Notas sobre el proceso electoral

Andrés Avila Armella

A menos de una semana de que se realicen las elecciones presidenciales en México, se habla de una reñida competencia entre el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto y el del Movimiento Progresista, Andrés Manuel López Obrador. Aún quedan muchas dudas en el aire acerca de lo acontecido hace seis años, y por la poca confiabilidad de las encuestas, existen serias dudas acerca de quién aventaja en estos momentos la contienda, pero además, sigue siendo una incógnita, si en caso de ganar López Obrador, el resultado esta vez será respetado. Como podemos ver, muchas de esas dudas no pueden responderse con la precisión que nos gustaría, sin embargo, sí podemos anotar algunos rasgos esenciales del proceso, para luego, finalizado el mismo, retomarlos y dar una explicación más detallada.
Así pues, en este artículo hablaremos sobre algunas características generales de cuatro actores: El candidato del PRI, EPN; el candidato del Movimiento Progresista (PRD, PT, Movimiento Ciudadano), AMLO; Los candidatos restantes, Josefina Vázquez Mota y Gabriel Quadri, y el Movimiento “Yo soy 132”. Para al final dilucidar algunos de los elementos que permiten la interacción entre ellos a través de los rasgos esenciales de la lucha de clases.

Enrique Peña Nieto. El candidato “perfecto”


Desde hace siete años, cuando EPN, fue postulado para gobernador en el Estado de México, se fue construyendo su candidatura presidencial, la importancia económica y geográfica de la entidad más poblada del país, permitió que desde entonces su nombre fuera conocido a lo largo y ancho del territorio nacional, la suya entonces, fue una campaña mediática intensa, en donde el PRI, hacía uso de su estructura más sólida, postulando a uno de los hijos predilectos del conocido “grupo Atlacomulco ” para, desde ahí, reconstruir la imagen del PRI como un partido capaz de gobernar eficientemente y además con cierta legitimidad política, combatiendo mediáticamente el mito del político priísta mentiroso, corrupto, dinosáurico. De este modo, desarrolló una campaña caracterizada por la firma de compromisos ante notario público, enfatizando su voluntad de cumplirlos.
Una vez como gobernador, Peña Nieto, formó un grupo de burócratas y empresarios que pudieran dar, cuando menos en lo general, cumplimiento a sus compromisos firmados, la mayoría de los cuales se trataban de construcción de algún tipo de infraestructura, a la vez que “Grupo Televisa” se sumaba afanosamente a la campaña del mismo, aportando para él, a sus artistas más afamadas del momento para promocionar el “cumplimiento” de los compromisos de campaña.
Atenco y Peña Nieto
El 3 de Mayo de 2006, cuando apenas cursaba el primer año de su gobierno en el Estado de México, se le presentó una oportunidad; la posibilidad de protagonizar la represión en contra del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, así como del movimiento conocido entonces como “La Otra Campaña”, convocado y dirigido por el EZLN, el cual pretendía construir un bloque de fuerzas anticapitalistas organizadas por fuera de la política electoral. Es necesario decir que ni el FPDT, ni La Otra Campaña, resultaban en lo más mínimo del agrado de la burguesía en el poder, pero la legitimidad de ambos movimientos, había dificultado la represión. A tan solo dos meses de que se concretara la elección presidencial en la cual se perfilaba como favorito el candidato López Obrador, el Estado Mexicano, decidió dar una lección a la izquierda independiente, ordenando una ejemplar represión a los integrantes del FPDT, y a los elementos más decididos de La Otra Campaña.
Con bombo y platillo, tanto Fox como Enrique Peña Nieto, se adjudicaron orgullosos el haber dirigido un operativo que impusiera el “orden” y el “estado de derecho” en un territorio en donde la fuerza hegemónica era un movimiento popular independiente y con perspectivas anticapitalistas. Con ello, trataron de demostrar ambos, a la burguesía que los respaldaba, que no era necesario dar un giro hacia López Obrador, pues con elementos como ellos, el Estado Mexicano, tenía aún la capacidad de reprimir a los brotes radicales de inconformidad sin que esto les generara mayor problema de estabilidad política.
Ese golpe, no podemos negarlo, fue contundente, el FPDT, tuvo que encausar sus energías a liberar a sus principales dirigentes y por tanto dejar en un segundo plano la lucha por otras conquistas que se estaban planteando, además de alejarse un poco, cuando menos de manera masiva, del movimiento popular con perspectivas políticas anticapitalistas. La Otra Campaña, por su parte, nunca recuperó la fuerza con la que contaba en aquellos días y fue presa entonces de la inmadurez en que se encontraba en aquel momento, dejando en los hechos, de ser una amenaza política para el Estado Mexicano.

Con estos hechos, Peña Nieto logró ser el favorito de la burguesía, un político carismático, respaldado por un aparato burocrático que combina exitosamente la manipulación y la represión, impulsado por el grupo empresarial con mayor proyección en medios de comunicación en México y América Latina, Televisa. A diferencia de lo ocurrido hace seis y doce años, esta vez el PRI, como lo hacía antaño, construyó una candidatura unitaria, la elección interna no dilucidó sus pleitos y rivalidades por intereses de poder local, tan sólo se perfiló otro posible candidato priísta, Manlio Fabio Beltrones, pero este declinó a temprana hora sin hacer ningún comentario negativo en contra de EPN. La gran familia priísta retomaba su tradición de borrar sus diferencias ante las cámaras, luciendo unidad en los procesos electorales.
México llega al 2012 con relativa calma política, aún en medio de una guerra cuyos protagonistas representan la degradación moral y política del capitalismo y que ha costado más de sesenta mil muertos, pero a diferencia de hace seis años, no parece haber grupos, organizaciones, o movimientos con alguna perspectiva revolucionaria, con la capacidad de desestabilizar en el corto plazo al Estado Mexicano, por lo que la campaña presidencial arrancó y se desarrolló, en su primera etapa, sobre la sensación de ser solo un formalismo que legitimará la imposición burguesa de Peña Nieto en el gobierno, algo tendría que ocurrir para cambiar ese curso.

Andrés Manuel López Obrador. Tras dos campañas y una “presidencia legítima”

Como sucedió esta vez con Peña Nieto, AMLO había sido hace seis años el candidato perfecto, Jefe de gobierno de la capital del país, logró desde ahí proyectar a su persona y a su partido como un partido de “izquierda moderna”, sin rezagos marxistas que pudieran hacer sentir amenazada a la clase en el poder. López Obrador hizo de un grupo proveniente del PRI y que sin embargo no había sido parte del Frente Democrático Nacional en el 88, sino que incluso había sido en muchos sentidos brazo derecho del salinismo, sus operadores políticos; me refiero al grupo encabezado por el ex regente del DF, Manuel Camacho Solís, en donde milita el ahora Jefe de Gobierno Marcelo Ebrard. AMLO, mostró tener la capacidad de solucionar algunas demandas burguesas, combinando la cooptación y la represión, logró concretar algunos viejos proyectos de la burguesía en el DF, tal como la transformación del Centro Histórico de la Ciudad de México en un corredor turístico – comercial, proyecto trabajado con Carlos Slim, además de la construcción de infraestructura comercial y vial, con inversión pública y privada, el control de las organizaciones solicitantes de vivienda y de pequeños concesionarios de transporte, así como un sistema de seguridad pública relativamente más eficiente. Un gobierno que les rendiría cuentas a ellos y que cumpliera algunas demandas populares a través de programas sociales, pero que para realizarlos, no les pediría a los empresarios más contribuciones fiscales, sino que el dinero necesario para los mismos provendría de un abaratamiento de los gastos burocráticos de su gobierno.
AMLO, hace seis años, no tuvo tampoco contrincante interno, sólo Cuauhtémoc Cárdenas trató en un inicio de disputar la candidatura presidencial, pero al ver que las preferencias internas no le favorecían, tuvo que retirarse, aunque no lo hizo de forma muy fraternal, pues mediáticamente atacó la candidatura lopezobradorista. Lo importante a resaltar es que tanto el PRD, como sus partidos aliados, construyeron en unidad, y con tiempo de ventaja, la candidatura de López Obrador, haciendo parecer también, al arranque de aquella campaña, que esta sería solo la formalización de su triunfo.
Error o contradicción, AMLO y su gente, olvidaron un precepto básico de la política burguesa, el resultado no lo define la popularidad sino la clase en el poder, quien cuenta con una serie de mecanismos para imponerse, sólo puede cambiar una decisión de la clase dominante cuando su contraparte demuestra una fuerza tal que lo haga ceder en sus preferencias. Al final de cuentas el 6 de julio del 2006, el bloque hegemónico de la clase dominante en México, evitó con los medios a su alcance, la victoria electoral de López Obrador, respaldando al entonces candidato del PAN, Felipe Calderón. Es seguro que en esa decisión se contemplara un riesgo de inestabilidad, pero después del 4 de Mayo en Atenco, esa posibilidad parecía más manejable. La burguesía confió entonces en sus cuadros burocráticos más leales y apostó a que ni López Obrador convocaría a una insurrección, ni el ala más radical del movimiento popular, estaría en posibilidad de hacerlo, lo cual permitiría a las fuerzas represivas del Estado, controlar cualquier brote; si a esto le anexamos el plan de militarización operado por Calderón, el asunto parecía pues, controlable.
Aun habiendo respetado en lo esencial el consenso burgués, evitando una insurrección popular, optando por la salida política de la “presidencia legítima”, la burguesía alimentó sus desconfianzas hacia el proyecto lopezobradorista cuando este convocó a las movilizaciones de hace seis años, instalando un plantón enorme en el DF y buscando en los meses siguientes, algunas alianzas con sectores más radicales del movimiento popular. AMLO fue castigado desapareciendo de los medios, y a diferencia de hace seis años, su aparición en los mismos fue escasa; internamente, el PRD, coqueteó con la posibilidad de postular a Marcelo Ebrard, pero al final se definió por hacer unidad alrededor de López Obrador. Sin embargo, es importante señalar que durante esos años intermedios, el PRD exhibió muchas de sus confrontaciones internas, en donde una parte del mismo atacó de manera abierta a López Obrador, alimentando la posición que lo ubica como un político autoritario, propio de una “izquierda rezagada” .
AMLO tenía dos opciones; radicalizarse, bajarse del tren institucional y construir un movimiento desde abajo con una perspectiva claramente de izquierda, o bien, hacer caso a sus detractores internos (del PRD) y dedicarse a ganar la confianza de la burguesía, renegando de sus propias movilizaciones y desmarcándose claramente de la posibilidad de amagar la estabilidad y el orden burgués. López Obrador optó por lo segundo, y hasta que lo hizo claramente, se restableció la unidad interna entorno a su candidatura.
López Obrador arrancó su campaña pidiendo perdón por haber encabezado movilizaciones hace seis años y renovando su discurso al estilo de la Democracia Cristiana o de la socialdemocracia más moderada. Para evitar la desconfianza de la burguesía, en un aspecto fundamental se ha comprometido a dejar en manos de ella misma, la conducción de la economía nacional, adelantando que será Fernando Turner, connotado burgués del grupo Monterrey, de amplia tradición reaccionaria, su Secretario de Economía. Además anunció en la Secretaría de Educación a Juan Ramón de la Fuente, quien encabezó la represión contra el movimiento estudiantil de la UNAM en el 2000, encarcelando a cerca de mil estudiantes. Con este tipo de señales, AMLO realiza ahora sí, un acto de congruencia política, ha elegido claramente de qué lado está, del lado del Capital. Es importante señalar que la propuesta política de López Obrador nunca había sido tan conservadora como ahora, la plataforma política y económica que ha presentado ahora, es menos ambiciosa en términos de justicia social que la presentada hace seis años, y en su campaña participan de forma más abierta, sectores de la burguesía. Si en el 2006 López Obrador había evitado siquiera usar la palabra “izquierda” en su campaña, ahora mucho menos lo ha hecho.
Aún así, la burguesía no habría encontrado motivos para apoyarlo, aún cuando AMLO ya les había resuelto un problema, ha jurado lealtad a la burguesía, pero esta no se veía en la necesidad de hacerle caso, pues ya tenía un candidato que no le ameritaba tanta desconfianza y cuya campaña avanzaba sin tropiezos, algo tendría que pasar.

El PAN y el PANAL. Entre la construcción de su fuerza y la definición de la elección


No me extenderé mucho hablando de la candidatura de Josefina Vázquez Mota y de Gabriel Quadri, pues desde mi punto de vista ninguno de los dos se ha propuesto realmente ganar la elección. No obstante es posible que buena parte de la militancia del PAN, hubiera querido mantener a su partido en el gobierno, y que algunos hayan pensado sinceramente que Vázquez Mota era su mejor abanderada, y que incluso, algunos de ellos sigan pensando en un posible cambio en las tendencias electorales, lo cierto es que Josefina Vázquez Mota fue siempre, desde el principio de las campañas, una rival muy cómoda para Enrique Peña Nieto, a la vieja usanza panista. La candidata nunca logró ofrecer una ventaja significativa sobre su competidor priísta al bloque hegemónico de la clase dominante, y a diferencia de AMLO, ella no puede decir que su popularidad es una buena carta fuerte para legitimar al Estado Mexicano. Tal como ocurrió con la candidatura de Roberto Madrazo hace seis años, la de Vázquez Mota se ha ido desinflando poco a poco haciendo evidente que muchos promotores del voto panista, ahora se hallan apoyando o a López Obrador o a Enrique Peña Nieto. Por lo que ahora, para el PAN, el objetivo claro está en tratar de buscar tener una bancada equilibrada en el congreso, ganar algunas gubernaturas y municipios, así como en pensar en la carrera presidencial del 2018. Nuevamente, para que esto pueda cambiar, necesitaría pasar algo hasta ahora imprevisible.
En el caso de Quadri, no hay mucho que decir, se trata del representante de un feudo político de la conocida sindicalista corrupta Elba Esther Gordillo, quien hace seis años fuera pieza clave en la operación del fraude electoral contra AMLO, y tradicionalmente alineada al PRI, aún cuando en algunos momentos ha hecho alianza con el PAN. Seguramente ahora, Gordillo está pensando en la conveniencia de que Quadri decline a favor de algún candidato y buscando negociar dicha declinación, y como otra opción tendrá el llegar sosteniendo a su candidato hasta el 1 de julio, esperando que su feudo político crezca obteniendo el registro y algunos puestos en el congreso.

El movimiento “Yo soy 132”. El protagonista no invitado

He aquí el elemento que nadie esperaba; como he señalado líneas atrás, al inicio de la campaña ésta parecía simplemente un ejercicio de legitimación de la imposición en la presidencia de Enrique Peña Nieto; seguramente, los operadores políticos, policiacos y militares del Estado mexicano, tenían estimada la fuerza del movimiento popular con carácter independiente, y veían poco probable un repunte del mismo, a niveles nacionales cuando menos. Por lo que incluso las movilizaciones de estudiantes en Michoacán, o del magisterio, en varios estados, poco o nada alteraban el curso de las campañas presidenciales; desde el punto de vista de Estado, estos brotes son una regularidad y están de algún modo bajo control, provienen de sectores tradicionalmente “belicosos” y su belicosidad no sorprende a nadie. La opinión de la burguesía sobre apoyar o no a un candidato, no cambia cuando le dices que estudiantes de origen proletario y con tradición de lucha, no apoyarán a un candidato eminentemente burgués, como lo es Peña Nieto, por el contrario, la burguesía seguramente dudaría en apoyar un candidato que despertara ese tipo de simpatías.
Pero el asunto brotó donde menos se esperaba, en la Universidad Iberoamericana, la institución que graduó a Vicente Fox, una de las Universidades particulares con más tiempo en México, quien durante años ha promovido la privatización de la educación superior. Se trata de un espacio educativo en donde nunca antes había brotado una expresión masiva de descontento, en todo caso excepciones personales o de grupos muy pequeños. La inconformidad mencionada en aquella mañana, sin ser de una expresión radical, es decir, sin cuestionar de fondo la estructura económica o política de México, mucho menos el poder de la burguesía, sí ponía en entredicho la capacidad de Enrique Peña Nieto para gobernar con cierto grado de legitimidad el país. A la burguesía nunca le importó en lo más mínimo que los ejidatarios de San Salvador Atenco estuvieran inconformes con aquel que hubiera operado la represión en su contra, ni la opinión de las víctimas de la misma, pero el hecho de que un grupo de estudiantes provenientes de la pequeña y mediana burguesía, ubicados en un espacio tradicionalmente reaccionario lo hicieran, sí resultó digno de ser difundido ampliamente en los medios de comunicación. El reclamo de aquellos jóvenes ni siquiera era en el sentido de que no se debió haber reprimido al FPDT o a La Otra Campaña, sino, principalmente, que la forma en que se hizo, rebasa los límites mismos de la racionalidad burguesa y que por tanto no se comparte el método.
Ese suceso provocó además la reactivación del movimiento estudiantil en otros espacios educativos tradicionalmente más combativos como la UNAM, la UAM, o el IPN, de donde surgió lo que ahora se conoce como el movimiento “Yo soy 132”. Sin embargo las demandas y la plataforma de dicho movimiento, dista mucho de tener una perspectiva revolucionaria, clasista o radical, por el contrario, en su seno han surgido muchas voces que reclaman desmarcarse de las expresiones del movimiento estudiantil con tradición de lucha social.
A diferencia de lo ocurrido hace seis años con “La otra Campaña”, el movimiento “Yo soy 132” no está dirigido por una organización política de perfil revolucionario, ubicado en uno de los rincones más pobres del país, esta vez, el movimiento estudiantil ha sido convocado directamente desde la pequeña burguesía, enarbolando demandas netamente pequeñoburguesas como mayor apertura en los medios de comunicación, el voto informado, libertad de expresión y de prensa, en suma, en lugar de criticar la legalidad burguesa, proponen el irrestricto respeto a la misma, sólo que a quien demandan cumplirla es a los sectores de la burguesía y de la burocracia política que son muy firmes en aplicar el “estado de derecho” a sus adversarios, y muy tibios para aplicárselo a sí mismos. Por lo mismo, el movimiento “yo soy 132”, no se ha propuesto más que ser un movimiento estrictamente universitario, y no ha convocado a la organización obrera ni campesina en algún otro sentido, sino que ha encontrado en el ideal de Universidad, el espacio aparentemente neutral en donde las ideas pueden ser defendidas por sí mismas al margen de la lucha de clases. Así también, muchos de los jóvenes que hace seis años estaban mirando hacia las propuestas de lucha anticapitalista provenientes de organizaciones abiertamente revolucionarias, así como a las experiencias de lucha en las comunidades indígenas, en las fábricas y en los campos, ahora se encuentran mirando hacia las propuestas de los estudiantes de las universidades privadas.
Esto no es una crítica al movimiento “yo soy 132”, al contrario, como marxistas podemos reconocer la legitimidad de un movimiento que demanda algo justo, y el esclarecimiento de una atrocidad como la ocurrida en Atenco, es algo justo, y la manifestación en contra de la imposición burguesa de un personaje represor también lo es, sin embargo eso no nos autoriza a abandonar las premisas básicas de nuestro análisis, para no pedirle peras al olmo. Es decir, el movimiento “yo soy 132” es un movimiento en donde la pequeña burguesía ha podido enarbolar algunas demandas democráticas, y no podemos pedirle más que eso, pero tampoco es sensato esperar de él, algo más que eso.
Más allá de cualquier limitación inherente a su composición clasista, es importante reconocer que el gran mérito de dicho movimiento ha sido marcar un límite al ejercicio de la represión, imponiéndole un costo político a quien lleva seis años presumiendo y lucrando con la efectividad represiva de lo hecho en Atenco el 3 y 4 de Mayo del 2006.

Algunas tendencias

Habiéndose cerrado el periodo de campañas presidenciales, podemos, sin atrevernos a ser presagiadores del futuro, a señalar algunas tendencias:
– Independientemente de si gana la elección Enrique Peña Nieto o Andrés Manuel López Obrador, la reacción de Josefina Vázquez Mota y de Gabriel Quadri, será el reconocer el resultado electoral y en todo caso apelar a que cualquier controversia se resuelva desde el ámbito institucional.
– De ganar Andrés Manuel López Obrador, sobre todo si lo hace por escaso margen, el PRI tendrá ante sí la posibilidad de impugnarla por medios legales, cabildeando entre el bloque hegemónico de la clase dominante, la posibilidad de invalidar dicho triunfo. Pero si esto no constituye una posición prácticamente de consenso en dicho bloque, el PRI, se limitará a asegurar lo suyo y en reorganizar sus fuerzas.
– De ganar Enrique Peña Nieto, el Movimiento Progresista encabezado por AMLO, se encontraría nuevamente en la disyuntiva de reconocer, o no, los resultados de la elección; solo que a diferencia de lo acontecido hace seis años, sería inútil que AMLO se fijara la misma estrategia de “defensa del voto” que en el 2006, pues ahora sí tendría que definir de forma más clara, si está dispuesto a reconocer el orden burgués en toda su extensión aunque parte de su funcionamiento no sea compatible con sus expectativas políticas, o bien, en ahora sí desconocer la legalidad burguesa y llamar a la resistencia haciendo uso de los instrumentos que la izquierda revolucionaria ha acuñado a lo largo de su historia (ya sea la huelga general, la insurrección popular, la lucha armada etc). Si optara por lo segundo, prácticamente tendría que olvidarse de cualquier posibilidad de recuperar la confianza de la burguesía para otra ocasión, y seguramente provocaría una gran desbandada de los personajes de la política y de la burguesía que ahora lo respaldan. Por lo que desde mi punto de vista, lo más lógico es que si EPN es declarado vencedor de la elección, AMLO se limitará a pedir una revisión muy institucional del proceso y más temprano o más tarde reconocerlo como válido.
– Independientemente de cuál de los candidatos sea proclamado ganador, el bloque hegemónico de la clase dominante, ya tiene pensada la forma en que ha de imponerle su agenda y presionarlo para que cumpla con sus requerimientos. En caso de que alguien se negara a cumplir con dicho bloque, éste ya tiene pensado también la forma de sabotear su gobierno e imponerse de un modo o de otro.
– El hecho de que la burguesía esté dividiendo su apoyo entre Peña Nieto y López Obrador, principalmente, no supone una fractura interna de la clase dominante, pues ninguna de las agendas y plataformas políticas presentadas por ellos es contradictoria al régimen burgués, ni supone transformaciones profundas en los métodos de dominación. De hecho es a través de estos procesos que la burguesía dirime con base en su legalidad, sus diferencias.
– El Movimiento “Yo soy 132” difícilmente sobrevivirá organizado después del 1 de julio, a menos que vuelva a presentarse nuevamente un evidente fraude electoral, por lo que su existencia si constituye un hecho de presión que puede inhibir la ejecución del mismo. Sin embargo si todo concluye con relativa normalidad, seguramente terminará por dividirse y fragmentarse pues su estructura organizativa no es muy clara, y muchos de quienes participan en él, retomarán las propuestas y tendencias que precedían al mismo, pues en él subsisten tendencias políticas incompatibles. Si el movimiento “Yo soy 132” llega a ser el factor que determine la inviabilidad de la imposición de Peña Nieto como presidente, o bien, inhibe durante un tiempo las expresiones más salvajes, represoras y corruptas características del Estado mexicano, entonces habrá triunfado.
– Si la izquierda revolucionaria quiere influir decisivamente en la Historia de México, tendrá que replantearse muchas cosas, sobre todo el hecho de que nadie hará por ella lo que ella misma no está dispuesta a hacer, y habrá de valorar seriamente la necesidad de construir desde abajo, desde la base, organizaciones y frentes verdaderamente clasistas que siguiendo una estrategia y táctica adecuada, puedan replantearse seriamente la conquista del poder para los trabajadores y todos los explotados.

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