguiente año será mejor, una vez perdidas las esperanzas en el que corre. Para 2014, tanto los analistas como las autoridades esperan un «repunte de la economía mexicana… con un intervalo de 3 a 4 por ciento». (La Jornada, 23/11/2013, p. 19). Todo esto siempre y cuando confluyan hechos tan improbables como la recuperación de la economía norteamericana y si aceptamos sin chistar las reformas estructurales en puerta.

 Las interpretaciones

Cada quién tiene una interpretación distinta de estos hechos, que les permite lavarse las manos ante la debacle, eludiendo las responsabilidades correspondientes y aventando la pelota caliente a sus vecinos. Los capitalistas aseguran que el estancamiento económico se debe al retraso o el subejercicio del gasto público ocurrido durante el primer año del gobierno de Peña Nieto. Lisa y llanamente se dice que todo es culpa de no soltar la bolsa o no soltarla a tiempo para el disfrute de la llamada “iniciativa privada”, entorpeciendo con ello esa fabulosa palanca de acumulación que es el gasto gubernamental, cuyos arroyos siempre van a parar al mar de los bolsillos capitalistas. Vocero de tan franca explicación es Valentín Diez Morodo, dirigente del Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior (Comce), quien expresándose así nos da lecciones de a dónde va a parar el grueso de nuestros impuestos, sobre cómo funciona realmente la economía capitalista y qué significa realmente ser un “emprendedor”, que no puede vivir si no es pegado a la ubre estatal. (La Jornada, 22/11/2013, p. 24).

El secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, es el encargado de dar otra explicación digna de Poncio Pilatos: el pobre desempeño de nuestra economía principalmente «está reflejando la coyunturalidad del comportamiento… de la economía internacional, con un crecimiento menor al esperado tanto en Estados Unidos como en Europa», ante lo que el gobierno mexicano no puede hacer sino rezar para que “nuestros socios” se recuperen y nos tiendan la mano para salir del bache. (La Jornada, 22/11/2013, p. 24).

De esa manera, tanto los capitalistas como los gobernantes se auto-absuelven. Pero el problema más grave es que ninguna de las dos partes nos narra el cuento completo. Interesados en generar la idea de que se trata de un bache pasajero, no nos dicen toda la verdad. Y la verdad es que la economía mundial y la mexicana atraviesan un largo declive desde mediados de los años setenta, cuando se reducen a la mitad las cifras de crecimiento, y del que no se ha salido a pesar de la drástica receta de las llamadas reformas estructurales. Las causas de esta crisis de larga duración son estructurales. Tienen que ver con las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista, agravadas por el hecho de que en nuestra época asistimos al ocaso histórico y descomposición de este régimen de producción, ahora asaltado masivamente por los achaques propios de la senilidad. El capitalismo ha dado todo de sí y no se puede esperar de él sino decrepitud y decadencia, crisis permanente y recurrentes sacudidas. Hace mucho que dejó de ser aquel mozo ágil y vigoroso que impulsaba el desarrollo de las fuerzas productivas.

 Las soluciones

Tomando en cuenta las distintas interpretaciones sobre las dificultades de la economía mexicana, se tienen diferentes propuestas de salida. Por un lado, hay quienes piensan que todo se resuelve incrementando y acelerando el gasto público para que las arcas privadas rebosen con los recursos estatales y todo se dinamice. Por supuesto, en esto tienen interés sobre todo los grandes capitalistas, quienes absorben las licitaciones de obras públicas y otros tantos sectores que viven, de una u otra forma, al amparo del Estado, ya sea directa o indirectamente. Un poco de satisfacción a estos sectores pretende dar el gobierno en turno, lo que necesariamente implica el incremento de la recaudación fiscal – incrementando los impuestos e inventando otros- y de la deuda pública, que permitirían un rol más activo del Estado.

Por otro lado, hay quienes piensan que sólo resta sentarse a esperar la improbable dinamización de la economía mundial, sobre todo de la norteamericana, a la par que el cumplimiento de lo que falta de las amargas reformas estructurales. Parecen decirnos que al haber estrechado nuestros vínculos con el mercado mundial, atamos nuestra suerte a una locomotora desvencijada, lo que ninguno de los gobiernos que efectuaron la apertura nos advirtió. Al mismo tiempo, piensan que nos pueden seguir tomando el pelo para que aceptemos amargas medicinas que funcionarían ¡hasta las calendas griegas!, dado que una a una se han realizado las reformas estructurales -desde hace tres décadas- y seguimos con un magro crecimiento, esperando la tierra de la abundancia que nos han prometido si aceptamos las medidas sin chistar.

Por supuesto, la economía mexicana se puede “recuperar”, pero sólo para alcanzar un 3 o 4 por ciento de crecimiento en el mejor de los casos, manifiestamente insuficiente no sólo para generar los empleos que se requieren, sino siquiera para evitar que siga creciendo el porcentaje ya existente de desempleados.

En el marco de las relaciones sociales capitalistas en que vivimos, estas y otras salidas a la crisis son irrealizables. Por tanto, nos queda acostumbrarnos a la crisis permanente y sus consecuencias o atrevernos a ensayar una tercera salida, la única realista: emprender un proceso revolucionario que culmine con el derrocamiento de la burguesía en su conjunto para comenzar una nueva ruta, que construya una economía bajo control de los trabajadores. A primera vista esto suena impracticable o de un costo demasiado elevado. Pero la experiencia histórica mundial demuestra que sólo un proceso revolucionario de este tipo destapona el desarrollo económico, catapultando las fuerzas productivas y sacando a los países de sus dificultades. Y además, la experiencia histórica demuestra que, comparado con la destrucción masiva de vidas condenadas al desempleo, el hambre y la miseria, la revolución tiene un costo bastante menor. Sólo hay que tener la audacia que se requiere en los momentos históricos graves como el que vivimos.

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