Votar… o no votar…Esa no es la cuestión

El estado y la revolución

(Ponencia en la Conferencia de organización sobre la caracterización del Estado en México)

Andrés Avila Armella

Los marxistas tenemos claro que la política no es una esfera autónoma de la lucha de clases y de la realidad social, se trata fundamentalmente del terreno dentro del cual se da la disputa por el poder entre grupos, representantes de las clases, o fracciones de clase, organizados para dicho fin. Dentro de la política como en la guerra, sin embargo, existe un elemento permanente derivado de la necesidad de las partes contrarias de ocultar algunos de sus aspectos al enemigo, así como mostrarse sólo en aquellos que al combate resultan favorables.

Así pues, podríamos decir que existe una política real y una aparente, la primera, referente a la lucha por el poder entre las clases y fracciones de clase, y la segunda que no es más que una vestimenta de la primera, en la cual la lucha por el poder se confunde con la legitimación de los métodos reconocidos por el Estado para ello, y con disputas intrascendentes que se producen entre grupos de burócratas.

Pero volvamos al punto, como marxistas tenemos que tener permanentemente claro que la lucha por el poder, la política, no surge de la generación espontánea sino de la misma estructura económica, los grupos pelean por el poder en aquellas sociedades en donde existen intereses contradictorios al interior de las mismas, las cuales imprimen la necesidad social del combate entre fuerzas opuestas; dicho combate, tiene su mayor grado de expresión en la lucha de clases, toda vez que son las clases sociales las que encierran en sí mismas los grados máximos del antagonismo en la sociedad.

Así pues, lo necesario a entender, para descifrar las características de la lucha política, son las contradicciones que se generan en la estructura económica y la forma en que ellas impactan la formación, consolidación o fuerza de grupos organizados con fines políticos. Prescindiendo de este método simplemente seremos víctimas ingenuas del engaño perpetrado por los profesionales de la manipulación política.

La política burguesa por tanto se aplica en dos direcciones, relacionadas ambas con la esencia y apariencia de la política.

-La política de la burguesía gira de manera esencial y fundamental, en la conservación del poder burgués; es decir, es la política organizada por la clase en el poder, la cual le permite seguirse beneficiando del trabajo ajeno, así como construir su hegemonía dentro de la sociedad capitalista. Toda vez que esta es su esencia, dentro de la política burguesa cabe una diversidad de métodos, estilos y particularidades de las formas superficiales de practicar la política.

Dentro de la política burguesa se da también la disputa entre fracciones de la misma por la apropiación de la ganancia, generada en el proceso de producción de plusvalía. La diferencia de opiniones, a veces apasionada entre fuerzas organizadas de la burguesía, deriva precisamente de la disputa por la ganancia capitalista, aunque también existen diferentes formas de entender la política de su clase, es decir, la burguesía también discute entre sí, acerca de los métodos idóneos para dominar a los explotados.

-La política burguesa muestra una cara ante la opinión pública, es decir, funciona como un elemento de apariencia en donde simula invitar al resto de las clases sociales a participar del poder, concediéndoles incluso el término de “ciudadanos”. Sin embargo lo más trascendente en la política pública de la burguesía no es tanto lo que ahí se dirime, sino más bien lo que ni siquiera entra como punto de discusión. El carácter esencial del poder y de la explotación.

En esa lógica, la burguesía concentra la atención de los explotados en la parte menos importante de la política, evitando así una participación real, como clase, en la disputa por el poder. Desde el discurso burgués, no existe la lucha por el poder entre clases, sólo entre los llamados “partidos políticos”, distorsionando con ese supuesto toda concepción seria sobre la política. Ni siquiera los teóricos liberales de la política burguesa han sido capaces de reducir su concepción a grados tan caricaturescos como los manejados en el México contemporáneo.

De esta forma ha llegado a construir el supuesto ideológico, generalizado entre la mayoría de la población, de que política es igual a procesos electorales, haciendo que todos persigan la manzana podrida mientras la titularidad del manzano no es puesta a discusión.

Como partido, retomando no sólo nuestra propia experiencia, sino la de un sinnúmero de movimientos, luchas y demás situaciones a nuestro alrededor, hemos podido comprender que en México ninguno de los llamados “partidos políticos” representa los intereses de nuestra clase, y hemos podido constatar en gobiernos federal, estatal y municipal, el cómo independientemente del partido en el gobierno, los fines son exactamente los mismos y los métodos tampoco difieren gran cosa. Hemos podido recoger el rechazo que grandes y combativos sectores del pueblo trabajador hacen contra cualquier partido político.

Movimientos cercanos a nosotros como lo fue el CGH, el del FPDT de San Salvador Atenco, o de la comunidad indígena de Cherán, han compartido con nosotros y reforzado dicha conclusión. La experiencia no podemos ignorarla; la hemos repasado, junto con los argumentos una y otra vez, y sería una tremenda contradicción el tratar de engañarnos a nosotros mismos. En el sistema político mexicano no hay izquierdas y derechas, sólo un grupo de burócratas con ética de mercenarios y mercaderes, fieles todos a la burguesía e interesados simplemente en extraer jugosos beneficios de sus servicios hacia ella.

Argumentos históricos y coyunturales nos sobran para explicar el porqué como Partido Comunista de México, no participamos en el proceso electoral concreto de nuestro país, sin embargo aún en medio de la claridad puede permanecer cierto grado de confusión. Sobre todo a la hora de concretar la táctica del Partido y de traducirla en acciones concretas. Por ejemplo, en nuestro programa está claro que el papel de nuestra organización no es acercar a los trabajadores a la participación electoral en las actuales circunstancias, tanto por las características del Estado mexicano como por las de las fuerzas contendientes en el proceso electoral. Sin embargo eso no resuelve el asunto de ¿qué hacer ante los procesos electorales?

En algún momento de nuestro desarrollo político nos convertimos en promotores de la abstención, asumiendo que el papel de la izquierda anticapitalista en México era generar un clima, por decirlo así, anti electoral; sin abundar mucho en los detalles de dicha experiencia, solo he de comentar que esa dinámica reveló un sinnúmero de contradicciones que resultaron difíciles de debatir, sobre todo por generar entre algunos activistas la sensación de haber descubierto una fórmula en donde a mayor grado de rechazo hacia las elecciones, mayor valor revolucionario tendría algún individuo u organización. El asunto sin embargo es más complejo. Otro aspecto es que al final de cuentas, en aquella experiencia, terminamos por concederle una importancia al tema electoral que en realidad no tiene.

Lo que más ha lesionado a la organización clasista independiente, es precisamente el hecho de que cada proceso de construcción, es abandonado en función de un proyecto ajeno a nuestra clase, canalizando nuestros limitados recursos y energías a una lucha que no es nuestra y de la cual no cosecharemos nada. Lo cual implica así mismo su contrario, esa misma desviación de recursos y energías puede ser dilapidada inútilmente promoviendo la abstención.

La tarea de todo revolucionario es hacer la Revolución, nos orienta la estrategia en donde la toma del poder por parte del proletariado organizado con el resto de los explotados, pueda asentar las bases de la transformación estructural de la sociedad, con miras al comunismo. Nuestro afán debe ser concentrarnos en la política real y perder menos tiempo hablando, mirando u opinando sobre la política aparente. Al final de cuentas votar o no votar … no es la cuestión; poco altera la correlación de fuerzas en la lucha de clases si la gente vota o si no lo hace, si quiere intentar darle una oportunidad más a la democracia burguesa de resolver aunque sea mínimamente alguna inquietud. Así pues, está claro que no nos corresponde a nosotros llamar a los trabajadores a votar, ni mucho menos a hacerlo por algún grupo de burócratas en particular, pero tampoco es sensato confrontarlos si lo hacen. Lo que nos corresponde es dar la batalla ideológica en donde a través de la argumentación fundamentemos que por esa vía no se resolverán los problemas populares ni serán satisfechas sus aspiraciones, construir opciones organizativas y de lucha, y ser la parte más decidida, consciente y resuelta del proletariado en la lucha revolucionaria.

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