Allende anduvo en hombros de un gigante: el pueblo trabajador

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Ximena Franco

Como todos los países latinoamericanos durante la primera mitad del siglo XX, Chile estaba gobernado por una “democracia” que se dedicaba a acentuar el régimen capitalista. Esta falsa democracia, que representaba solamente los intereses de la oligarquía industrial y agraria, así como a las fuerzas más reaccionarias de Chile, se sometía dócilmente a los dictados económicos y políticos del imperialismo norteamericano. El efecto fue una política de pillaje que concentró las riquezas del país en un número cada vez más reducido de empresas privadas de capital predominantemente extranjero. Como sucede siempre con los regímenes supuestamente democráticos al servicio de la burguesía, la ley y las instituciones del Estado estaban dispuestas como mero instrumento político para preservar su dominio y para mantener a salvo los intereses de los monopolios. Por su parte, las fuerzas armadas de Chile cuidaban celosamente las ganancias de los oligarcas y sólo le rendían cuentas a estos y a EUA. Toda esta situación se expresaba atrozmente en el deterioro sistemático de las condiciones de vida del pueblo trabajador y de grandes sectores de masas populares, quienes padecían en carne propia el atraso, la opresión y el régimen antidemocrático.

Pero al mismo tiempo, estas condiciones impulsaron el necesario desarrollo del movimiento obrero, tanto de sindicatos y confederaciones sindicales, como de partidos de la clase trabajadora. En Chile este desarrollo se dio tempranamente. Puede señalarse como una de sus fechas más significativas el año 1912, cuando el obrero tipógrafo Luis Emilio Recabarren formara el POSCH (Partido Obrero Socialista de Chile, que con el pasar de los años se convertiría en el Partico Comunista de Chile). En un trabajo paciente y permanente, logrado a pesar de la constante represión y persecución, diversos partidos y fuerzas de izquierda lograron conformarse y orientar a los trabajadores y las masas populares en su organización y en el desarrollo de una conciencia de clase cada vez más clara de la necesidad de liquidar el régimen capitalista y el dominio burgués. Como efecto de este trabajo, la germinación de la organización avanzó. En 1936 se funda la Confederación de Trabajadores de Chile, integrada por comunistas y socialistas; también estaba la Confederación General de Trabajadores y en 1953 se funda la Central Única de Trabajadores, cuyos dirigentes jugarían un papel central en el Gobierno Popular de Salvador Allende. Además, las organizaciones de izquierda sumaron fuerzas y lograron llevar al poder, mediante la vía electoral, a algunos presidentes que en mayor o menor medida trataron de impulsar transformaciones económicas y políticas en Chile, aunque de alcances siempre limitados y nunca abiertamente revolucionarias.

En 1969, diversas agrupaciones de izquierda decidieron hacer un frente común para dar la batalla política por el camino electoral, y tratar por esa vía de derrotar al Estado burgués. Entre esas organizaciones estaban el Partido Comunista, el Partido Socialista, el Partido Radical y Socialdemócrata, el movimiento Acción Popular Independiente (API), y el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU). Dicho frente integraba a la clase obrera, al campesinado y a un sector avanzado de la pequeña burguesía, y tomó el nombre de Unidad Popular. Su candidato fue Salvador Allende.

En su Programa de lucha, la Unidad Popular pugnaba por el avance y la profundización de la reforma agraria, la planificación estatal de la economía, la nacionalización de los sectores estratégicos de la producción y la socialización –paulatina- de los medios de producción. Apoyaba la participación directa de los trabajadores en la política y la economía, el mejoramiento total de las condiciones de vida del pueblo trabajador, así como la ampliación de las libertades democráticas. En el plano internacional, gobierno de Allende se pronunció a favor de la libre determinación de los pueblos, por la soberanía de las naciones y la no intervención, y se manifestaría en contra de las guerras imperialistas y el fascismo. En suma, el proyecto de Unidad Popular, con Allende a la cabeza del gobierno, se entendía así como un proyecto de transición al socialismo, que se conocería como la “vía chilena al socialismo”. Esta vía se planteaba a sí misma como novedosa y distinta de otras experiencias históricas revolucionarias, específicamente porque declaraba que suplantaría el Estado capitalista-burgués por el estado socialista de los trabajadores por el camino legal e institucional, no el de la revolución armada, tratando de transformar desde dentro y con el impulso de las masas populares organizadas las instituciones y la legislación que hasta el momento estaban cooptadas por la burguesía y solo servían a sus mezquinos intereses.

Salvador Allende y la Unidad Popular triunfaron en las urnas en 1970. A partir de ese momento el Gobierno allendista se daría a la tarea de cumplir el programa de la Unidad Popular, o al menos en la medida en que el Congreso y las fuerzas armadas se lo permitieron. Se comenzó por nacionalizar la industria del cobre, que junto con la salitrera era la industria más productiva de Chile, pero que estaba secuestrada por unos cuantos propietarios privados, la mayoría de ellos norteamericanos. Dos de las mayores empresas mineras privadas del cobre, la Anaconda y Kennecott, así como sus filiales, fueron expropiadas sin indemnización. La industria de cobre pasó a ser del Estado y administrada para usar las ganancias en favor del pueblo trabajador, quien cada vez se involucraba más en un gobierno al que sentía como legítimamente “suyo”. También se dio paso a un proceso de intervención y requisición de empresas privadas para que estas formaran parte del “área de la propiedad social”, y para que con ello los trabajadores y el pueblo en general se beneficiaran de la riqueza que ellos producían. Cabe señalar que los trabajadores cada vez incidían más directamente en la administración de las empresas requisadas, hasta que alcanzado un determinado momento de la lucha política por defender y preservar el gobierno de Allende, llegaron incluso, en muchos casos, a hacerse cargo por completo de la organización de la producción de fábricas y empresas, dando cuenta con ello de la capacidad organizativa superior de la que es capaz la clase trabajadora. Son famosos los “cordones industriales” chilenos de aquella época: organizaciones transversales de grupos de trabajadores y sindicatos de diversas fábricas y empresas de una determinada región que cooperaban entre sí y se prestaban ayuda mutua para organizar ya sea la producción, cuando ésta era entorpecida por los patrones mismos, o para solidarizarse y fortalecer las luchas de trabajadores que resistían los embates en contra de la socialización de los medios de producción. En el campo, el gobierno de la Unidad Popular también pugnó porque los trabajadores del campo se organizaran en sindicatos, para que se pudiera llevar a cabo una extensa expropiación de tierras improductivas y éstas pudieran ser entregadas a los campesinos.

Es claro que la oligarquía chilena, auspiciada por la inteligencia norteamericana, no iba a permitir que un gobierno acometiera contra “sus” ganancias y su dominio político, y mucho menos se quedaría de brazos cruzados al ver cómo los trabajadores participaban directamente en las decisiones políticas y económicas y mejoraban notablemente su calidad de vida. Es por ello que, en contubernio con los servicios de inteligencia yanquis, la oligarquía comenzó un asedio económico y político contra cada medida que el gobierno de Allende buscaba implementar. Vino entonces el desabasto provocado por los propios empresarios, en especial por aquellos que dominaban el sector de los transportes, apareció también el mercado negro de productos básicos e incluso huelgas organizadas por los patrones mismos para detener la producción, frenar el desarrollo y ahogar al gobierno de Allende junto con el pueblo trabajador, que era su máximo soporte. El “mayoriteo” en el Congreso fue otra de las sucias maniobras legaloides de los oligarcas. Por este medio los ministros burgueses intentaron -y muchas veces, por desgracia, lograron-  frenar las reformas del Gobierno Popular de Allende e incluso destituir ilegítimamente a muchos representantes de la  Unidad Popular.

El ataque al gobierno de Unidad Popular fue frontalmente combatido y muchas veces revertido por la extensa red de la organización obrera y popular que estaba dispuesta, con todo su coraje y toda su inteligencia, a defender un gobierno propio, legítimamente elegido, que no hacía más que llevar a Chile por el camino de la democracia verdadera y el socialismo-comunismo. Esa forma de organización desde las bases, que involucraba en fábricas, barrios, escuelas y el campo a todos los chilenos dispuestos valerosamente a defender un presente y un futuro más justo y digno, se conoció como Poder Popular. Y eso era precisamente lo que el gobierno de Allende había dado al pueblo trabajador: poder. Allende era solamente el legítimo representante de ese pueblo que sentía que, finalmente, había alcanzado el poder y que éste no era sino la expresión de los mandatos del pueblo. Y el gobierno de Allende se dedicó incansablemente a trabajar para ese pueblo. Por eso los trabajadores y las masas chilenas encontraron en él a un “compañero”. Incluso fue llamado el “primer trabajador de Chile”.

Con esa convicción y esa alta conciencia de su papel histórico en este proceso, el pueblo trabajador logró quebrar la ilegítima huelga de transportistas auspiciada por los patrones, y que tenía como única finalidad desquiciar el centro de Santiago y asfixiar mediante el desabasto la producción. Lo mismo sucedió con la inicua huelga que la minera “El Teniente”, en manos todavía de capital privado, inició contra el gobierno. Pero lo que estos burgueses nunca se esperaron es que serían los mismos trabajadores quienes romperían esta huelga de patrones, y que para mantener la producción de cobre y seguir contribuyendo a la construcción del socialismo, serían otros trabajadores en otras minas quienes trabajando horas extras y aumentando la producción, ayudarían a paliar los efectos de la huelga de “El Teniente”.

Finalmente, los opresores, los enemigos del pueblo, aquellos que viven a sus anchas explotándolo y humillándolo, en contubernio con el infame servicio de inteligencia norteamericano y teniendo de su lado a las fuerzas represivas de la burguesía, decidieron asestar un golpe fatal al gobierno popular chileno. El 11 de septiembre de 1973 vino el golpe de estado a manos de los traidores, quienes gobernarían el país a punta de terror durante los 17 años más crudos y terribles que posiblemente haya vivido el pueblo chileno. El pretexto de estos criminales era “salvar” a Chile de un gobierno al que despreciaban por “comunista”. ¿De qué crímenes acusaban a este gobierno? De arruinar la “democracia” de unos pocos, de pervertir la moral que se precia de pisotear a los más sencillos y de estar llevando al país a la ruina que significaba entregar las riquezas a sus verdaderos dueños: los trabajadores del campo y la ciudad. Porque ante los sanguinolentos ojos de esos cobardes, el gobierno popular de Allende, que no hacía más que defender con honor y congruencia los legítimos derechos e intereses del pueblo, les arruinaba el jugoso negocio que les representaba exprimir al pueblo.

Allende y el gobierno de Unidad Popular araron camino en un duro campo exacerbado de contradicciones. Perdieron aquella batalla. Pero el pueblo trabajador, ni en Chile ni en el mundo ha perdido la guerra. Sabe que la lucha es larga y no es fácil, y habrá aprendido lo fundamental: unidos y organizados, venceremos. Actuando como un solo hombre seremos el gigante sobre el que repose, inmensa y pródigamente, la historia futura.

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