Sobre el pensamiento revolucionario del Che

Carlos López

Uno de los aspectos más importantes dentro de la inmensa obra revolucionaria del Comandante Ernesto “Che” Guevara es su pensamiento político, o de manera más precisa, su pensamiento revolucionario. Por lo tanto resulta fundamental acercarse a la lectura de los textos en los que el Che plasmó sus ideas sobre la revolución en Cuba, el internacionalismo proletario, la construcción del hombre nuevo, y la lucha por la liberación de los pueblos del mundo, especialmente los de América Latina, frente al imperialismo yanqui.

Hay varios elementos en la obra escrita del Che que merecen ser objeto de análisis. Uno de ellos lo encontramos en un comentario sobre la famosa tesis de Lenin que señala: “sin teoría revolucionaria, no hay movimiento revolucionario”. Para el Che, esta frase de Lenin significaba que la teoría revolucionaria estaba determinada por la correcta interpretación de la realidad histórica y la correcta utilización de “las fuerzas que intervienen en ella”. Se podría decir que, desde el inicio de la Revolución Cubana, los términos teoría y práctica se articularon de forma tal que el desarrollo del proceso revolucionario iba dictando los postulados teóricos que, a su vez, servían para interpretar correctamente el proceso revolucionario. Este ejercicio dialéctico que culminó con el triunfo militar y político del “Movimiento 26 de julio” sobre la dictadura batistiana en 1959, fue resumido por el Che con las siguientes palabras: “Paralelos a los sucesivos cambios cualitativos ocurridos en los frentes de batalla, corren los cambios de composición social de nuestra guerrilla y también las transformaciones ideológicas de sus jefes”. En este sentido, el Che reconoce que el “26 de julio”, incluido su dirigente máximo: el Comandante Fidel Castro, no buscaban en un principio la instauración del socialismo en Cuba, sino que a medida que se desarrollaba la revolución, primero en su etapa armada y posteriormente desde el poder político, el movimiento y sus dirigentes ocuparon posiciones políticas, teóricas e ideológicas cada vez más avanzadas que los llevaron, obligadamente, a iniciar el proceso de construcción del socialismo en Cuba.

Por otra parte, la Revolución Cubana y el marxismo-leninismo funcionan dentro del pensamiento guevarista como los grandes paradigmas a través de los cuales el Che se propone impulsar la lucha por la liberación de los pueblos a nivel continental. Conocedor de la realidad latinoamericana, el Che observa al menos tres rasgos en común desde el Río Bravo hasta el polo Sur. Estos rasgos son la proliferación del latifundio, la dominación imperial en términos políticos y económicos de los Estados Unidos, y el subdesarrollo económico de todos nuestros países, determinado por “un producto único cuya incierta venta depende de un mercado único [los Estados Unidos] que impone y fija condiciones”. La articulación de estos tres elementos da por resultado que proliferen los bajos salarios y el desempleo, lo cual forma un círculo vicioso que, a su vez, constituye el común denominador de América Latina: “el hambre del pueblo”. El reconocimiento de este común denominador como condición objetiva para el surgimiento de la lucha revolucionaria, sin embargo, es insuficiente para generar una revolución. Hace falta el desarrollo de otras condiciones, éstas de carácter subjetivo, “de las cuales la más importante es la conciencia de la posibilidad de la victoria por la vía violenta frente a los poderes imperiales y sus aliados internos”, según las propias palabras del Che. Por lo tanto, para el Comandante: “la posibilidad de triunfo de las masas populares en América Latina está claramente expresada por el camino de la lucha guerrillera, basada en el ejército campesino, en la alianza de los obreros con los campesinos, en la derrota frontal del ejército, en la toma de la ciudad desde el campo”.

En uno de sus artículos más importantes, “Guerra de guerrillas: un método”, fechado en septiembre de 1963, el Che abunda en el estudio de la “lucha guerrillera” a partir de la “Segunda Declaración de La Habana” y El Estado y la Revolución, de Lenin. En este texto derriba una de las críticas más difundidas entre algunos de sus detractores de izquierda, quienes consideran que la revolución sólo puede desarrollarse a partir de la acción organizada de las masas obreras y no a través de guerra de guerrillas, la cual estaría determinada por el carácter “pequeñoburgués” del campesinado (con la bandera de la propiedad de la tierra) y el valor individual del guerrillero. En contrasentido, el Che señala que “la guerrilla es la vanguardia combativa del pueblo, situada en un lugar determinado de algún territorio dado, armada, dispuesta a desarrollar una serie de acciones bélicas tendientes al único fin estratégico posible: la toma del poder. Está apoyada por las masas campesinas y obreras de la zona y de todo el territorio de que se trate. Sin esas premisas no se puede admitir la guerra de guerrillas”. Esta concepción popular de la guerra de guerrillas que incluye a los obreros como uno de los factores determinantes para la elección del método guerrillero no se puede perder de vista en ningún momento, pues corresponde a un problema mucho más amplio que puede ser definido como: “el problema del poder revolucionario”. Luchar sin plantearse este problema, según el Che Guevara “es luchar por retornar a cierto orden dictatorial preestablecido por las clases sociales dominantes: es, en todo caso, luchar por el establecimiento de unos grilletes que tengan en su punta una bola menos pesada para el presidiario”. Bajo esta dimensión clasista de la lucha armada, habría que revisar otros factores que determinaban, en el momento histórico particular desde el cual el Che se encuentra desarrollando su quehacer revolucionario, la elección del método guerrillero como la vía adecuada a nivel latinoamericano.

Estos factores se pueden resumir en tres: la defensa militar que presentarían los opresores, ante lo cual era necesario oponer “un ejército popular enfrente”. Para el Che, el espacio que ofrecía mejores condiciones para el desarrollo de este ejército popular era el campo y no las ciudades. El segundo factor era “la situación general del campesinado latinoamericano y el carácter cada vez más explosivo de su lucha contra las estructuras feudales, en el marco de una situación social de alianza entre explotadores locales y extranjeros”. Por último: “el carácter continental de la lucha”. Este último punto consistía en la previsión de que el imperialismo norteamericano apoyaría, militar y económicamente, cualquier iniciativa destinada a acabar con una revolución que pusiera en peligro sus intereses en cualquier país de América Latina. Con esta perspectiva, el Che señalaba que “A la unión de las fuerzas represivas debe contestarse con la unión de las fuerzas populares. En todos los países en que la opresión llegue a niveles insostenibles, debe alzarse la bandera de la rebelión, y esta bandera tendrá, por necesidad histórica, caracteres continentales. La cordillera de los Andes está llamada a ser la Sierra Maestra de América, como dijera Fidel”.

Para dimensionar hasta qué punto las ideas políticas del Comandante Guevara han influido en los pueblos de Nuestra América, basta hacer un repaso por la historia del Siglo XX latinoamericano. En México, incluso, el grupo de combatientes encabezados por el profesor Arturo Gámiz que asaltaron el cuartel de Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, había adoptado el famoso libro Guerra de guerrillas del Che como su programa político. Por otra parte, el Comandante no se equivocó al predecir la ingerencia cada vez mayor del imperialismo yanqui frente a las luchas de liberación que emprendieron nuestros pueblos. Luchas sin las cuales, además, no se puede entender el largo camino que ha recorrido la América para conseguir el triunfo de algunos gobiernos progresistas en el continente durante los últimos años. Sin embargo, el socialismo y el comunismo aún deben construirse. Y es en la convicción de luchar por una sociedad justa e igualitaria donde se deja sentir con mayor fuerza el pensamiento y la obra revolucionaria del Che.

En este sentido, vale la pena rescatar, al menos, un par de definiciones que muestran claramente el carácter humanista de su pensamiento. La primera de ellas pertenece a otro de sus grandes textos: “El cuadro, columna vertebral de la revolución”, y se refiere al tipo de ser humano que debe dirigir cualquier proceso revolucionario. Para el Che, un cuadro es:

 un individuo que ha alcanzado el suficiente desarrollo político como para poder interpretar las grandes directivas emanadas del poder central, hacerlas suyas y transmitirlas como orientación a la masa, percibiendo además las manifestaciones que ésta haga de sus deseos y sus motivaciones más íntimas. Es un individuo de disciplina ideológica y administrativa, que conoce y practica el centralismo democrático y sabe valorar las contradicciones existentes en el método para aprovechar al máximo sus múltiples facetas; que sabe practicar en la producción el principio de la decisión colectiva y decisión y responsabilidad únicas; cuya fidelidad está probada y cuyo valor físico y moral se ha desarrollado al compás de su desarrollo ideológico, de tal manera que está dispuesto siempre a afrontar cualquier debate y a responder hasta con su vida de la buena marcha de la revolución. Es, además, un individuo con capacidad de análisis propio, lo que le permite tomar las decisiones necesarias y practicar la iniciativa creadora de modo que no choque con la disciplina.

 Todas estas características deben, en el pensamiento político del Comandante, sintetizarse en un mismo hombre. Y sin duda alguna podemos asegurar que él mismo, como jefe militar y dirigente político de la Revolución Cubana, las sintetizaba, demostrando siempre con el ejemplo lo que podía pedirle a los demás.

La otra definición que no se puede dejar pasar es la del “hombre nuevo”. En su respuesta a Carlos Quijano, conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba”, el Che plasmó una de sus ideas más brillantes sobre la necesidad de que los movimientos revolucionarios formaran hombres con características morales totalmente distintas a las que promueve el capitalismo. En este sentido, señalaba: “En nuestro país, el error del mecanicismo realista no se ha dado, pero sí otro de signo contrario. Y ha sido por no comprender la necesidad de la creación del hombre nuevo, que sea el que represente las ideas del siglo XIX, pero tampoco las de nuestro siglo decadente y morboso. El hombre del siglo XXI es el que debemos crear, aunque todavía es una aspiración subjetiva y no sistematizada.” No está demás señalar la humildad de las palabras del Che, para quien el hombre nuevo, a pesar del triunfo de la revolución, aún estaba por crearse.

La tarea sigue pendiente, pero no podemos dejar de luchar, al menos, hasta que en cada una de nuestras acciones empiece a construirse ese hombre.

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