Estado y poder político en México hoy

PARA EL BLOGCélula José Carlos Mariátegui

(Ponencia en la Conferencia de Organización sobre la Caracterización del Estado en México)

El problema del Estado y del poder político es fundamental para la comprensión e interpretación de los procesos políticos que tienen lugar en nuestro país y en el mundo y, por supuesto, es de vital importancia para nuestro quehacer como Partido Comunista.

La historia nos ha enseñado los elevados costos políticos que llegan a tener las definiciones teóricas en este campo. Por ello, creemos que construir una posición homogénea respecto al Estado y al poder, así como caracterizar al Estado mexicano actual, son tareas que nos permiten establecer tácticas y estrategias más acertadas para alcanzar los objetivos revolucionarios que nos proponemos.

En este sentido es que exponemos a continuación lo que entendemos por Estado y por Estado capitalista en particular, así como algunas características del Estado mexicano contemporáneo. Finalmente, plantearemos la importancia del poder político, esperando contribuir a la discusión colectiva y a las definiciones políticas que como Partido nos ayuden a seguir avanzando en nuestras tareas.

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El Estado es un producto histórico que nació como una imposición al surgir las clases sociales, justo cuando comenzaron a diferenciarse los hombres por las actividades a las que se dedicaban y cuando algunos se apropiaron del trabajo de otros, explotándolos, adueñándose del excedente de producción. Es así que surgió la clase gobernante, aquella dedicada exclusivamente a administrar y gobernar, y se estableció el Estado, producto de la división en clases sociales y, como tal, instrumento de una de ellas (la que domina económica y políticamente) para mantener el poder.

Por ello, el Estado es y será siempre “una organización llamada a ejercer la violencia sistemática de una clase contra otra, de una parte de la población contra otra”,[1] pues él mismo es la violencia organizada. Ya sea a través de la dominación económica, política, social, cultural, o por medio de las armas, la violencia es parte medular del Estado. Siendo así, éste se conforma como un aparato de dominación de una clase sobre otra, pero también es mucho más que eso, es el espacio donde se condensan las relaciones de poder. Aunque este poder se reproduce en y desde todos los espacios sociales, es en el Estado donde se concentra el poder político y donde estas relaciones se articulan, él desempeña un papel fundamental en la reproducción material, política e ideológica de la sociedad.

Así, el Estado se nos presenta, en primera instancia, como un aparato integrado por instituciones, leyes, normas, etcétera, con que cuenta formalmente una sociedad. Se incluye en esta parte el complejo rubro administrativo, todo el ámbito jurídico y legal. El telón de fondo que define el carácter de clase de este aparato es el conjunto de relaciones y redes de poder, dominio y fuerza que se condensan en este centro de poder político y que generalmente se mantienen ocultas.

Como se menciona, el Estado cuenta con características que le permiten servir para que se ejerza la dominación de una clase de manera velada. Esta dominación se realiza a través de la explotación y la represión (a través de su ejército y cuerpo de policía), pero también mediante la imposición de valores, ideas, creencias… en la sociedad, ya que determina en gran medida lo que es o no permitido —a través de agentes como la educación, la Iglesia, los medios de comunicación, la familia, etcétera.

Pese a la dominación que ejerce, el Estado, como institución, promueve la idea de que los intereses sociales de la minoría a la que representa son los intereses de toda la sociedad. Se trata de una comunidad ilusoria que, sin embargo, cristaliza en elementos reales la forma en la que se constituye la sociedad que hoy tenemos.

De acuerdo con lo anterior, sólo puede hablarse de Estado cuando la organización de la convivencia humana es atravesada por funciones de dominio de clases (incluyendo las técnicas y administrativas).

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Hoy día vivimos en una sociedad donde el modo de producción imperante es el capitalista, ya que las relaciones sociales están determinadas por el Capital y existe la propiedad privada de los medios de producción.

En esta sociedad, el Estado funciona como un centro del poder político, donde se conjugan las relaciones de dominio y todas las contradicciones que coexisten al interior de la sociedad actual, entre las que destaca como fundamental aquella que hay entre capital y trabajo y que articula las relaciones sociales en el modo de producción capitalista. De esta contradicción principal surge también la clase que puede romper con la tiranía del capital sobre el trabajo: la clase obrera.

De modo que el Estado actual funge como una maquinaria que permite el funcionamiento y la reproducción del capital y, por lo tanto, de las relaciones de explotación y dominación en que se sostiene. En ese sentido, se comprende que dentro del conglomerado de clases sociales que se encuentran al interior de la sociedad capitalista se enfrenten principalmente dos de ellas: el proletariado y la burguesía, las cuales no pueden conciliar sus intereses y viven en franco antagonismo. Aunque la existencia de éstas no elimina la posibilidad de unas más, o incluso de fracciones y sectores al interno de ellas, todas las cuales van de acuerdo con el desarrollo de cada sociedad.

En el caso del Estado capitalista, la llamada comunidad ilusoria que se vive al creer que el Estado es para todos, en pro del interés común, y no que está a favor de una sola clase social, es producto de la aparente ruptura entre los procesos económicos y los políticos.

Por un lado, la economía parece funcionar con sus propias reglas, independientes, autónomas. La “mano invisible del mercado” es la que supuestamente permite cierto orden. Por el otro, en la política, la condición ciudadana se sustenta en una perspectiva individual (cada cabeza un voto) y en una supuesta igualdad entre votantes (todos tenemos derecho a elegir) que ocultan las relaciones clasistas y entramados que determinan la forma de vida de los individuos, aquellas raíces económico-sociales diferenciadas que llevan en los hechos a una constante desigualdad.

Debido a lo anterior es que equivocadamente se visualiza un Estado capitalista ajeno a la explotación y a la reproducción de las clases sociales, un espacio alejado de las pugnas antagónicas donde se resuelven las contradicciones de la sociedad civil y donde cada cual decide su forma de vida (sus condiciones económicas y sociales), así como ejerce su “voluntad política” de manera independiente sin coacción y sin influencia de las relaciones productivas.

Para evitar este carácter ilusorio del Estado, se hace necesario entonces comprenderlo desde una perspectiva histórica en la que se reconozca que se relaciona directamente con el modo de producción dominante en la sociedad, así como tener presente la manera particular en que se desarrolla en su forma actual, es decir, no sólo el aparato jurídico y legal apoyado en la burocracia y el ejército, sino también la manera específica en que se reproduce el capital. Sólo así se podrá develar el carácter de clase del Estado y se comprenderá la forma en la que lo podamos destruir.

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En relación al Estado mexicano, en particular, es importante señalar algunas de sus características. Por ejemplo, el Estado mexicano se consolidó, en las primera mitad del siglo XX, de la mano de un régimen basado en la hegemonía de un partido multiclasista que dio representación a todas las clases y sectores sociales que participaron en la lucha revolucionaria de 1910, a través de organizaciones corporativas, prebendales y clientelares: Los campesinos se organizaron en la Confederación Nacional Campesina (CNC). Por su parte, la mayoría de los sindicatos se concentró en una gran central, la Confederación de Trabajadores de México (CTM); y la burocracia, en la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE). Los pequeños propietarios, comerciantes, etcétera, fueron organizados en la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP). Aquellos sindicatos que defendieron su independencia (petrolero, minero, ferrocarrilero) fueron integrados al corporativismo a través de la represión. Todas estas organizaciones de masas formaban parte del partido en el gobierno, el PRI.

A grandes rasgos, se puede decir que el Estado mexicano basaba su legitimidad en mantener ciertos equilibrios entre sectores y clases sociales, que se expresaba a través de la institucionalidad priísta. En términos políticos, el partido en el gobierno toleraba, e incluso promovía, la participación de partidos de oposición de diferentes signos ideológicos. Sin embargo, mantenía un férreo control sobre la mayoría de la población.

En la segunda mitad del siglo XX, los rasgos autoritarios del Estado mexicano se hicieron cada vez más evidentes y creció de forma considerable el descontento social. Además, el salario comenzó a perder su poder adquisitivo, creció la inflación y la moneda disminuyó su valor. Asimismo, en las últimas décadas del siglo pasado, comenzaron a desmantelarse los derechos sociales ganados por las luchas de los trabajadores.

Si revisamos la historia de nuestro país y cómo fue consolidándose el Estado mexicano, podemos ver dos de sus principales características: por un lado, su capacidad de cooptación: a través del corporativismo, la prebenda, la corrupción y los programas sociales (que llevan al pueblo lo que debería ser un derecho en forma de “ayuda” o “asistencialismo” del gobierno en turno); y por otro lado, su carácter autoritario: escondido detrás de una careta institucional y de gobiernos civiles que, sin embargo, de manera sistemática ocupan la fuerza del Estado para reprimir las luchas del pueblo, ya sea utilizando instituciones legales y especializadas como el ejército y la actual Policía Federal o creando grupos paramilitares, así como a través de prácticas propias del terrorismo de Estado como la tortura y la desaparición forzada.

Pensamos que en el reforzamiento de este carácter autoritario del Estado mexicano se ha sostenido la ofensiva, de la clase dominante en nuestro país, para avanzar en las políticas que quitan a los trabajadores los derechos que habían conquistado, como ocurre hoy día con la recién aprobada reforma laboral. También mediante él se pretende solucionar la crisis política que actualmente se vive, es decir, vemos que las instituciones del Estado y su personal administrativo (el gobierno junto con los políticos y sus partidos), encargados de mantener y reproducir el dominio de los grupos monopólicos en México, enfrentan una fuerte crisis de legitimidad, como quedó expuesto en la pasada coyuntura política en torno al proceso electoral.

Sin embargo, se trata de una crisis política que no debilita o pone en riesgo el poder político que detenta la clase dominante; la que, por el contrario, se mostró fuerte y cohesionada en la defensa de sus intereses.

De este modo, se puede decir que el Estado burgués mexicano hoy día reafirma el predominio abierto de la burguesía sobre la mayoría de la población a través de la reducción de derechos laborales y sociales, por un lado, mientras que aumenta el poder de sus aparatos represivos, por el otro.

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Finalmente y con base en la argumentación anterior: ¿de qué hablamos cuando hablamos de poder? en primer lugar, decimos que nos planteamos la cuestión del poder a partir de la sociedad en la que vivimos, la sociedad capitalista. Siendo ésta una sociedad dividida en clases: “a la modalidad particular de relación de poder que se establece entre clases dominantes y clases dominadas llamamos poder político, y éste se entiende como la capacidad de las clases sociales de llevar adelante sus proyectos e intereses en tanto clase”. Si bien es una red de relaciones sociales que se reproducen desde todos los ámbitos de la sociedad, se trata de relaciones que se condensan en el Estado. Hablamos, pues, de un poder centralizado que se ejerce en y desde el Estado.

Entonces: ¿quién detenta el poder político? La burguesía o la clase dominante, podemos responder en términos generales; sin embargo, al momento de definir nuestra estrategia política se hace necesario especificar qué clases, fracciones y sectores integran a esta clase dominante en México. De igual manera, no basta con saber quién tiene el poder, sino que es fundamental saber cómo lo ejerce. Debemos tener claro en nuestro quehacer político cómo domina la clase dominante hoy día en nuestro país.

¿Qué significa, entonces, tomar el poder? Tomar el poder, pensamos, es apenas el inicio de la revolución, no es llegar al gobierno. Sin embargo, no se podría decir que se tiene el poder sin tener el gobierno (aunque ha pasado, como en la revolución cubana, que primero se tuvo el poder y luego se conquistó el gobierno). Es decir, tomar el poder significa tener la fuerza, como clase proletaria, de imponer nuestros intereses y aspiraciones, así como nuestro proyecto político, concebido en dos fases indisolubles: el socialismo-comunismo.

¿Cómo se construye una nueva relación de fuerzas a favor de los dominados? Desde la organización y la lucha clasista, independiente y de base de cada uno de los sectores que integran el proletariado y en cuyo horizonte político se contemple la transformación radical de la sociedad capitalista.

Tomar el poder, pues, no es la mítica toma del palacio de invierno. En términos poéticos es tomar el cielo por asalto, pero en la realidad objetiva significa estar en condiciones de crear nuevas relaciones de fuerza a favor de los sectores dominados. Tomar el poder es apenas el inicio de la revolución, no es fin del conflicto o de los enfrentamientos de clase. No se trata de ocupar la actual maquinaria del Estado burgués mexicano y ponerla al servicio de los explotados, sino de barrer esa vieja maquinaria y, como un primer paso, construir un Estado de nuevo tipo, en donde el proletariado y sus aliados sean la nueva clase dominante. Como Partido Comunista de México ésta es nuestra tarea.


[1] Vladimir Ilich, Lenin, “El Estado y la Revolución”, en Obras Escogidas en Tres Tomos, Tomo 2, Moscú, Editorial Progreso, 1960, p. 358

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