A 40 años del golpe de Estado en Chile

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Job Hernández

Cuando la humanidad contemple la historia actual como un pasado de luchas gloriosas que permitieron el salto civilizatorio del capitalismo al socialismo-comunismo, el pueblo chileno tendrá un lugar destacado. Sus padecimientos serán vistos como parte de la gesta heroica de la humanidad contra la barbarie y el oscurantismo capitalista. Los 17 años de dictadura serán, además, contados uno a uno como la heroica batalla de seres humanos que no se dejaron vencer a pesar que sus opresores utilizaron contra ellos todos los recursos que una clase agónica y enferma tuvo a la mano: la represión policial, la tortura, la desaparición forzada, el asesinato, el exilio, etc.

En esta épica, tendrán un lugar prominente los trabajadores, los pobladores y los estudiantes, que conformaron el sustrato de toda inconformidad contra el militarismo e hicieron imposible el asentamiento definitivo de la dictadura. De la misma forma, el Partido Comunista de Chile, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, tomarán, a la distancia, su gigantesca dimensión de vanguardias decididas y claras, que no declinaron en sus empeños de vencer y entregaron sus mejores hombres en la lucha. Hombres como Salvador Allende, Luis Corvalán y Miguel Enríquez, entre muchos otros, serán tomados como encarnaciones de una voluntad inextinguible que permitió, entre dolores, el alumbramiento del nuevo mundo. (Sus errores y aciertos serán sopesados serenamente, pero su talla no disminuirá por ello).

Sus victimarios, por el contrario, ya hoy son juzgados por la historia como autores de crímenes de lesa humanidad. La defensa mezquina de los intereses de su clase les hizo cometer todo tipo de atrocidades: degollaron y quemaron vivos a sus opositores, sin ningún tipo de consideración. Arremetieron contra el pueblo indefenso, contando mujeres y niños entre las multitudes escarnecidas. Construyeron campos de concentración. Rescataron de los anales dantescos de la historia las peores formas de castigo. Se mostraron como una clase social empavorecida ante la posibilidad de su extinción histórica y buscando preservar sus intereses amenazados se rebajaron a la condición de bestias sangrientas. Sus crímenes son imperdonables. Son, simple y llanamente, genocidas, y se alinean en la historia al lado de Hilter, si tratamos de hallar un punto de comparación y un linaje para ellos.

Se decían defensores de la civilización y el mundo libre, en lucha contra la dictadura comunista, ellos que establecieron una dictadura que anuló todas las libertades y todos los derechos para gobernar una nación a punta de pistola.  Se decían defensores de la familia, ellos que fueron responsables del luto de miles de hogares, que desunieron familias cuyos miembros se vieron obligados al exilio, que deben a los hijos sus padres asesinados y a los padres sus hijos desaparecidos. Se decían defensores de la democracia, ellos que no permitieron elección alguna hasta que el pueblo organizado los obligó y que criminalizaron las manifestaciones y eliminaron el derecho de asociación, reunión y prensa, indispensables para cualquier ejercicio democrático, por mínimo que sea. Se decían defensores de la patria, ellos que se confabularon con el imperialismo norteamericano para derrocar un gobierno legítimamente constituido y que recibieron ayuda a raudales para asesinar a sus compatriotas. Se decían defensores de la religión, ellos que allanaron iglesias, asesinaron curas y arremetieron con macanas contra quienes, movidos por la fe, defendían al prójimo victimizado y pedían que regresaran con vida los desaparecidos.

Sólo la voluntad inquebrantable del pueblo chileno les obligó a retroceder. De este lado de la historia, del lado de quienes lucharon contra la dictadura, incluso en las más equilibradas versiones, no hay sino el hermoso heroísmo de los simples, que son capaces de entregar la vida cuando la causa lo vale, que no escatima esfuerzos para que la humanidad consiga órdenes sociales y políticos más avanzados. El Presidente Allende lo sabía: lo movía la fe inconmovible en los trabajadores de Chile porque los había visto generosos a más no poder, sin la traba inmensa de la defensa de los bolsillos que hace de la burguesía el factor de retroceso en la moral de la humanidad.

Desde quienes participaron, colaboraron o aplaudieron la dictadura se sigue repitiendo que el gobierno de la Unidad Popular atizó la confrontación porque intentaba instaurar una dictadura marxista. No se podía esperar más de los asesinos que esperan su turno en el tribunal de la historia. Sus argumentos son meras excusas para eludir sus responsabilidades y meras invenciones para justificar sus procedimientos criminales en la contienda política. El régimen de Allende fue consecuentemente democrático e, incluso, puede decirse que pagó con su vida su confianza en las instituciones republicanas. Se puede medir con exactitud el grado de democracia alcanzado durante sus tres años de gobierno: ninguna manifestación fue reprimida, incluyendo el terrorismo abierto y el sabotaje a la producción impulsado por la patronal. No hubo asesinatos de opositores, ni campos de concentración, ni exilio en masa.

Pero el dato que mejor retrata la disposición democrática de Allende es que los trabajadores le llamaban “el compañero Presidente”, en un gesto inusitado en toda la historia de las democracias occidentales. Lo que evidencia esta forma de nombrar al Presidente era la disminución de la distancia entre Estado y comunidad, es decir, la disolución, aunque parcial y paulatina, del halo místico y religioso que rodea a los gobernantes como representantes de un aparato ajeno y hostil a la comunidad. Con ese rasero debe medirse el grado de democracia permitido por el gobierno de Allende. Con ese rasero, se puede apreciar que el régimen de la Unidad Popular fue democrático como pocos.

Hoy Chile vive una democracia insatisfactoria, -por decir lo menos- constreñida por la Constitución pinochetista, chantajeada por la amenaza constante de que la dictadura puede volver a aparecer “si se rebasan los límites” y prostituida por el predominio absoluto de la oligarquía. Mientras este remedo de democracia sea el marco de lo permitido, la burguesía chilena aparecerá como respetuosa de las instituciones republicanas. Es una democracia que le conviene y que garantiza sus intereses.

Corresponde al pueblo chileno decidir si acepta este juego desfavorable, con uno de los contendientes maniatado y el otro con los puños libres. Por nuestra parte, estamos seguros que la historia camina inexorablemente en el sentido de completar la tarea que Allende dejó planteada: un régimen donde los trabajadores sientan que el Presidente es uno de los suyos, con quien se puede discutir libremente la socialización de los medios de producción como proyecto histórico de la clase obrera. Y hacemos votos para que el pueblo chileno, que supo enfrentar una dictadura sepa ahora retomar el rumbo y reencauzar las fuerzas motrices de la historia en la dirección revolucionaria adecuada, aprendiendo de las enseñanzas de su historia.

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