Los comunistas y la ideología de la revolución mexicana

Job Hernández

La notable solidez del Estado en el México post-revolucionario no se debió solamente a su eficacia represiva sino a su amplia capacidad hegemónica. La llamada «ideología de la revolución mexicana» logró construir un imaginario simbólico de amplia cobertura, capaz de presentar a la dominación burguesa como realizada en interés de todo el pueblo o del conjunto de la nación o, dicho de otro modo, altamente eficaz para enmascarar la dominación exclusiva de una clase.

En este aspecto el Estado mexicano demostró sus mayores talentos, despertando la admiración de propios y extraños, amigos y enemigos, que por eso le llamaron “la dictadura perfecta” al ver que la dominación burguesa en México aparecía a buen recaudo de una ideología que presentaba las siguientes proposiciones, ampliamente efectivas para ocultar el carácter de clase del Estado:

  1. Que el llamado «régimen de la revolución» se expresaba en un estado singular o «propio» situado por encima de los antagonismos sociales, tomando un carácter neutral o de “conciliación” en el conflicto de clases.
  2. Que era el legítimo heredero de las vertientes populares de la revolución aliadas con cierta «burguesía nacional» para el desarrollo autónomo del país frente a la amenaza del imperialismo norteamericano y de las oligarquías tradicionales.
  3. Que los intereses de una clase particular, incluso de una fracción de ésta clase, eran los intereses de la totalidad de la nación, lo que significaba que la modernización capitalista en cualquiera de sus formas beneficiaba a todos y establecía los límites de la «discusión política razonable».

Por supuesto, como toda ideología, esta también tenía un sustento en la realidad: el acuerdo de protección a cambio de lealtad que la fracción ganadora de la revolución estableció con obreros y campesinos, un «pacto de subordinación corporativa de campesinos y obreros al Estado a cambio de tierras y empleos», expresados jurídicamente en los famosos artículos 27 y 123 de  la Constitución.

En  torno de esta ideología gravitó fuertemente el imaginario político de amplias capas de la población mexicana y de sus expresiones organizadas, incluyendo a la gran mayoría de las “opciones de izquierda” o “socialistas y comunistas”, que construyeron su estrategia con la idea de incluir a toda costa en el bloque revolucionario a una pretendida “burguesía nacional” o a la llamada “izquierda del régimen” y redactaron sus programas expresando su intención de concluir, satisfacer de mejor manera o desarrollar el programa de la revolución mexicana. En este vergonzoso curso histórico pocas voces se salvan: en medio de la general descomposición destaca el ejemplo del Grupo Popular Guerrillero que asaltó el Cuartel Madera, denunció la subordinación a la ideología de la revolución mexicana  e intentó tomar otro rumbo guiados por ese precioso ejemplo de “análisis concreto” que son  Los Encuentros de la Sierra Heraclio Bernal.

Como es sabido, apoyarse en estas tesis propias de la ideología de la revolución mexicana concluyó en el arriamiento de las banderas revolucionarias y en ir siempre detrás o a remolque de tal o cual fracción de la burguesía, dependiendo de las disputas al interior de la clase dominante. El saldo negativo es que la independencia de clase y la tarea de construir un referente político propio -un Estado mayor para la revolución socialista- nunca se resolvió a favor de proletarios y campesinos. Ninguna de las aventuras pluriclasistas, de frente amplio con fracciones de la burguesía, nos colocó un solo paso más cerca de la transformación revolucionaria en México. Por el contrario, el notable retraso histórico del país en esa dirección se debe al necio seguir al pie de la letra las consignas propias de la “ideología de revolución mexicana”, aún en la actualidad, cuando el desarrollo del capitalismo le colocan en la posición de un discurso con poco lustre, ya sin mucho sustento material.

Por todo esto, los comunistas tenemos la imperiosa tarea de deshacernos de este lastre de manera completa, de forma radical y audaz, para ponernos a tono con las exigencias de nuestro tiempo histórico. No podemos ser de los equivocados, de aquellos que, siguiendo el guión de la ideología de la revolución mexicana simplemente rindieron la plaza. Nosotros somos harina de otro costal; nos cocemos aparte. Somos el Partido Comunista de México y hemos decidido libremente emprender otra ruta, aunque los senderos sean por el momento demasiado escarpados.

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