¿Por qué los comunistas reivindicamos la Revolución Mexicana?

Andrés Avila

Algunas personas podrán preguntarse ¿por qué un Partido Comunista puede reivindicar un movimiento que no fue propiamente comunista? Podrían, incluso, insistir diciendo que la llamada Revolución Mexicana no solamente no fue comunista sino que en muchos sentidos sentó las bases para el fortalecimiento del Estado Mexicano en su calidad de Estado burgués. En este sentido es pertinente hacer varias precisiones.

El principal motor de la historia es la lucha de clases. Y si cada hecho histórico es una síntesis de la propia lucha de clases, el resultado es invariablemente contradictorio, puesto que en cada hecho aparecen “actores” encontrados cuyos intereses son opuestos; la formación y madurez de cada uno de estos “actores” es también resultado sintético del curso de la historia.

La lucha armada que iniciara hace 101 años, fue el resultado del agotamiento de un esquema de dominación de la burguesía en México, que había desatado con singular fiereza la acumulación originaria de capital y que desarrollaba ya muchas formas de explotación abiertamente capitalista. Por un lado crecía aceleradamente el proceso de despojo de comunidades agrarias, mayoritariamente indígenas, cuya tierra y territorio era arrebatada por vías legales e ilegales para ser entregadas a una parte de la burguesía que, a través de la agricultura y ganadería extensiva, buscaba la producción y comercio de mercancías, así como el asentamiento industrial y el desarrollo de infraestructura productiva y comercial que favoreciera las condiciones del desarrollo capitalista. Por otra parte, la burguesía industrial y la dedicada a la minería vivían tiempos de orgía explotadora, al tener todas las facilidades para explotar indiscriminadamente la fuerza de trabajo con jornadas que llegaban hasta las 16 horas diarias sin otorgar concesiones ni prestaciones a los trabajadores. Este proceso no podía desarrollarse sino acompañado de una fuerte dosis de violencia de Estado que a través del ejército federal y los guardias rurales, se encargaba de reprimir a sangre y fuego a todas aquellas comunidades campesinas que se oponían a ceder lo que por derecho les pertenecía y a los trabajadores que luchaban por mejorar sus condiciones de trabajo. Dicha violencia de Estado estaba organizada por un grupo selecto de funcionarios leales a su dirigente, Porfirio Díaz, quien a su vez guardaba lealtad a los dueños del capital, muchos de ellos extranjeros, sobre todo franceses e ingleses (aunque la presencia norteamericana ya venía en asenso).

Durante varios años, la clase en el poder respaldó a Porfirio Díaz y su régimen, tal vez porque veían en él la eficiencia y firmeza suficientes para continuar con su modelo de acumulación y confiaban en que su capacidad represiva ofrecía garantías de largo plazo; sin embargo una parte de la clase en el poder se hallaba inconforme con tal estilo de gobierno pues pensaba que, aunque el régimen de Díaz era fuerte militar y represivamente, era tan débil en su legitimidad que el “orden y progreso” que pregonaba en realidad tenía sus días contados, si no se edificaba un Estado en donde la clase dominante no sólo fuera capaz de reprimir sino también de conducir la conciencia y la ideología de un pueblo entero.

Esta situación da como resultado que en un momento específico de la Historia de México que fueron los últimos meses de 1910 y los primeros de 1911, confluyeran en un mismo bando burgueses liberales, la pequeña burguesía reprimida y limitada, campesinos despojados y obreros perseguidos y explotados, pues el Estado Mexicano ya no podía conducir sus perspectivas ni aspiraciones económicas ni políticas. El Plan de San Luis Potosí, elaborado por Madero, de alguna forma logró recoger algunas de las demandas más sentidas de estos sectores, sólo que con un pequeño inconveniente: dichas demandas eran contradictorias entre sí, ya que en el fondo los intereses de dichos sectores políticos y clases sociales chocaban unos con otros.

Durante la presidencia de Madero estas diferencias comenzaron a aflorar, aunque vivieron un nuevo momento de coincidencia al ser Madero derrocado por Victoriano Huerta; después viene un momento en el que las fuerzas político-militares que habían hecho posible el derrocamiento de Díaz y Huerta, comienzan a disputar entre ellos la posibilidad de hacer cumplir sus exigencias. En ese momento, la lucha de clases y la lucha armada dan un giro: el enemigo fundamental de la burguesía liberal ya no es la burguesía conservadora ni el grupo político dirigente en el Estado mexicano, ahora su enemigo fundamental son los explotados del campo y la ciudad, que se rebelan ante el capricho burgués y pequeño-burgués de finiquitar la lucha revolucionaria haciendo modificaciones a la estructura de Estado, que en poco o en nada beneficiaban a los explotados de México.

Sin duda el Ejército Libertador del Sur y la División del Norte, con Emiliano Zapata y Pancho Villa a la cabeza respectivamente, fueron quienes enarbolaron de la mejor forma posible las demandas y aspiraciones más sentidas de los trabajadores y campesinos del país. Desde su adhesión a la lucha maderista, su participación no estuvo marcada por el oportunismo sino en la convicción de que había llegado el momento de pelear por los derechos de su clase.

Aunque la ideología del Estado Mexicano durante muchos años trató de apropiarse de la Revolución Mexicana como su fundamentación histórico-ideológica, haciendo pensar que todos ahí peleaban por lo mismo y que de la sangre de todos los héroes que murieron en ella surgió su poder, lo que hubo en realidad fue un episodio singular de la lucha de clases en México, donde los explotados de nuestra patria dieron un ejemplo muy valioso de combatividad, organización  y capacidad. Y mucha de esa sangre se derramó peleando precisamente contra quienes después se apropiaron del aparato de Estado para refuncionalizar la explotación capitalista en México.

Nosotros, pues, reivindicamos la historia, en su carácter contradictorio, de la cual aprendemos para seguir adelante en la lucha. Reivindicamos al campesino sureño que evadió el miedo a la muerte empuñando el machete y el fusil para enfrentar a los represores; al ferrocarrilero que condujo a la división del Norte por amplias zonas del país; al minero que aportó sus conocimientos y su persona a pelear contra sus explotadores; a los obreros que pelearon por su derecho a organizarse y que, aunque no muy numerosos, participaron de la contienda; a los intelectuales progresistas que no se conformaron con escribir sobre la lucha atrincherados lejos de ella, sino que fueron a ponerse a las órdenes de un antiguo caporal y un bandido rebelde, confiando que solo el pueblo organizado podía llevar a buen puerto sus ideales emancipatorios.

Son muchas las razones que explican por qué la Revolución Mexicana no llegó a ser una revolución socialista, pero la lucha de los explotados no muere nunca, continúa y se supera. Por eso es importante sabernos parte de la misma, aprender de ella y llevarla hasta las últimas consecuencias. Para nosotros, integrantes del Partido Comunista de México, los héroes que regaron su sangre al lado de Zapata y Villa no murieron en vano, su ejemplo ha quedado para muchos explotados de nuestro país y del mundo en la memoria. La mejor forma de rendirles homenaje es retomando sus aspiraciones y luchar sin descanso hasta acabar con la explotación que ayer sangró a quienes se rebelaron hace cien años y hoy carcome a nuestro pueblo trabajador.

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