¿Qué nos enseña el Capítulo VIII de El capital sobre la sociedad en que vivimos?

TEORÍA Y PRÁCTICA
JOB HERNÁNDEZ

Aprovechemos la lectura del Capítulo VIII de El capital sobre la jornada laboral para iluminar algunas cuestiones teóricas y políticas de gran actualidad, demostrando sobre la marcha la vigencia del marxismo y su amplio potencial explicativo de la sociedad en que vivimos. La idea es ejercitarnos en el uso de la teoría como arma, considerando que Marx mismo concebía su obra como un obús directamente lanzado a la cabeza de la burguesía.

I

La primera discusión que deseamos introducir es de carácter metodológico. Proponemos que, precisamente a partir del Capitulo VIII, Marx despliega en El Capital toda la riqueza de su método de investigación, que ahora vemos profundamente asentado en la realidad y en la historia. No es que en la obra anterior de Marx no podamos encontrar este rasgo, central en la dialéctica materialista en su conjunto: simplemente se trata de que aquí aparece ya con toda nitidez y es posible apreciarlo a simple vista. La idea general es que, para Marx, la historia no es una mera ilustración o justificación empírica de planteamientos teóricos establecidos a priori; por el contrario, precisamente se trata de observar y captar el proceso histórico en su totalidad y en sus rasgos esenciales para hacer teoría. Así, no se trata de un método formalista, que propone un proceso de instauración y derivación lógica de las categorías ajeno a la historia real. Más bien, de lo que se trata es de captar la dialéctica real en desarrollo para «decir algo» teóricamente relevante. En suma, no se trata de ajustar la realidad al estrecho marco de la teoría sino de captar, en la teoría, la desmesura de la realidad en movimiento.

Y para todo esto, Marx echa mano de fuentes empíricas de variado tipo, oficiales y no oficiales, no sólo de carácter estadístico sino también de tipo testimonial. Entre estas fuentes destaca el uso de los informes de los Inspectores Fabriles, funcionarios públicos cuya principal tarea era velar por el cumplimiento de legislación laboral de la época (la Factory Act de 1850). Más adelante Marx recurrirá igualmente a los célebres Libros Azules, que contenían los reportes de los Médicos de la Corona dedicados a registrar las condiciones de salud de la clase trabajadora inglesa. Pero además de estas fuentes oficiales, Marx utiliza la prensa diaria -de la que retoma, por ejemplo, la noticia de la muerte por cansancio de la obrera Mary Anne Walkey- y el libro de Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra, valioso documento que abreva del conocimiento directo que de la vida obrera tenía su autor, derivado de la observación in situ de los barrios obreros y los distritos fabriles y de la compenetración y empatía con la clase trabajadora.

La suma de estas fuentes -muchas de las cuales podemos calificar de saber obrero que se suma a los saberes formales o académicos, o de investigación de campo que se suma a la investigación de gabinete- le permite a Marx hablar con probidad de lo que sucedía en el «ámbito de la producción», hablando con conocimiento de causa «desde el punto de vista de la clase obrera» en una profunda imbricación con sus «sujetos de estudio», para hablar con términos hoy en boga. Y sólo así, teniendo una sólida base empírica y un compromiso político fuerte, Marx puede decirnos qué es realmente el capital a partir de la observación minuciosa de su comportamiento a pie de fábrica.

II

En el capítulo VIII, con la acuciosa observación que Marx hace de la realidad productiva, un primer tema que se clarifica es el de la naturaleza del modo de producción capitalista. La revisión de una masa de datos sobre la jornada laboral provenientes de fuentes variadas-principalmente los informes de los Inspectores Fabriles-, permite a Marx captar la lógica propia del modo de producción capitalista, su forma de comportamiento esperado o «natural» y las motivaciones que le imprimen dinamismo. Así, de las observaciones hechas a pie de fábrica, Marx deriva una definición de capital, por cierto muy llamativa: «el capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo…».

Marx descubre que «el capital tiene un solo impulso vital, el impulso de valorizarse, de crear plusvalor» y que dicho impulso es desmedido o voraz, de tal manera que, por ejemplo, «de la naturaleza del intercambio mercantil no se deriva límite de la jornada de trabajo». La necesidad inaplazable del capital es extraer la mayor utilidad posible de la fuerza de trabajo adquirida con su dinero o, dicho de otra forma, se trata un «acuciante deseo que el capital experimenta de desangrar sin tasa ni medida la fuerza de trabajo», de lo que no puede esperarse sino un progresivo agotamiento de la «fuerza vital de la nación». De esa naturaleza insaciable se desprende una irrefrenable sed que busca «escamotear», «robar» o «picotear» el mayor tiempo posible al trabajador, en una continua disminución del tiempo que tiene para sí y una ampliación del tiempo que destina al capital, incluso a costa de sus funciones puramente vitales como dormir, comer, excretar, recrearse, etc.

Y con la finalidad de cumplir de manera eficiente sus impulsos vitales, el capital es extremadamente creativo a la hora de diseñar mecanismos o dispositivos que le permitan capturar  la mayor parte posible de «átomos de tiempo» que son los elementos de la ganancia. De allí nace, por ejemplo, el sistema de relevos, una «economía de la alternación» de los trabajos diurnos y nocturnos, que permite al capitalista «apropiarse de trabajo las 24 horas del día», además de invenciones más recientes como la banda móvil para que el trabajador no desperdicie tiempo desplazándose por el taller o el «humanitario y modernísimo» método de impedir a los obreros ir al baño dentro de la jornada laboral, muy común en nuestros días en los centros de trabajo. Si todo tiempo de trabajo que el obrero destina para sí es tiempo «robado» al capitalista, es obvio que los patrones son gente poco dispuesta a dejarse birlar y harán lo posible por «maximizar» el uso de la fuerza de trabajo.

III

Un segundo tema del que podemos obtener claridad con la lectura del Capítulo VIII es el de los resultados a que nos conduce necesariamente un capital que opera sin restricciones. Lo que el capital realmente es, se observa con mayor claridad en los ramos en que opera sin trabas, en su forma pura, sin límites externos que morigeren su comportamiento. De la observación de los ramos industriales sin límites legales a la explotación, Marx deriva una caracterización de la sociedad moderna que nunca le será perdonada por la burguesía. Así, el capitalismo dejado a su libre impulso es «un sistema de esclavitud no mitigada»; «un lento sacrificio de seres humanos»; una forma de producción que genera «una duración de la vida extremadamente corta» y una «población degenerada física y moralmente»; un modo de producción que no es sino «decadencia física, difusión del sufrimiento corporal y muerte prematura» y que hace de los centro de trabajo lugares donde Dante «encontraría sobrepujadas sus más crueles fantasías infernales»; en fin, una sociedad de «esclavos blancos que son arrojados a la tumba a fuerza de trabajo», que  se basa en «la usurpación de la vida doméstica y privada del obrero, con efectos morales desastrosos» y en la «muerte por simple exceso de trabajo». Si alguien quiere saber lo que es el capital sin restricciones, el capitalismo sin freno, la sociedad en que opera el mercado sin «rigideces», deberá tener siempre en mente el Capítulo VIII de El Capital. Allí está descrita la fiera hambrienta en estado de libertad, sin ataduras, libre de toda cadena.

No podemos dejar de lado que todo esto es el comportamiento esperado y los resultados obtenidos siempre que el capital gana en libertad, es decir, siempre que por algún motivo logra deshacerse de algunas restricciones a la explotación impuestas por la lucha de la clase obrera. Porque lo cierto es que toda imposición de límites al capital para evitar el agotamiento prematuro de la fuerza de trabajo es, desde siempre, resultado de la lucha de clases, que en los casos favorables a los trabajadores lograba, entre otras cosas, la limitación coactiva de la jornada laboral por parte del Estado, a la manera siempre de restricciones legales impuestas «desde fuera» del mero intercambio mercantil entre capitalistas y trabajadores. Por supuesto, al mismo tiempo que estas limitaciones son logros de la clase obrera, también se establecen en interés del capitalismo tomado en su conjunto, aunque se traduzcan en afectaciones a tal o cual capital individual. Por ejemplo, para Marx la limitación de la jornada laboral es «dictada por la misma necesidad que obliga a arrojar guano a los campos ingleses», es decir, para evitar el agotamiento del sustrato mismo del que se nutre el capital, -la fuerza de trabajo- que de otra forma sería expoliado sin tasa ni medida por la rapacidad ciega del capitalista individual.

Por todo esto, podemos afirmar que la conciencia espontánea del capital toma la forma de «liberalismo puro», ideología que propugna un orden de cosas sin traba alguna para el capitalista. En lo que toca al uso de la fuerza de trabajo,  los «liberales puros» declaran abiertamente que los patrones podrán usar la fuerza de trabajo a sus anchas -de manera flexible, dicen- eliminando cualquier regulación sobre las llamadas condiciones generales de trabajo, despreocupándose si esto amenaza la sobrevivencia misma de la clase trabajadora. Por otro lado, la conciencia racional del mismo capital es el intervencionismo estatal «a lo Keynes» que se  preocupa de la permanencia a largo plazo del capitalismo y de los intereses generales de la burguesía, a costa de refrenar el ímpetu de los capitales individuales, estableciendo restricciones a la libre empresa. En el caso de las condiciones de trabajo, la intervención coactiva del Estado toma  la forma de leyes laborales «de protección» que delimitan la jornada y las áreas de trabajo, establecen «salarios  mínimos»y marcan ritmos e intensidades de la producción, con la finalidad de preservar el sustrato del que se alimenta el capitalismo, pensando que los esclavos asalariados son un recurso valioso que hay que administrar racionalmente, sobre todo ante la presión del movimiento obrero organizado.

De cualquier forma, ambas opiniones sobre los «grados de libertad» en el uso de la fuerza de trabajo son hechas desde el punto de vista del capital, pensando en la preservación de los intereses vitales de la burguesía. Otro aspecto relacionado con este tema sería que la segunda opción sólo aparece como resultado de un fuerte movimiento obrero organizado, que obliga al capital a moderar su insaciable sed de chupar trabajo vivo: dejado a su libre desarrollo, sin la presencia de un movimiento obrero organizado, de la naturaleza misma del capital se deriva una explotación ilimitada de la fuerza de trabajo, que en el contexto del Capítulo VIII se traduce en una prolongación máxima de la jornada laboral.

IV

Un tercer tema que nos permite esclarecer el Capítulo en cuestión es el de la diferencia específica del modo de producción capitalista con respecto de modos de producción anteriores. Para Marx,  por supuesto, el capitalismo no inventó el plustrabajo -es decir, el trabajo que se prolonga más allá del tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo- pero la forma en que esto ocurre tiene algunas peculiaridades.

En los marcos del capítulo VIII, lo que se puede decir al respecto es de singular importancia. Lo que se nos propone es reparar en el hecho de que si bien el capital no ha inventado el plustrabajo, «cuando en una formación económico social prepondera el valor de uso… no surge del carácter mismo de la producción una necesidad ilimitada de plustrabajo». Sólo cuándo los pueblos son arrastrados al mercado mundial capitalista «sobre los horrores bárbaros… se injerta el horror civilizado del exceso de trabajo», dado que ya no se trata de arrancar una cierta masa de productos útiles sino que la producción de plusvalor  misma se vuelve el fin último. Por tanto, lo que sí es propio del capitalismo es la desmesura: que esta búsqueda de plustrabajo se presente bajo la forma de una «necesidad ilimitada».

Ahora bien, para Marx es necesario introducir otra particularidad del modo de producción capitalista, que se pone a la luz gracias a un procedimiento comparativo «entre la hambruna de trabajo en los principados danubianos y la misma hambre canina en las fábricas inglesas». Lo que se logra apreciar es que «bajo la prestación servil el plustrabajo posee una forma autónoma, sensorialmente perceptible», mientras que en el capitalismo el plustrabajo y el trabajo necesario se confunden como un todo. Así, bajo la forma de prestación servil el trabajo necesario está separado espacialmente del plustrabajo: en ciertas porciones de tierra el siervo trabajo para sí y en otras trabaja para el señor feudal. También existe esta separación en términos temporales: ciertas jornadas claramente visibles son reservadas al señor feudal, mientras en otras tantas el siervo trabaja para su subsistencia.

Para Marx, «sensorialmente perceptible» significa que el plustrabajo es captado en cuanto tal de manera inmediata, sin mayor necesidad de razonamiento: el siervo cae en cuenta espontáneamente que una porción de su trabajo es apropiada por la clase dominante, que recurre a X o Y argumento «extraeconómico» para justificar esta apropiación. Por el contrario, precisamente la opacidad es el rasgo específico del modo de producción capitalista: el trabajador libre, asalariado, no puede percibir espontáneamente que una parte de su jornada es apropiada por la burguesía. En la jornada de trabajo se hayan confundidas como un todo la parte necesaria para la reproducción de la fuerza de trabajo y la parte excedente destinada al sostenimiento de la clase dominante. Más aún, precisamente el salario se presenta como un pago por la totalidad de la fuerza de trabajo empleada, por la totalidad de la jornada desarrollada, cuando en realidad esta remuneración es repuesta por el trabajador en sólo una parte de su jornada, mientras el resto trabaja gratuitamente para el capitalista.

Así, bajo condiciones capitalistas, el descubrimiento de que los trabajadores libres laboran cierto tiempo de la jornada los patrones, se dificulta por la forma salarial de pago y porque en la jornada laboral «el plustrabajo y el trabajo necesario se confunden en un todo». En esta situación, es necesaria la investigación científica que pone al descubierto lo que no es posible apreciar a simple vista porque se halla confundido en las relaciones económicas o se halla velado por las categorías de la economía política burguesa. Aquí la crítica se presenta como puesta en cuestión del sentido común espontáneamente surgido de las relaciones sociales de producción en que vivimos.

V

Obviamente, una compresión exhaustiva de la realidad solamente fundada en el Capítulo VIII de El capital, carece de sentido. Lo mismo sucede si tomamos, incluso, el Tomo I completo, dado sus supuestos analíticos y su nivel de abstracción. Por ejemplo, el Tomo I está fundado en el supuesto de que las mercancías se compran y se venden por su valor, incluida la mercancía fuerza de trabajo, lo que «en realidad» es un caso excepcional, pero que sirve para demostrar que la explotación ocurre incluso en caso de que el trabajador  reciba la totalidad del valor de su fuerza de trabajo.

Por otro lado, en el Capítulo VIII, se abre la exposición recordando este supuesto y agregando otro: que la parte necesaria de la jornada de trabajo, aquella destinada a la producción de los medios de subsistencia del trabajador, es siempre una magnitud dada, no variable, de tal manera que para extender el plustrabajo -y por consiguiente la tasa de explotación y de ganancia-  el capital sólo tiene el recurso de prolongar la jornada laboral en la modalidad de extracción de plusvalía llamada absoluta. Esto habla de una situación que «en realidad» tampoco ocurre: una incapacidad de abatir el tiempo necesario mediante el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo. Precisamente, la situación contraria, el desarrollo continuo de las fuerzas productivas, es la dinámica normal, propia, del capitalismo.

De todos modos, lo que pretendimos demostrar a lo largo del presente texto es que, a pesar de estas restricciones analíticas, el Capítulo VIII no sólo nos sirve para comprender el tema de la plusvalía absoluta y la jornada laboral, sino nos permite ensayar una serie de reflexiones pertinentes sobre la sociedad en que vivimos, al menos en tres temas: la naturaleza del modo de producción capitalista, los resultados a que nos conduce un capital dejado a su libre desarrollo y la diferencia específica del modo de producción capitalista con respecto de modos de producción anteriores.

Así, aún considerando las limitaciones analíticas del texto utilizado, hemos podido ejercitarnos en el uso de la teoría para aprender a blandirla como un arma, en este caso poniendo a prueba el filo del Capítulo VIII de El Capital. Por supuesto, invitamos a nuestros lectores a que hagan su propia lectura y se «entrenen» de esta manera.

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