Sobre el 1 de Diciembre

PARA BLOGCarlos López

El sábado 1 de diciembre se vivió una de las jornadas de lucha más importantes de los últimos años. El centro de la Ciudad de México se convirtió en el escenario de una batalla frontal entre las fuerzas represivas del Estado, y diversas organizaciones sociales que salieron a manifestar su rechazo a la imposición de Enrique Peña Nieto como presidente de la República. A diferencia de otras movilizaciones, que transcurrieron con relativa calma, la del 1 de diciembre se desarrolló entre gases lacrimógenos, balas de goma y detenciones arbitrarias.

El grado de violencia que ejercieron las policías federal y local es injustificable. A medida que pasan los días, aparecen en la red múltiples testimonios videograbados y fotográficos que dan cuenta de una gran cantidad de violaciones a los derechos humanos. En los videos se puede ver a agentes de la fuerza pública disparando latas de gas lacrimógeno y balas de goma directamente al cuerpo de los manifestantes; se puede ver la participación de porros y provocadores infiltrados en la protesta, actuando en coordinación con los mandos policiacos; se puede ver a granaderos del Distrito Federal deteniendo a ciudadanos que se manifestaban pacíficamente después de que terminaron los enfrentamientos; se puede ver que la represión fue brutal, aunque los grandes medios electrónicos e impresos hayan dicho lo contrario, o nada en absoluto.

Los videos y las fotografías, sin embargo, no muestran todo lo que ocurrió el 1 de diciembre. No muestran, por ejemplo, la dimensión política de las protestas. Nadie puede negar que en estos tiempos se han acumulado los agravios. La lista es muy amplia, pero la elección presidencial, la represión a los estudiantes normalistas de Michacán y la reciente aprobación de la reforma a la Ley Federal del Trabajo, por su importancia, bastan como ejemplos. Así, nos encontramos en un escenario completamente adverso, en el que el autoritarismo va cancelando una por una las vías de participación política dentro del orden estatal. Por otra parte, la pobre capacidad de respuesta que ofrecen las organizaciones de la pequeña burguesía anula cualquier posibilidad de su integración con otras fuerzas populares. Además, el movimiento obrero aún no tiene la capacidad para convertirse en la vanguardia que dirija organizativa, ideológica y políticamente, a las demás clases y sectores sociales contra el Estado. El resultado es la convergencia temporal de muchas líneas de acción política, de distintos métodos de lucha, que derivan casi invariablemente en una división aún mayor dentro y fuera de la coyuntura.

Basta señalar que, mientras la policía del DF cargaba contra la Acampada Revolución, uno de los voceros del movimiento #YoSoy132, entrevistado por Carmen Aristegui, deslindaba al movimiento de cualquier acto violento que hubiera ocurrido durante la jornada, reduciendo los hechos a un acto de provocación. Esa posición oportunista no muestra más que un enorme desprecio por toda la gente que participó en la movilización, y al mismo tiempo sirve para justificar la represión en contra de otros colectivos y organizaciones, pues establece una distinción fáctica entre grupos “violentos” y “pacíficos” en una acción de frente común como la del sábado. En este sentido, se debe reconocer, incluso en el disenso, la participación de colectivos que actuaron de la manera que creyeron más conveniente de acuerdo a su propia lectura política de las circunstancias; por lo tanto, es necesario no confundirlos con provocadores. Hacerlo significar quitarle a su lucha cualquier sentido político, invalidar su legitimidad y convalidar, en los hechos, todos los actos represivos de los cuales fuimos testigos.

Los provocadores, en efecto, ahí estuvieron, pero sus acciones no buscaban confrontar a la policía, sino montar el escenario mediático necesario para criminalizar una protesta legítima, justificar las detenciones arbitrarias y generar un clima de incertidumbre en el que la opinión pública queda condicionada a la información que distribuyen los medios masivos de comunicación. Los responsables directos están a la vista de todos, y la lista la encabezan Marcelo Ebrard, Enrique Peña Nieto, Miguel Ángel Osorio Chong, Manuel Mondragón y Kalb, Felipe Calderón Hinojosa, Genaro García Luna, el Estado Mayor Presidencial y todos los mandos policiales que organizaron y ordenaron el operativo, así como los agentes de las distintas agrupaciones que participaron en él. Sus cómplices son los medios de comunicación masiva que deliberadamente tergiversaron los hechos, y que pretenden deslegitimar la lucha del pueblo contra sus opresores.

Por último, el mensaje que mandaron los gobiernos federal y de la Ciudad de México, uniéndose a los de Michoacán, Jalisco, Veracruz y muchos otros que tienen un largo historial de acciones represivas, no puede ser más claro: desde este momento se va a echar mano de la fuerza del Estado para disolver cualquier manifestación disidente que se considere inapropiada; cualquier atentado contra la propiedad privada, especialmente de las grandes cadenas de negocios, va a ser considerada como un atentado contra el Estado; los cargos que se les imputen a los detenidos, sean inocentes o no, pueden llevarlos a cumplir condenas de muchos años. En resumen: el objetivo es inhibir la organización y la protesta social a través del miedo y el autoritarismo.

Por el momento, lo más importante es conseguir que sean liberados todos los presos políticos que fueron detenidos durante las jornadas del 1 de diciembre.

¡Proletarios de todos los países, uníos!

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