Engels, cofundador del marxismo

Friedrich Engels blog

 

Georges Labica

Engels, sabio y revolucionario, se sitúa al mismo tiempo en la línea de la filosofía clásica alemana y del siglo de las luces francés, sin remontamos más atrás, y en la orilla de una tradición que incluiría, por no citar más que algunos pensadores, a Croce, Labriola, Sorel, Jaures, Gramsci, Lukacs, Ernst Bloch, Lucien Goldman, Henri Lefebvre o Sartre, dicho de otro modo, filósofos «comprometidos» que arriesgan poner su saber al servicio de las luchas sociales y políticas de su tiempo.

La conmemoración del centenario, lejos de la apariencia de un rito funerario ni, menos aún, pese a las modas, de un duelo, debería, por contra, convertirse en la ocasión de establecer un balance, poniendo en evidencia el papel y la actividad propias realizadas por Engels y midiendo los efectos de su influencia, directa o indirecta sobre el destino posterior de la teoría, dicho de otro modo, hacer aparecer su ejemplaridad y su actualidad, para una reflexión crítica del marxismo. Algunos grandes ejes pueden distinguirse alrededor de los cuales voy a intentar una reflexión de síntesis, que, inevitablemente, recogerá intervenciones ya hechas.

La cofundación del marxismo

Se podría, sin que resultase una paradoja excesiva, ni una intención provocadora, defender que Engels tiene al menos títulos iguales que Marx para dar su nombre a la teoría de la cual establecieron juntos los fundamentos. Se recordará que Engels fue colaborador, consejero y amigo (también apoyo moral y financiero) de Marx, mientras que vivió, y también su albacea testamentario. Los testimonios de sus contemporáneos son unánimes en este sentido. Así, Eléanor Marx-Aveling, la tercera hija de Marx, escribe: «la vida y la obra de estos dos hombres está tan estrechamente fusionada que es imposible disociarla». También, Paul Lafargue, uno de los yernos de Marx, comenta que más allá de sus diferencias, ambos «forman, por así decirlo, una sola vida. Tenían la mejor opinión el uno del otro. Marx no dejaba de admirar los conocimientos universales de Engels, la extraordinaria ductilidad de su inteligencia, que le permitía pasar fácilmente de un tema a otro. Engels, por su parte, se recreaba en reconocer la potencia de análisis y de síntesis de Marx… cada uno pensaba siempre satisfactoriamente del otro, su mutua confianza era permanente». Es también a Engels que se le debe la denominación de «marxismo» para una doctrina que no había, ni podido, ni querido autocalificarse a sí misma (1888). El mismo trato de extrema modestia le hacía escribir, en 1884, «Yo era el segundo violín y pienso que cumplí bastante bien mi parte. Me sentía feliz de tener un primer violín tan magnífico como Marx». De los dos amigos, Engels fue el primero en abrir caminos, así se tratase de la incorporación de Feuerbach (La Sagrada Familia), de la primera crítica de la economía política (Umrisse), de la crítica de la religión (Correspondencia con los hermanos Bauer), del descubrimiento y del análisis de la clase obrera (La situación de la clase obrera en Inglaterra), de la valoración del pensamiento socialista francés, inglés y alemán (Forschritte), de la crítica del idealismo alemán (Anti-Schelling), del conocimiento de los mecanismos internos del capitalismo (Cartas sobre El Capital), del aprendizaje de las Ciencias exactas (Cartas sobre las ciencias de la naturaleza), de la atención siguiendo la estela de Fourier, de la dramática situación de las mujeres, o de la lucha de Irlanda contra la opresión británica («que desgracia para un pueblo tener por siervo a otro pueblo»). No fue él, como se afirmado frecuentemente, el iniciador del «materialismo histórico». El célebre Manifiesto le debe sus primeras redacciones (Catecismo y Principios) y los sucesos de Alemania en 1848 su cobertura, como se diría hoy (Revolución y contra-revolución en Alemania). Marx, que rinde un permanente homenaje a estas obras de juventud que son las Umrisse o  la Situación, entre otras, confesaba cuando escribía a Engels: «Tu sabes que 1. siempre llego tarde y 2. siempre camino sobre pasos». (4 de julio de 1864). Engels, que llevó su amistad hasta el reconocimiento de la paternidad adúltera de Marx, ¿acaso no escribía la mayor parte de los artículos que Marx firmaba para el New York Tribune? ¿No suministró lo esencial de la documentación de El Capital, cuando dudaba en elaborar los Libros II y III, después de la muerte de Marx?. Marx mismo le escribía en agosto de 1867 después de la publicación de El Capital: «Te debo solamente a ti haber podido hacerlo. Sin tu sacrificio no me hubiera sido posible llevar adelante los enormes trabajos necesarios para estos tres volúmenes».

 La aportación singular a la teoría

En el seno de la «división del trabajo», como ellos mismos decían, que se instauró entre Marx y Engels durante el período de elaboración de sus grandes obras, el primero retomó la parte de la «crítica de la economía política», y, de hecho, la exclusiva redacción de El Capital, el segundo se consagró literalmente a los más diversos temas, de la filosofía, particularmente la dialéctica y el materialismo (Anti-Dühring), a la física y la historia de las Ciencias (Dialéctica de la naturaleza), pasando por la antropología y la teoría del estado (El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado) o el análisis de la religión (Urchistentum) entre otros, sin omitir su excepcional competencia en los temas militares, que le valió muy pronto entre sus familiares el sobrenombre de «General». Después de 1883, Engels no sólo se consagra a la puesta a punto de los grandes manuscritos, entre ellos El Capital, además reedita y sobre todo reactualiza sus obras anteriores así como las de Marx, entregándose a las críticas y autocríticas que el cambio de coyuntura hacía necesarias a su entender. A través de la Segunda Internacional se convierte en consejero del movimiento obrero, difundiendo y popularizando la doctrina, publicando especialmente, en folletín, en la prensa socialdemócrata alemana su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana acompañado de las célebres Tesis sobre Feuerbach de Marx, que permanecían hasta entonces inéditas. Rectifica malentendidos y contradicciones (Cartas a Bloch, Schmidt, Borgius, etc). Permanece atento a todas las situaciones nacionales (La cuestión  campesina, Cuestión de la vivienda, Correspondencia con los italianos, españoles o rusos…). Contribuye en todos los lugares a la formación de los grupos dirigentes (Kautsky, Labriola, Plejanov, Lafargue…), ayudado en esta tarea por su extenso conocimiento de otras lenguas, pues dominaba una docena (entre otras el alemán, el francés, el italiano, el español, las lenguas escandinavas, el ruso, el polaco, el rumano, el turco, el persa) y comprendía una veintena. Hasta su desaparición, infatigablemente, explica, completa, interviene sobre todos los temas en debate, teóricos y políticos, preocupado especialmente en percibir, en un nuevo estadio dela Historia, las estrategias adecuadas (el famoso «testamento» de 1895).

El lugar y el papel jugado por Engels es objeto de numerosos debates

El «engelsianismo» señalaría las perversiones que Engels habría, antes que otros, inflingido al marxismo. Y primeramente a Marx pues habría sido el genio perverso, que le empuja al comunismo y al materialismo, que habría fusionado antes que él, haciendo girar hacia la economía a un brillante doctor en filosofía. Lenin comenta que, desde finales del último siglo, V. Tchernov «comenzó el asalto en la tentativa de oponer a Marx y a Engels, este último era acusado de profesar un «materialismo ingenuamente dogmático» y el «dogmatismo materialista más grosero». Y, desde entonces, son agravios que no han dejado de dirigirse a Engels haciéndole culpable de las derivas cientificistas, metafísicas, economicistas o mecanicistas cuando no se le imputaba la «fabricación» misma del marxismo. M. Rubel sospecha por este motivo y transforma el plan de los tomos II y III de El Capital; L. Colleti denuncia su hegelianismo arcaico y su darwinisino primario; M. Henry le elimina de su importante obra sobre Marx, juzgándole de una «vulgaridad lastimosa». Del surgimiento, hace algunos decenios, de la problemática del «joven Marx» al estalinismo y a la crisis del marxismo, Engels ha servido a menudo de chivo expiatorio a los ojos de todos los críticos, bien o malintencionados, que rechazaban en atribuir a Marx las sombras de un cuadro del que se recordaba oportunamente que él no había pintado solo. En contraste, tal o cual defensa oscura y ciegamente apologética no hacia más que confirmar las sospechas del desviacionismo engelsiano. La historia del Marxismo, de sus contradicciones propias y ajenas, de las apuestas prestadas y de las constituyentes, está en cuestión. Es necesario considerar el hecho incontestable de que es por la lectura de Engels (las tiradas internacionales más numerosas corresponden al Anti-Dühring y a Ludwig Feuerbach) antes que por la de Marx por lo que el marxismo ha sido conocido y se ha expandido, convendría reflexionar, de una parte sobre ciertos efectos teóricos tan considerables como el de la «filosofía marxista», de su instauración (Lenin, lector de Engels) como de su institucionalización en el Diamat (Materialismo dialéctico nota del traductor) estaliniano; o incluso de la abrupta ruptura entre ciencia y utopia, por otra parte, de las formas y modos de la recepción de la obra de Engels, según los diversos contextos nacionales del movimiento obrero y comunista.

 Haciendo esto, no solamente se liará justicia a un maestro, lo que convendría en este caso, a su engrandecimiento, subrayando sus eminentes cualidades humanas, como la generosidad, la cortesía, la nobleza de carácter, el saber escuchar, el amor a la vida (¡y a la cerveza alemana, al vino de Burdeos o al champán!), el humor y la infatigable devoción a la causas de los explotados, se encontrará, en este trabajador incansable el mejor ejemplo de una actividad revolucionaria que no rechaza jamás autocuestionarse a partir de la observación de las luchas reales, es decir abierta, crítica, viva. Engels es, a su manera, el más seguro antídoto contra la esclerosis del pensamiento y los dogmatismos. Retomar estos elementos se ha convertido en una urgencia. Permitidme, en fin, a riesgo de parecer grandilocuente, tomar de Franz Mehring las líneas con las que concluía su artículo de Neue Zeit, diez años después de la muerte de Engels: «cada aniversario del nacimiento o de la muerte de Marx y de Engels les hace más próximos a nosotros. Parecen vivir entre nosotros, percibimos el metal de su voz, cada vez que en el inundo miserable que agoniza, que no conoce sino opresores y oprimidos, alumbra el alba de un nueva época revolucionaria»

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