¿Qué comunista es el que quiere a su mujer como adorno?

8 de marzo, Día Internacioal de la Mujer Trabajadora

Te quiero, ¡sí! Te quiero ahora, te quiero siempre mujer trabajadora. 8 de marzo, Día Internacioal de la Mujer Trabajadora

Fragmento de Los subterráneos de la libertad. Vol. 2, Agonía de la noche, de Jorge Amado

Iba el negro Doroteu, con su negra Inácia, por la orilla del muelle. Era el muelle de Santos; los almacenes de la dársena se perdían de vista, repletos de sacos de café, de racimos de bananas, de balas de algodón. Raíles, frigoríficos, radios, máquinas extrañas, conservas y frutas eran bajadas por las grúas, tras arrancarlas de las bodegas oscuras de los negros cargueros anclados en el puerto. Un olor dulce de manzanas maduras se mezclaba con el salado olor del mar, en la lánguida noche tropical, envolvente y tibia, cortada por un viento fino llegado de parajes distantes. También la melodía melancólica de una canción marinera se mezclaba con el barullo ensordecedor de las grúas y los gritos de marineros y estibadores, con los pitidos nostálgicos de los navíos que abandonaban la rada en busca del océano, más allá de la bocana del puerto. De vez en cuando una nota más alta de la canción se imponía a todo aquel ruido y vibraba en el aire, haciendo más ligera la carga en el hombro de los estibadores. Era una canción en lengua extraña, imposible entender lo que decía, aunque pudieran oírse claramente las palabras, pero todos sabían —los estibadores, los marineros de distintas razas, los ensacadores, hasta los empleados de la aduana— que se trataba de una canción de amor, hecha de distancia y de afligido anhelo. Y más que todos lo adivinaba el negro Doroteu, caminando junto a su negra Inácia. Para él no tenían secreto las canciones, podía penetrarles el sentido misterioso aunque no entendiera la lengua del marinero convertido en cantor, desahogando hacia las luces de la ciudad de Santos su añoranza de la mujer hallada un día y perdida luego en Shangai o en Constanza, en Nueva York o en Guayaquil, en Amsterdam o en Estambul. Doroteu era un experto en canciones del mar, en banderas de navíos y en el variado color de las aguas al correr el día. Y de aquellos misterios hablaba el negro Doroteu a su negra Inácia cuando juntos, en las noches sin trabajo, atravesaban el muelle inmenso, cambiando juramentos de amor, contando y oyendo historias, silbando canciones, riendo a todos, pues reír era el mayor placer, tanto del negro Doroteu como de la negra Inácia.

Pepe, el sombrío español de la cara marcada a navajazos, solía decir con su ácido humor, inclinado sobre el vaso de aguardiente en una taberna del muelle, que el negro Doroteu y la negra Inácia eran la mejor demostración de la atracción de los polos opuestos (y explicaba a los negros y mulatos boquiabiertos en qué consistía la atracción de los polos opuestos). La negra Inácia, moza de veinte años, era el modelo ideal de aquellas muñecas «bahianas» compradas por todos los turistas, de cuerpo perfecto, erguidos senos puntiagudos, duros muslos, modeladas pantorrillas y dulce perfil, los ojos de mimo y de malicia, deseados labios, dientes blancos e iguales, cabello perfumado de canela y clavo. Cuando pasaba Inácia, flor negra del muelle, apetitoso fruto aún inmaduro, estibadores, los blancos marineros nórdicos, los árabes de concupiscente mirada, los pequeños griegos aceitunados, se preguntaban cómo había podido conquistarla el negro Doroteu, de qué sortilegios se había valido, a qué «padre-de-santo»[1] se había dirigido para que le hiciera el hechizo con que prender en las mallas del amor, un amor ¡ay! para siempre, a aquella compañera. Porque el negro Doroteu, flacucho y bajo, de cara chupada y gruesos labios, no parecía hombre para enamorar a nadie. Bastaba ver sus manos enormes, gigantescas para su pequeño cuerpo, dueñas de una fuerza inmensa. Hasta algunos estibadores tenidos por auténticos atletas no le daban jamás la mano, sino que se la tendían con el puño cerrado, pues la mano de Doroteu era un peligro, sus dedos tenían fuerza de tenazas. Pero aquellas manos disformes agarraban la pequeña armónica y de ella arrancaban las más puras melodías, canciones capaces de calmar al hombre, de hacerle soñador y romántico, pero también otras (cuando el círculo que se agrupaba a su alrededor era de gente conocida y de confianza), las que levantan a los hombres, los arman y los incitan a la lucha. No es que hubiera estudiado música, pues al negro Doroteu jamás le había sobrado tiempo para estudiar, y mucho de lo que sabía lo fue aprendiendo en los muelles de Santos, con el mar, con los barcos, con la carga y descarga, con los marineros, los estibadores, con la noche y el viento, en los tinglados del muelle, en el sindicato y en la célula del partido. Y de él se había enamorado la negra Inácia, flor del puerto.

Doroteu pasaba por el borde del muelle, entre las cargas y las grúas. Iba con él su negra Inácia, y reían los dos, uno para el otro, a veces con un dulce rumor de agua brotando de una fuente, otras con un fino y persistente quebrarse de cristales sonoros, otras con amplia carcajada, como las notas de una clara orquesta. Y se preguntaban todos el porqué de aquel amor en fiesta que llenaba de risas, de canciones y de poesía los muelles del puerto. «Atracción de los polos opuestos», como decía el sombrío español de complicados desconocimientos; «cosas de la vida», como decía la negra Antonia ante el tenderete de golosinas, filosofando ante los almacenes, o, como afirmaba el viejo Gregório, el más veterano de los estibadores, «cosas del negro Doroteu; negro como ése, sincero y valiente, no hay dos en este muelle ni en el mundo entero». Cada explicación tenía sus adeptos y, a veces, incluso surgían acaloradas disputas entre ellos. Persistía el misterio, uno de aquellos misterios de muelle, de puerto, nunca esclarecidos.

Tampoco lo sabía el negro Doroteu. Hacía ya seis meses que la había llevado ante el juez, acompañado por la cuadrilla entera de los estibadores, por marineros llegados de los barcos; la noticia de su boda había llenado el mar de comentarios. En una fiesta callejera la había conocido, para ella compró en una feria un pequeño espejo y un peine rojo, para ella tocó su armónica mágica, cantó canciones en cinco lenguas, trazó ágiles pasos decapoeira1, la navaja peligrosa en la mano, los zapatos sacando chispas del suelo. Juntos habían paseado por el muelle, corrido por las blancas playas ante el océano libre, habían ido al cine a ver películas de vaqueros, a la otra punta de la ciudad. Y, cuando un día él propuso «que juntaran sus almohadas, con la autorización del juez» ella asintió risueña. Era camarera en un gran hotel de la playa, donde se hospedaban los potentados del país y los gringos turistas venidos por los baños de mar o atraídos por la ruleta y el bacará, aún más tentadoras para ellos que el océano azul y la blanca arena. Muchos clientes le habían lanzado miradas codiciosas, pero la negra Inácia hacía un mohín de desprecio con sus pequeños labios pintados; nunca otro amor, otro deseo, otro cariño, habitó su corazón virgen, a no ser el despertado por su negro Doroteu de rostro flaco, grandes manos huesudas y ardiente corazón de hombre, lleno de poesía, de vida y de esperanza. Lo único que no hizo fue dejar el empleo cuando él le pidió que se quedara en casa iluminándola; le respondió con palabras que de él había oído durante los paseos del noviazgo:

—¿Qué comunista es el que quiere a su mujer como adorno?


[1] 1Pai-de-santo, «Padre de santo», es el que dirige los ritos de lamacu mba, dentro del sincretismo

religioso de los antiguos esclavos llevados al Brasil con la trata.

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