El sexenio que comienza

CABEZAL número 3

LA ACCIÓN CLASISTA 3 en versión PDF LISTA PARA IMPRIMIR

Durante casi un año, la discusión de carácter político, cuando menos la de mayor presencia mediática en este país, se ha centrado en un personaje: Enrique Peña Nieto, quien entonces era el candidato del PRI a la presidencia, respaldado por Televisa y criticado por buena parte de la intelectualidad “crítica”, así como por gran parte de la juventud. Peña Nieto debía su fama principalmente a su participación en los hechos ocurridos en San Salvador Atenco el 3 y 4 de mayo de 2006, cuando fungía como gobernador del Estado de México. La represión de ese par de días ha sido un hecho significativo en la historia reciente de la lucha de clases en el país, lo cual le valió al actual presidente la fama (entre la burguesía) de ser un gobernante duro, a quien no le temblaba la mano al reprimir actitudes subversivas; mientras que desde la esfera, por decirlo así, “democrática”, se le visualizó como un personaje antidemocrático, autoritario y represor, tal como lo fueron sus antecesores priístas.Nosotros, como comunistas, somos capaces de compartir cualquier observación democrática, ya que en nuestros principios históricos está el apoyar cualquier causa de ese tipo. Naturalmente, simpatizamos con las críticas realizadas hacia cualquier personaje político a causa de su vocación represora o de sus acciones a favor de los intereses de las cúpulas que gobiernan y dirigen al país. Sin embargo, nuestra posición —marcada en inicio por el pensamiento de Carlos Marx— nos obliga a señalar que este tipo de crítica es siempre algo muy limitado cuando se tiene la referencia más amplia de la lucha de clases. En ese sentido, los anhelos democráticos —cuando menos los circunscritos al Estado burgués— son muy loables para quienes aún no han comprendido la esencia de esta lucha, pero son un retraso para quienes afirman ya entenderla.

Desde nuestra perspectiva, siempre es fundamental explicar el ascenso de los personajes políticos a partir de las contradicciones más sobresalientes del conflicto político entre clases, y nos parece un error el tratar de caracterizar el conflicto político a través de la voluntad de algún individuo. “Ahora con Peña Nieto todo va a empeorar” se lamentan algunas voces que legítimamente aspiran a defender sus intereses en un marco político en donde la represión no sea utilizada como recurso. Su intuición no es del todo equivocada, es previsible que en los próximos años se recrudezca el papel represivo del Estado, es decir, que la represión violenta y abiertamente política sea utilizada con mayor vigor y frecuencia que en años anteriores; sin embargo, eso no significa que el ascenso de Peña Nieto explique la situación social, en este caso, el orden de los factores sí altera el producto.

Es la burguesía y el grupo más poderoso de ella quien enfrenta una serie de condiciones que les exigen mayor eficiencia en la administración burguesa del Estado, y eso implica mayor control sobre los opositores del mismo, nótese que hablamos de los opositores del Estado y no sólo de los opositores del PRI o del PAN, es decir, nos referimos a opositores como los que fueron reprimidos el 3 y 4 de mayo de 2006 en San Salvador Atenco. Peña Nieto es, por tanto, una manifestación del poder de la burguesía y de los grupos hegemónicos de la misma, no la explicación de la hegemonía burguesa. Invertir el orden de los factores puede conducir a un diagnóstico erróneo y, por tanto, a sugerir una aparente solución que en la realidad no solucione nada.

Por eso es que nosotros respetamos la voz de personas o grupos de ellas que, indignados por la represión, usan su instinto y su sentido común para tratar de evitar que ésta se generalice; pero también tenemos la obligación de señalar que —en muchos casos— atrás de estas voces se encuentran posiciones oportunistas de quienes, haciendo cálculos para los próximos procesos electorales, pretenden anunciar a ciertos personajes cercanos a ellos como la solución al problema.

De acuerdo con el método dialéctico, no podemos caer en afirmaciones excesivamente generalizantes en donde se diga que no existe diferencia alguna entre unos personajes y otros, pero sí estamos obligados a establecer generalidades y distinguirlas de las particularidades. Podemos aseverar que Enrique Peña Nieto no gobernará de una forma exactamente igual a Fox, o a Calderón, y puede ser tautológico afirmar que López Obrador haría las cosas de manera distinta; pero, más allá de eso, vale preguntarse: ¿En qué consistiría la diferencia? ¿Existe algún elemento material que pueda respaldar el supuesto de que en el tema particular de la represión habría cosas sustancialmente distintas? ¿Hay elementos sustanciales que indiquen la divergencia en algún otro tema? Exponer que las diferencias existen no es suficiente, es necesario señalar cuáles son y en qué se basan estas suposiciones.

Pero a pesar de no hacer generalizaciones absurdas, estamos atenidos a una generalidad que —para nosotros como comunistas— marca nuestra estrategia: el Estado y su carácter de clase. Para nosotros, las cúpulas del PRI, del PAN, del PRD y de los otros grupos cazadores de presupuesto son nuestros enemigos, pero no debido a sus siglas, a sus personajes o a alguna aberración humana en particular, sino porque defienden el carácter represivo del Estado burgués en general, legitiman la explotación capitalista y gobiernan al servicio de esa clase. Lo demás son, desde nuestra perspectiva, las manifestaciones lógicas de la posición de dichos personajes y agrupaciones políticas en el conflicto entre clases sociales.

 Pacto por México: tema de Estado

Desde nuestra perspectiva, el Estado, más que un cúmulo de instituciones, es la voluntad organizada de la clase dominante, la cual se impone de forma esencialmente violenta a los explotados. En ese sentido, los temas de Estado son fundamentalmente aquellos que se relacionan con los aspectos estructurales de la dominación capitalista.

El Pacto por México no hace sino asentar que por encima de los intereses particulares de los personajes públicos de la política burguesa, o de sus llamados partidos políticos, están los compromisos de clase, es decir, que independientemente de las disputas que personajes y partidos tengan por ver quién ha de quedar en tal diputación, gubernatura o puesto cualquiera de la administración pública, cada uno de ellos debe observar absoluta obediencia a los designios del capital. Así pues, de lo que se ha asegurado el grupo dirigente de la burguesía en México es precisamente de que todos y cada uno de los individuos y grupos quienes participan de la repartición del pastel signen su compromiso para con la agenda trazada desde los grupos de capital imperialista.

El show mediático de burlas, descalificaciones, impugnaciones electorales y discursos acalorados, puede darse en cuanto a cualquier tema irrelevante se refiera; sin embargo, los aspectos verdaderamente importantes para determinar el curso próximo de la realidad del país, como por ejemplo los relativos a reforzamientos o ajustes en los patrones de acumulación, de explotación del trabajo y de manejo del comercio nacional e internacional, son simple y sencillamente intocables. Queda claro que, en ese sentido, quienes se presentan como gobernantes, exhiben patéticamente su condición de gobernados por una élite aún más reducida, la del grupo capitalista dominante en el país. Quienes se presentan en las elecciones como los futuros representantes del pueblo en el Estado, no pueden sino revelar la verdadera esencia de éste, en donde ellos son representantes del capital.

En ese mismo sentido es que requerimos comprender la lógica en que actúa la política electoral subordinada a la política de clase. En estos momentos, el grupo dirigente de la burguesía busca respaldar a personajes y partidos políticos que ofrezcan mejores condiciones para aplicar la agenda que, entre otras cosas, ha sido mostrada a través del Pacto por México. La clase en el poder se pregunta ahora mismo quién es el burócrata más leal, quién el policía que tiene más claro que el enemigo es el pueblo trabajador organizado, quién el académico que está dispuesto a subastar la educación pública, quién el gobernador idóneo para pasar tal o cual proyecto, etcétera. De ahí, el grupo dirigente de la burguesía a veces encuentra en el personaje de un partido o en un subgrupo del mismo a su representante idóneo; y a veces este grupo puede reclutar personajes de diferentes partidos para así componer un gabinete de gobierno o un nuevo grupo político capaz de llevar adelante sus propuestas.

Cómo enfrentar la situación

Aunque para los comunistas el tema central es cambiar el modo de producción, derrocando al capitalismo e instaurando un régimen de transición entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista en donde el proletariado organice la producción y dirija la política, proceso que implica el derrocamiento del Estado burgués y la organización transitoria del Estado proletario, sabemos que no por repetir esto una y otra vez estamos acertando en nuestro actuar político inmediato. En efecto, estamos obligados moral y estratégicamente a no quitar el dedo del renglón, pero también a señalar que cualquier modificación que ocurra dentro del marco del modo de producción capitalista es susceptible de ser encausada por la burguesía o de ser neutralizada como contra-tendencia al incremento del poder y de la riqueza en manos de la burguesía a nivel mundial.

Además estamos obligados moral y tácticamente a no abandonar ninguna lucha que pretenda mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y de todos los sectores oprimidos por el capital, es decir, debemos luchar constante y cotidianamente porque el proletariado conquiste posiciones en la lucha de clases y por restarle condiciones a la burguesía para seguir incrementando su poder. En ese sentido, todas las luchas sociales emprendidas por explotados y oprimidos son importantes: por las condiciones de trabajo, por la restitución de terrenos ejidales o comunales, por el mejoramiento de la educación pública, por la dignificación de nuestros espacios de vida y convivencia, etcétera, así como también son irrenunciables las luchas por la defensa de las conquistas sociales obtenidas por nuestra clase, por derechos laborales, sociales y humanos.

En ese sentido, somos conscientes de que la lucha que se da en el terreno económico —y a veces hasta político— implica —cuando menos en cierta medida— el reconocimiento de la legalidad burguesa y de las autoridades estatales, lo cual conlleva una contradicción, señalada en su momento por el Che en su texto Táctica y estrategia en la Revolución Latinoamericana. Dicha contradicción consiste, por un lado, en atacar a la burguesía; y por otro, en otorgarle legitimidad reconociendo sus instancias, su razón jurídica y sus instituciones. Esta situación ha de manejarse con mucha habilidad para evitar otorgarle al Estado más de lo que se obtenga, es por ello que en esta parte se presenta como fundamental la aplicación de los principios revolucionarios, así como también el mantener una coherencia entre la táctica y la estrategia.

Así pues, resulta fundamental introducir en el movimiento obrero y popular la conciencia de que las victorias dependen de nuestra fuerza organizativa y no de la razón de Estado, y que, por tanto, el carácter progresivo de la conquista de una demanda inmediata no se mide solamente a partir de la obtención de ésta, sino del fortalecimiento de la organización proletaria, social o popular como producto del proceso de lucha a favor de la consecución de dicha demanda.

Es por eso que resulta de cabal importancia el evitar el “culto a las minutas”, traduciendo las mismas en un inapelable triunfo del movimiento. Las minutas pueden ser muy engañosas, pues no se sostienen por sí mismas: una resolución judicial, un acuerdo obrero-patronal o entre una fuerza organizada del pueblo y el Estado, no suelen llevarse a la práctica cuando —en lugar de fortalecer el proceso organizativo independiente— nos relajamos y simplemente echamos las campanas al vuelo. Por ello, desde nuestro punto de vista, el vocear a los cuatro vientos que un movimiento ha triunfado sólo por el hecho de haber arrancado a su contraparte la firma de una minuta es una actitud claramente oportunista, que ha ocasionado un daño histórico sostenido a la lucha proletaria independiente.

El proceso revolucionario se nutre y fortalece con las pequeñas victorias, y por ello es muy importante lograrlas, pero es también muy significativa la forma en la que se hayan conseguido. Un aumento salarial o una demanda obtenida por haber colocado como letra de cambio la desorganización o desmovilización de las fuerzas proletarias o populares, o bien una conquista producto de un arreglo en lo oscurito entre alguna dirigencia o algún representante de la patronal o del Estado, resultan tácticamente una derrota, pues al no tomarse en cuenta a las bases, éstas quedan debilitadas en su fuerza e iniciativa.

Así, la táctica correcta pasa principalmente por medir la correlación de fuerzas en cada batalla entre el trabajo y el capital, en la medida en que la posición del primero se fortalece frente al segundo. Es ahí donde la organización de vanguardia del proletariado debe aportar claridad al movimiento y acompañarlo en su proceso, inyectando conciencia de clase y elevando el carácter de la lucha popular. Acumulando fuerzas, nuestras victorias pueden ascender en importancia, durabilidad y trascendencia hasta alcanzar la victoria final.

¡Por la revolución y el futuro comunista!

¡Proletarios de todos los países, uníos!

Partido Comunista de México


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