El Che, un símbolo

Célula José Carlos Mariátegui

A 45 años del asesinato de Ernesto Guevara, el Che, nos interesa escribir unas líneas acerca de él, sobre lo que su vida y labor han significado para los pueblos del mundo.

La contribución teórica y práctica del Che en las tareas revolucionarias fue vasta: su comprensión de la teoría y su capacidad para llevarla a lo concreto, su afán de instrucción y buen ejemplo, su constante estudio, su amor por la humanidad, su ánimo internacionalista, su fortaleza física y mental, pese al asma que padecía, etcétera, lograron posicionarlo, aún en vida, como un cuadro y un dirigente consolidado que hizo eco incluso en otras latitudes.

Lejos de Argentina e incluso de Cuba, su imagen comenzó a volverse la del revolucionario ejemplar para todos aquellos que, con esperanza en el futuro, volteaban a Latinoamérica para descubrir que transformar la sociedad y empezar a construir al hombre nuevo sí era —y es— posible.

Por ello es que su muerte se convirtió en un golpe duro para los luchadores sociales. Sin embargo, la guerra no estaba perdida. La revolución cubana seguía adelante con un proyecto ambicioso y complicado, pero honesto, real, esperanzador para toda la región. Fue así que su muerte no se convirtió sólo en llanto, sino también en más lucha. Su ser revolucionario se halló de pronto lejos de su corporeidad. El Che se hizo un símbolo del ser revolucionario, de la necesidad de luchar, de quien lo da todo por un objetivo justo y, sobre todo, necesario.

Sin embargo, esta visión no fue —ni es— compartida del mismo modo por toda la gente. Claro que hay quienes, según sus intereses y posición social, no lo miraron con orgullo ni admiración; pero también, más recientemente, hubo quienes decidieron ocupar su símbolo, la idea revolucionaria, para obtener ganancias económicas de una forma que se aleja totalmente de las acciones y posiciones del Che, y hubo incluso quienes, sin tener claridad sobre el asunto, tomaron el objeto (una chamarra de la marca Furor, por ejemplo) y convirtieron al símbolo revolucionario en un producto más, en una moda y no en una posición política, en una lucha, o en un proyecto de vida.

Así, el Che, como símbolo, ha sido arrancado por algunos de su significado original, ha sido rechazado por otros, pero también ha sido enarbolado por muchos, muchos más, de todas partes del planeta: luchadores sociales, organizaciones, revolucionarios que reconocen en él un ejemplo a seguir, un hombre admirable, un revolucionario que, aún hoy, 45 años después, nos invita a reflexionar y a actuar, a transformar nuestro mundo como él logró hacerlo con el suyo. Éste es un proceso largo, pero vale la pena lucharlo y, por eso, hoy más que nunca, repetimos: “En honor al Che, menos camisetas y más revolución.”

Porque “los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”, el Che, su lucha, su símbolo, siguen vivos.

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