Reforma laboral: hay que seguir luchando

Job Hernández

I

La reforma laboral se está haciendo en detrimento de la inmensa mayoría de los mexicanos. Dos terceras partes de la población económicamente activa son trabajadores asalariados. Si a estos se suman los llamados “trabajadores por cuenta propia” y los “informales” resulta que quienes nos ganamos el sustento con el sudor de nuestra frente, día a día, somos casi todos, excepto un reducidísimo número de patrones. Incluso, si tomamos en cuenta que el mercado interno depende grandemente del consumo de los trabajadores, muchos pequeños comerciantes verán reducidas sus ventas y sus ingresos se desmoronarán en un plazo no muy largo. Este tipo de negocios no exportan sus mercancías o servicios, de tal manera que su suerte está íntimamente ligada a lo que sucede con los ingresos de los trabajadores nacionales.

De la misma forma, se está hipotecando el porvenir de generaciones futuras, que encontrarán condiciones absolutamente desfavorables para vender su fuerza de trabajo. Obviamente, también la inmensa mayoría de los universitarios, por ejemplo, tiene como destino ingresar a la población trabajadora, muy a pesar de los cuentos rosas de que “teniendo estudios” se puede ascender en la estructura de clases para hacernos “empresarios” y “emprendedores”. Por tanto, lo que se discute hoy en día en el Congreso y en la calles incumbe directamente a los estudiantes, que deberían ponerse las pilas rechazando la eliminación de derechos que mucha falta les hará en el futuro.

Los únicos beneficiados serán los grandes monopolios que buscan ensanchar sus ganancias por la vía fácil del incremento de la explotación, abaratando la ya de por sí barata fuerza de trabajo mexicana. A este tipo de grandes capitales le importa poco lo que suceda con el ingreso de los trabajadores nacionales: sus mercancías y servicios se consumen sobre todo en el exterior. De manera que ven a sus trabajadores como productores a los que hay que exprimir lo más posible, sin importar lo que les suceda a estos mismos trabajadores como consumidores. A esta fracción del capital le importa un bledo lo que suceda con el mercado interno: de la economía mexicana sólo quieren mano de obra barata. Entre más barata mejor. Sobre todo porque en esto fundan su “competitividad” frente a otros capitales asentados en otras zonas de la economía mundial. Un poco de estas intenciones de la reforma laboral se dejan ver en las declaraciones de algunos de los personeros del capital en México: la reforma laboral tiene carácter de “preferente” porque les urge que fluyan las inversiones atraidas por la mano de obra barata. En su aspecto económico, como dice el desfachatado Beltrones, “la reforma laboral no crea empleos, pero facilita las inversiones…”. La da mejores condiciones a los grandes capitales extranjeros y mexicanos para embolsarse más millones de ganancias a costa del deterioro de los ingresos de millones de trabajadores mexicanos.

Justamente es el capital monopolista el que tiene en sus manos las riendas del estado mexicano. A él responden los tres poderes de la república. Es notable que algunos de los más apresurados diputados, incluso hayan sido directamente empleados de estos consorcios, como Antonio Cuéllar Steffan, asesor jurídico de Televisa entre 1993 y 1998. No hay ninguna distancia entre los “intereses de estado” y los “intereses del capital”, haciendo que hoy en día sea bastante evidente una de las apreciaciones más certeras de la ciencia política proletaria: el estado no es más que una junta que administra los negocios comunes de la burguesía. Por supuesto, todos los legisladores son, en última instancia, empleados del capital, incluyendo a esos eternos verdugos de la clase obrera mexicana que son los líderes charros de la CTM al estilo del diputado Carlos Aceves Olmo. Pero lo característico en la actualidad mexicana es que lo son directamente, de tal manera que no existen mediaciones y los intereses de los grandes consorcios se expresan directamente en los tres poderes de la unión, haciendo innecesario, por ejemplo, el famoso “cabildeo” propio de la política norteamericana o la antigua negociación que era necesaria en el viejo régimen priista revestido de la condición de “estado de todo el pueblo”. Los intereses del capital están directamente representados en el Congreso y son, por desgracia para los trabajadores, absolutamente preponderantes.

II

En estas condiciones la batalla legal para detener la reforma laboral está perdida. En el Congreso no se expresan de ninguna forma los intereses de la clase trabajadora, ni siquiera como esa minoría parlamentaria que a veces es necesaria para dar una fachada democrática al régimen. Y quienes tenían fincadas sus esperanzas en la oposición de los diputados priistas han visto como estas ingenuas suposiciones se desvanecieron en los últimos días. Sobre todo porque finalmente ha quedado demostrado que la reforma laboral no va contra los añejos privilegios de las direcciones sindicales charras sino contra los derechos de sus agremiados de base, lo que se expresa en mantener sin cambios el Artículo 371 de la Ley Federal de Trabajo. Los privilegios han quedado, como siempre, a resguardo, a manera de paga expedita por los servicios prestados. Estos personajes, como siempre, vendieron a sus agremiados: mientras no se vean obligados a rendir cuentas en el manejo de los recursos públicos que se les transfieren, y mientras la elección de las dirigencias y mesas directivas de esas organizaciones gremiales no se ponga a consideración del voto libre, directo y secreto de sus base, para ellos todo va bien. Esas dos piedritas se les eliminaron y ya nada les molesta de la reforma laboral. Votarán a favor sin dilación en ambas cámaras ¡y que el cielo se caiga a pedazos para los trabajadores los tiene sin cuidado!

De manera que la trayectoria de la reforma laboral es predecible. Sucederá lo que ha sucedido en los últimos años: se aprobará en la cámara de diputados, instando a los trabajadores a que no desesperen porque tienen otro chance en la cámara de senadores. En el paso de un mes será aprobada también en la cámara de senadores y se dirá que toda inconformidad debe ser conducida por los cauces legales, presentando un recurso en la suprema corte. Y ya sabemos como opera la suprema corte como órgano de última instancia y arbitro inapelable: montará un show que muestre a los ministros discutiendo “racionalmente”, sopesando todos los argumentos para finalmente decidir que “lo mejor para la nación” es amoldarse a lo que es mejor para los patrones. Y con esto se corroborá, una vez más, que en la democracia de los patrones el voto de media docena vale más que el voto de millones de inconformes.

Por supuesto, esto no es un llamado a no dar esa batalla con la posición pesismista de “para que peleamos si de todos modos la van a aprobar”. Sobre todo si se desarrolla en las calles, a manera de presión sobre estos órganos de estado esta batalla es ineludible. Pero es muy diferente ir a esta batalla sabiendo de antemano cuáles son los intereses a los que responden estas instancias estatales, que ir a la pelea con la cándida suposición que allí nos van a escuchar, anulando la reforma que durante años han deseado los patrones. En este sentido, los comunistas podemos acompañar esta lucha, pero dejando claro esto y llamando la atención sobre el curso probable de los acontecimientos, sin callar la verdad por muy dolorosa que parezca.

Honestamente hay que decir que, pase lo que pase en el congreso y en la suprema corte, la lucha será larga y dura. Aún en el improbable caso de que en esta ocasión no se apruebe, los patrones no van a quitar el dedo del renglón y estarán despiertos espiando la mejor ocasión de lograr su objetivo. Los trabajadores mexicanos deben preparase para esta lucha que, seguramente, es la madre de todas las batallas relacionadas con las llamadas “reformas estructurales”.

Como siempre, anticipar los acontecimientos puede ayudar a definir con claridad qué hacer, de una manera más efectiva que si nos engañamos nosotros mismos y nos refugiamos en el cómodo sillón de la “confianza en las instituciones”. Todo indica que la reforma laboral sólo puede ser detenida con una fuerza extraparlamentaria de grandes proporciones, muy organizada y audaz, que amenace seriamente el orden establecido con medidas de presión en las calles y, sobre todo, en los centros de trabajo. El problema es que una fuerza de este tipo necesita algunas condiciones que están ausentes del panorama nacional en el plazo inmediato. Y no se pueden crear estos requisitos “por arte de magia”, de manera espontánea ni inmediata.

Precisamente, la clase trabajadora llega a esta pelea después de un prolongado desgaste paulatino de su fuerza, cargada de lastres entre los cuales pesa, sobre todo, el de las dirigencias corruptas y acobardadas. El movimiento de los trabajadores está fuera de condición para dar un combate adecuado. Padece una histórica falta de independencia de clase. No tiene ninguna instancia que centralice y coordine sus luchas. Las prácticas deshonestas de sus dirigencias le restaron apoyo en el conjunto de la población e, incluso, en una buena parte de la izquierda que se traga el cuento de que sindicalismo es igual a lo peor de lo peor y que el mundo sería mejor sin sindicatos. La negociación colectiva, y con ello la fuerza de los sindicatos, fue socavada de forma irresponsable por corrientes sindicales que auspiciaron los acuerdos personales con la patronal, antes que la defensa colectiva de los derechos asentada en una defensa de toda la clase y en principios lejanos de la mezquindad de estos grupos que todo lo hicieron pensando en intereses particulares. Y finalmente, los atributos históricos de la clase trabajadora que le daban orgullo de clase -su capacidad de dirección, por ejemplo- fueron minados desde filas “amigas” con toda suerte de charlaterías sobre el fin de la clase obrera, sobre nuevos y más interesantes “sujetos sociales”, que contribuyeron a que hoy los trabajadores tengan que luchar prácticamente solos, rodeados de un vacío increible. En las marchas de estos días es notable la ausencia no sólo de los tradicionales intelectuales que siempre apoyan todas las “causas sanas”, con la notable excepción de los abogados laborales que parecen ser los únicos interesados e informados sobre el tema. También es notable la ausencia de los grupos “socialistas”, ajonjolíes de todos los moles, que ahora exhiben su falta de compromiso real con el discurso que tanto pregonan en centenares de publicaciones, dejando entrever su miedo a la revolución y su alergia a la clase trabajadora, la de carne y hueso y no la de sus libros.

III

Fueron muchos los que contribuyeron, consciente e inconscientemente, a debilitar la fuerza de los sindicatos mexicanos. Hoy el barco se hunde para todos. Como siempre, las ratas son las primeras en abandonar el barco y no faltará quien diga que “se hizo lo que se pudo y no hay más que hacer”. Nosotros persistiremos. El Partido Comunista tiene en el movimiento obrero y sindical el medio adecuado de su desenvolvimiento, el agua necesaria al pez. Y en la clase trabajadora en su conjunto, el Partido tienen la esperanza de un mundo mejor: no podemos abdicar de nuestra responsabilidad de estar al lado de los trabajadores en las duras y en las maduras. No podemos abandonar el puesto que nos ha tocado cubrir. Recibiremos el trago amargo de la reforma laboral para sacar las lecciones del caso y “tirar para adelante” en las nuevas condiciones que se generen con la entrada en vigor de este nuevo ordenamiento jurídico.

En estos días hemos visto no sólo la brutal embestida de la burguesía sino también la respuesta de la clase trabajadora, espontánea, poco coordinada, pero altamente valiosa. Varios sindicatos han hecho, cada quién por su lado, cortes de carretera, marchas, plantones y suspensión de labores. Un gran silencio se ha hecho a su alrededor para impedir que el resto de los trabajadores y las demás clases sociales vean al proletariado en movimiento. No es extraño que los medios oficiales callen al respecto. Un poco más extraño es que cientos de medios pretendidamente independientes no tengan una línea al respecto de la lucha que definirá el rumbo del país en los próximos años y que atañe a sus grandes mayorías. Parece que sólo el capital sabe en este país que es lo central, mientras la “crítica” deambula sin ton ni son entre miríadas de temas “de moda” y entre infinidad de causas particulares. Además, pocos han advertido el cambio de tono en la lucha política en México, que ha pasado de las reivindicaciones democráticas de la pequeña burguesía -lucha contra el fraude y la imposición y lucha por la democratización de los medios de comunicación- a los asuntos más relevantes de los derechos del trabajo en que se define cuánto llevaré a casa para que la familia tenga con qué librarla.

Adicionalmente, por estar ensimismada viendose el ombligo, la “crítica” no ha podido dar cuenta de un hecho trascendente de la historia nacional: la conformación del proletariado en clase y su acción propiamente política, no meramente gremial. Porque lo que sucede en estos días tiene años que no ocurría. No se trata sólo que ahora sí están en las calles miles de trabajadores y varios sindicatos se han movilizado como hace años no lo hacían. Se trata de un verdadero estado de emergencia, de una efervescencia general de la clase ante la amenaza. Y la batalla es de orden político porque el enfrentamiento es no con tal o cual patrón sino con la clase capitalista en su totalidad y con su estado.

Esta experiencia de lucha y la respuesta del estado serán detonadores de un salto en la conciencia de muchos trabajadores. Muchos cobraran conciencia de quiénes son los verdaderos dueños de los tres poderes de la unión y cuál es la conformación del poder bajo la “república democrática”, además de comprobar fehacientemente el desprecio de los políticos hacia los trabajadores. Durante casi cien años la dominación burguesa se ocultó bajo los ropajes ideológicos de un estado “tutelar” de la clase trabajadora, neutral en el conflicto de clase y conciliador del antagonismo capital-trabajo. Ese ropaje se ha hecho jirones y el estado se nos muestra en estos días desnudo: como un organismo en que sólo están representados los intereses de los capitalistas. Al advertir todo esto, de forma práctica, la clase trabajadora mexicana avanzará mucho más que con cien mil años de “prédica socialista”. Por eso, los días que estamos viviendo pueden tener un peso trascendental en la historia futura del país. Son días “luminosos y tristes” como lo son siempre los puntos de quiebre histórico. Y por esta naturaleza contradictoria, la batalla contra la reforma laboral se puede convertir en la primera estación de nuestra marcha al socialismo si masivamente los trabajadores conquistan su independencia política e ideológica.

 IV

Hay que seguir luchando contra la reforma laboral. Y hay preparanos para llevar la pelea hasta la última instancia, que no es la resolución de la suprema corte ni los tribunales internacionales sino el juicio de los trabajadores en lucha. La última palabra la tienen los trabajadores mismos: sólo ellos pueden abrogar, con un acto de fuerza, la “nueva ley” si en estos días es aprobada por diputados, senadores y ministros. Impuesta por un acto de fuerza por los patrones sólo una fuerza de mayor dimensión puede eliminar este escollo a nuestros derechos. Hablemos claro: como la burguesía nos enseña, no se trata de ver de lado de quién está razón sino quien tiene el sarten del estado por el mango. Somos mayoría y tenemos derecho a un gobierno en provecho de las grandes mayorías. Sólo una república del trabajo y no del capital puede garantizar la permanencia y la ampliación de los derechos laborales. La ruta es larga, llena de penosos esfuerzos, pero honestamente es la unica solución factible. Cualquier otra salida se ofrecerá como más fácil, pero será ilusoria.

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