Nos toca enfrentar al “chacal de Atenco”

Elecciones 2012. Como adelanto del número 2 de nuestro Periódico 30-30, que comenzará a circular los próximos días, ponemos a disposición  de los lectores tres artículos de opinión relacionados con las elecciones presidenciales y sus catastróficos resultados. Este es el primero de la serie. En los siguientes días subiremos los demás. Y recomendamos buscar la edición impresa del número 2 de nuestro Periódico 30-30, que contiene estos y otros materiales.

Job Hernández Rodríguez

La suerte está echada. Nos toca enfrentar al “chacal de Atenco”, Enrique Peña Nieto, ahora revestido de todo el “poder ejecutivo de la nación”, es decir, concentrando en sus manos los instrumentos más importantes para ejercer la dictadura de clase de la burguesía, pues es una dictadura y no otra cosa eso a lo que llaman “democracia”. De esos mismos recursos echó mano abundantemente Felipe Calderón. No podemos esperar menos de su sucesor, que ha demostrado ser de “gatillo fácil” y bastante inescrupuloso en el uso de la fuerza pública.

Contra los cándidos pronósticos de quienes creían que la burguesía podía optar por un gobierno de “conciliación” porque esto reportaba ventajas a su dominación y proporcionaba bases más sanas a la acumulación capitalista, se impuso nuevamente la mano dura. No fue posible que convencieran a los jerarcas de la economía de las ventajas de una “república amorosa” o de un “gobierno progresista”, al estilo de Venezuela, Bolivia o Brasil. En esto se puede adivinar cierta tozudez de la burguesía mexicana tomada en su conjunto, pero también la medida real de su fuerza que no ha sentido la necesidad de ceder terreno ni moderar sus impulsos.

Como sea, ésta no es una derrota para las auténticas fuerzas populares, ni mucho menos para nosotros los comunistas. Se trata, más bien, de una derrota para los reformistas y sus acompañantes oportunistas, a quienes hay que pedir cuentas por encauzar la inconformidad por el estrecho cauce de la lucha electoral. Todos ellos han fracasado nuevamente. Se toparon con que las elecciones no se ganan con buenas ideas ni con sanas intenciones, ni con entusiasmos de última hora como los del movimiento “Yo soy 132”, sino con poderes reales, fácticos, extraparlamentarios, en los que la burguesía siempre lleva la delantera y cuya destrucción desde la base es indispensable para siquiera plantear el reto de entrar en la disputa.

Así, el regreso del PRI a Los Pinos no se da por la nostalgia del “orden” de antaño ni por ninguna otra filia de tipo psicológica o cultural de los mexicanos, sino por la simple y sencilla razón de que el poder real del PRI jamás ha sido menoscabado: sigue anidado en la estructura social como la forma básica de la dominación burguesa en México. Su poder en la base y en las alturas no ha sido tocado ni con el pétalo de una rosa, por eso que entusiastamente se denominó “transición a la democracia”. No se trata, por tanto, de una “restauración” ni de un “retorno”, sino de la sanción legal de su permanencia como la institución central de la dominación burguesa en México. Y a la distancia vemos con mayor claridad que su salida de la presidencia en el 2000 era, paradójicamente, la condición indispensable de su sobrevivencia de largo plazo: antes de ser arrasado totalmente por fuerzas incontrolables, mejor pactó la “transición ordenada” en la que, por cierto, ha sido el factor determinante.

No se trata de ver si otra vez fue necesario el fraude o no: toda victoria electoral en México ha sido fraudulenta por tratarse del resultado de la compra del voto, de la asociación con el narco y los grupos de poder económico, del control corporativo de los trabajadores y campesinos. La elección no se decide el día de las votaciones. Está definida de antemano para la fuerza que logra conjuntar la mayor alianza al interior de los grupos de poder que controlan todos estos ámbitos, logrando convencer de las bondades que tendrá su gobierno para los negocios de cada quien.

Sabiendo eso, López Obrador intentó atraer a un sector de los poderes fácticos: se preocupó por ganar dos o tres votos decisivos de los que se multiplican por cientos de miles el día de la votación. Pero no lo logró. Y buscando eso, que implicó reducir el alcance de su programa, no ganó la confianza de sectores populares que no buscan endulzarles los oídos a los patrones, sino cobrarles los agravios de una buena vez. Sus asesores le aconsejaron mal, recomendándole la “república amorosa” para un pueblo que ha sido tratado con la punta del pie y que espera más valentía de quien pretende conducirle. ¿Ahora alegará fraude por unos días y nos invitará a no romper cristales, para finalmente mandarnos a nuestras casas a rumiar el coraje otros seis años?

Hay que aprender la lección. A la burguesía mexicana le gusta demasiado su dictadura disfrazada de democracia y no se ha dejado convencer por la pequeña burguesía “progresista” que le pide bajarle a la agresión y darle chance de aplicar pomada sobre las heridas. Por eso, en el Partido Comunista de México recomendamos propinarle la dictadura del proletariado: mano dura contra la burguesía y la más amplia democracia conocida hasta ahora para el pueblo, a través de la organización de los trabajadores que, desde cada uno de sus centros de trabajo, conforme un nuevo poder. No hay otra ruta posible.

¡Todo el poder a los trabajadores!

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